Sexus, Plexus, Flexus.

En el principio la lámpara allá arriba, ejerciendo una luz extraña que no volví a encontrar más que allí, en tu techo.
La segunda vez que me topé con tu lámpara –no sé si julio o agosto, de veras me gustaría saberlo- pensé que quizá era ella quien me procuraba la sensación de guarida, de estar a salvo a pesar de que tanto fuera como dentro de mi cabeza se produjesen tempestades, inicios de guerra, toda una suerte de ataques y disparos que enfrentaban mundos opuestos.

La bombilla dando luz, envolviendo. Un poco como un abrazo que mezclado con esas otras cosas –siempre variables, como la bebida o lo que sonaba- hacían que pudiese cerrar los ojos sin pensar en monstruos o terremotos aproximándose.

Esa luz que creí irrepetible no tenía origen en una bombilla –claro que de esto me di cuenta más tarde, un sábado, esto lo sé, y era pronto todavía para encender las luces de la casa- sino que nacía de otra parte. Me jode un poco, no sé si por la cursilada de la afirmación o porque en estos tiempos que corren remontarse a figuras de allá suena a libro viejo, afirmar que era en ti donde la luz nacía y terminaba muriendo.
Así claro, comprensible que por más que buscara ninguna lámpara me hiciese sentir lo mismo. Y que yo llegase a casa como con un gesto cansado, confundida, como en un clima febril del que sólo conseguía salir pasados dos días –no sé por qué pero siempre fueron dos-.

Me pregunté en alguna ocasión si aquella lámpara terminaría fundiéndose, o si la sensación que me procurabas iría aminorándose con el tiempo. Así que me centré en pensar que esa luz sólo la percibía yo (“o quizá unos pocos” me dije, como intentando desviar mi ego al confundirme con otros) o que sólo se encendía en mi presencia, así que no corría peligro de joder la lámpara porque vernos era poco rato y nunca fue demasiado seguido.

Pasó el tiempo –es algo que siempre pasa- y te vi fuera. Fuera de tu casa, me refiero, con la lámpara de la confusión lejos. Yo ya sabía el tema de que eras tú quién daba luz, pero estabas frente a mí, apenas a centímetros, y entonces fue cuando asentí con la cabeza dentro de mi cerebro, cuando me cercioré de que obviamente eras tú la luz, ya no había puertas a la confusión ni paredes. Sobre el asfalto, con gabán y bufanda, trastocaste las farolas, los pilotos e incluso la luz de un flexo que salía de una ventana. Teñiste la calle, reinventaste la escala cromática. Un lío extraño que todavía me cuesta explicarme aun percibiéndolo de manera total.

Y yo que acabo de venir de comprar el pan y mi madre anda jodiendo desde algún lugar del piso, estoy confundida y dentro del clima febril del que hablaba, porque has prendido un interruptor, porque has zarandeado la opinión que tenía de recuerdo y la palabra iluminación te pertenece, igual que otras muchas palabras que no diré por no acojonarte -y por miedo a que la luz aminore, o ceda al pánico, o explote sin más-.

Publicado en Prosa | Etiquetado , , , | 2 comentarios

Joey, éntralo despuésh.

Decía hace un mes que esto era lo más raro que veía. NO, de hecho, ese vídeo de arriba es lo más raro que he visto pero también la genialidad más grande.

Nos han jodido el cerebro.

Publicado en Vídeo | Etiquetado , , , , , , , , , , | Deja un comentario

“Can’t you find a clue when your eyes are all painted Sinatra blue”

“And take a look you may see me on the ground
for I am the parasite of this town.
and take a look you may see me in the dirt
for I am the parasite who hangs from your skirt.”

Nick Drake. Parasite.

Se descubría a la luz. Se juntaba sobre el terreno azul del sofá. Mezclaba risa y amenaza en cada tacto. En cada gesto que lejos de pasar se quedaba allí grabado, neumas sin importancia aparente que en el tiempo y a lo lejos resurgían por detrás de la memoria y venían a dar de lleno en los ojos. El cigarro entre los labios, la vista fija en la otra vista.
El verbo amar era una pedorreta, importaba aquello implícito al momento, la acción en sí, el recorrido. Aquellas acciones que en soledad y más adelante se volvían densas e imborrables.

Otra vez la imagen fija, otra vez lo impenetrable de ese recuerdo más allá del mero hecho de observar.

¿Por qué aquí? Sería más poético allí, con los pies colgando del puente, sonriendo, pensando en resbalar veinte centímetros.
Es aquí por azar, porque ese recuerdo viene cuando quiere. Ese ejército de momentos sueltos, instantes de otro tiempo que acuden al proyector del presente. En cada soldado una caída de voz, una fotografía de tu bajada de cabeza, de ángulos precisos e imperfectos entre manos, muslos y esternón.

Tan simple como no negarse, también tan fácil. Apestar a soledad y a madrugada, pedir ayuda sin mencionar la palabra socorro, arrastrarse por las calles con ganas de algo imposible y de sabor metálico. Que te giren la vida, que lo hagan desde el primer intercambio, que las agujas sigan dando vueltas en su circuito cerrado y no te importe verlas pasar porque en ellas está la magia, algo que crece, un choque tan a tiempo como inoportuno que te reviente la cabeza.

El cigarro entre los labios, la vista fija en la otra vista. Allí hicimos los surcos en el tiempo precisos para que yo me tropiece a cada rato en este presente (ahora pasado) que me devuelve a tu cara más dulce, a tu muralla defendida con sonrisas y autocrítica. De ti recibí tanta entrega como negación, tantas miradas de incredulidad como abrazos de auxilio, y allí donde nace lo mismo que muere vienen a darse estos hechos, los momentos intermedios donde crecen tu pudor y tu pena. Raros pudor y pena cuando la habitación está llena de bocas hinchadas y brazos que se alargan. Raros sí, pero inevitables.

Nada en estas manos que hoy escriben parará ese macramé tejido a base de nudos de garganta, no es posible borrar el pasado a base de caricias, pero sí se hace más leve en brazos ajenos.

Sábete, allí en tu cueva o en estas tardes de reloj sin manecillas, cuidado por esta sombra que hoy se estira para tocarte sin que te enteres o te des por enterado, en una extraña tentativa de traspasar tu castillo infranqueable, de romperte los cerrojos, de empujarte.

Sonrisa tibia, mirada ausente, lenta respiración.
Sangre ciega, lunes noche, diciembre.

Publicado en Prosa | Etiquetado , , , | 9 comentarios

“Didn’t anybody tell you this river’s full of lost sharks?”

[...] y que en algún momento, en algún gesto inadvertido,
asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo,
la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.
Julio Cortázar, Tu más profunda piel.

La razón de tu vuelta no es otra que la de aquellos infames acordes que un día, en pleno abandono, tocamos como si fuera la primera vez en años. Cuando sucedió supe que nunca más se repetiría y quise abrazarme a aquellas notas, a todo lo que poblaba la habitación. Agarrándome con las uñas a un momento que inevitablemente pasó y que casi se pierde ahí detrás, en el estante segundo de mi memoria.

Vuelves con aquellas notas y lo que al principio es una comisura de boca torcida, los ojos entrecerrados y soltar el aire por la nariz, se convierte en una batalla de imágenes. Se me pierde la vista entre tu recuerdo, me desprendo del presente y de pronto estoy sumida en tu recortada orilla, en el frío del norte en el que vives.
Siempre te acusabas entre líneas de haberte perdido. Yo nunca te vi de esa forma y todavía hoy creo que no te has perdido por cuenta propia, sino que te han desahuciado. Por eso aquellas notas que entonces me parecieron irrepetibles y mágicas hoy me despiertan admiración y miedo, pero sobre todo ganas de abrazarte, de rodear un presente que cada día te pesa más no haber elegido. De agarrarte del cuello de la chaqueta justo en el momento en el que empiezas a caer al abismo.

Es difícil, ambos lo sabemos, superponerse al miedo y a todo lo que éste crea. Por eso detrás de nuestros movimientos siempre hubo un lenguaje oculto, ese que nunca nos atrevimos a intercambiar más allá de alusiones. Aprendí contigo un idioma basado en el interlineado y los ángulos de las palabras, nos cortamos con su filo y eso que nunca fuimos poetas. Vestimos el sentimiento de actuación y ninguno de los dos tuvimos nunca claro qué era cierto y qué no. Era un idioma pero también era un juego, y es ese intercambio el que ahora acude a mí, me llama, me despierta para meterme en el sueño que vivimos, destapa el reloj de arena y lo vuelca sobre mi cabeza.

Tonos menores, voces que se desgarran y acaban siempre en una mirada, en un silencio paralizado por una pregunta. Me mirabas siempre con ojos de pasajero, de soledad perfectamente comprendida y difícilmente alterable –quizá otro cuerpo cerca, pero nada pasaba más allá del momento-. Es ese tipo de soledad que convive con tu sombra, que te revienta a veces (los domingos sobre todo) pero con el tiempo has sabido placar.
Nos dimos lo elegido, lo establecido. Fuimos siempre comienzo, delicia de nuevo encuentro, novedad y brazos estirados. Me adentré dejándote entrar, nos cedimos el mundo y la carne, el goce pero también la tristeza de sabernos perdidos. Supimos del remolino mucho antes de empezar a soplar.

Aquella voz me devuelve hoy a tus pasos, al balbuceo impropio a nuestros años, a la maraña de tu pelo. El día cero vagaste como tantas otras veces y terminaste posándote justo donde se rompe la goma de la máscara. Iniciaste una cuenta regresiva, volví a ser una niña. Te derrumbaste allí donde el resorte que cierra mi armadura salta y mi fuerza se debilita. Ese punto en el que todo se apaga y sólo puedo escucharte respirar.

Erré al intentar arrancar de otras manos lo que tú, sin saberlo, cedías una y otra vez. Aquello que me regalaste levantando los hombros y sacudiendo la cabeza o al darte la vuelta en plena madrugada. No encontré más peleas dulces, ni más asaltos de feliz borrachera. Todo se volvió tentativa y nunca hecho.

Sigues ahí, presente pero impracticable. Y esta noche, como otras tantas, resuenan tus manos sobre mi tripa, y el aliento de aquellos días se vuelve niebla y cubre el techo.

Amenazas goteras.

Publicado en Prosa | Etiquetado , , | 7 comentarios

La verdadera historia sobre los retratos de Petrarca.

Petrarca está sentado en una piedra, tiene un papel sobre el muslo y piensa en Laura. Laura, laurel, Laura. Soy un coñazo, a este paso no me lee ni Dios. Escribe: peTrArK * ManDa iii No tu Panda. Se siente mejor. Sale un tipo de una iglesia.

-Hola Petrarca.
-Buenas tardes.
-Nada que te veía aquí sentado y digo, joder, tengo que hacerle un retrato.
-Pero, ¿eres artista?
-Mogollón.
-¿Y qué tal pintas, has hecho algún retrato más?
-A Bocaccio, un boceto nada más porque estaba ocupao con no sé qué. Y hace dos días pinté un árbol.
-Aha…-Petrarca se lleva la mano a la barbilla-¿así qué tal?
-Demasiado amariconao, vente a mi estudio y te pongo un fondo guapo y ya veremos qué más añadimos.

Petrarca no tenía mucho más que hacer salvo inventarse su vida, y sabe que para eso tiene tiempo, así que sigue al artista por estrechas calles italianas. Llegan a una puerta de madera, el artista se acerca a ésta y llama.

-¡PRIMAAAAA!

Abre una joven mujer vestida con un trapo morado. Tiene el pelo revuelto y le faltan dos dientes.

-Primo, cojones, te he dicho mil veces que no me llames prima. Que me llamo Laura, ¡LAURA!, ¿te has enterao? Pues basta ya.
-Ya, yo qué sé, siempre me lo dices.

Petrarca observa fijamente a Laura. ¡Es ella! ¡La divinidad de Dios concentrada en una bella mujer! ¡Follar!

-Petrar, pasa coño, que no modermos.

Conducen al poeta por las diferentes estancias de la casa, en un momento el artista desaparece y Petrarca se apoya contra una pared. Laura está sentada en el jardín, canturrea algo mientras pela un pollo. Por su inclinación y poca educación al sentarse, Petrarca puede ver sin problemas el extenso canalillo y parte del vello púbico de la joven.

-¿Qué miras, poetita? Echa pa’lla que te llama mi primo.

Petrarca escapa de su ensoñación casi babeando. En ella Laura está tumbada en un prado, riéndose con los ojos cerrados. Le mira y con un movimiento de mano le hace llamar. Petrarca se arrodilla junto a la joven y desliza la mano por su pierna derecha, desde el tobillo hasta el muslo. La joven no deja de mirarle en ningún momento.

Acude a la llamada del artista, situado en una habitación oscura contigua a la cocina.

-A ver, Petrar… ¿por cierto, puedo llamarte Paco?
-Eeeh, sí, claro, como gustes.
-Eso. A ver, Paco, tengo un librejo super guapo. Te puedo pintar con él en la mano, en plan bohemio, o yo qué sé, te saco sin nada pero de perfil.
-Yo… verás, tengo que comentarte una cosa.
-Dime.
-A ver, yo siempre he querido aparecer en los libros como un tomate.
-¿Cómo un tomate?
-Sí, disfrazado de tomate.
-Pero de tomate… ¿por qué?
-Porque es el fruto perfecto, rojo como el fuego, tierno, vivo…
-Ya… eh… Vale, bien, no creo que me cueste demasiado pintar los rojos y el verde… Espera un momento… ¡Primaaaa! No, joder ¡Lauraaaaaaaa!

Laura aparece en el vano de la puerta, sudando a chorros.

-Pero Laura, por qué sudas tanto.
-El pollo, que se me ha resistío.
-¿Me puedes conseguir un par de ramitas de laurel?
-Sí hombre, creo que tenemos por aquí.
-Vale y… ¿Sabes el rollo de tela roja que utilizo para tapar los lienzos? Tráelo también, por favor.
-Voy.

Mientras Laura recogía lo necesario para comenzar el retrato, Petrarca observaba al artista colocar el estudio y, en un momento en que éste estaba de espaldas, colocó su pedazo de miembro en una posición optima para que no le doliera. El artista, como adivinando lo que Petrarca hacía, se giró y dijo:

-Qué, ¿te pone mi prima?
-Yo… eh… no, o sea sí, si no es ofender, claro.
-No hombre, es una mujer muy bella, es normal.
-Pero, ¿de verdad no te molesta?
-Noooo –el artista rió- estoy acostumbrado. Ella lo hace sin querer pero trae loco a más de uno.
-Ya…

Laura apareció de nuevo, sudando más que antes, dejó los bártulos sobre una mesa y se fue.

-Gracias primita.

El artista hizo una pequeña abertura en el centro de la tela, midiendo a ojo el espacio necesario para que la cabeza de Petrarca asomase sin problemas. Petrarca tomó la tela y se la colocó. La cabeza no pasaba.

-Joder, vaya artista estás hecho.-dijo la voz de Petrarca desde debajo de la tela.
-A ver, si hacemos fuerza yo creo que entras un poco justo pero entras.

Tirando a la vez consiguieron que Petrarca asomase la cara por la tela.

-Pero así estoy raro, tío.-dice Petrarca mirándose en un espejo del estudio.
-Que no Paco, que te da un aire más parecido al tomate.
-¿De verdad?
-Que sí, en serio. Ponte el laurel y venga, siéntate en esa silla.

Petrarca se sentó.

-No, abre las piernas, así cruzadas sigues pareciendo maricón. Menos mal que te pone mi prima, no me gustan los julandrones.

Petrarca abrió las piernas.

-Así, así. A ver, gira un poco la cabeza a la izquierda.

Petrarca gira la cabeza.

-Mi izquierda, no tu izquierda-dice el pintor.
-¿Hacia dónde cojones giro la cabeza?
-Da igual, quédate así.

Tras un rato de silencio en el que el artista miraba concentrado su lienzo, dibujando trazos aquí y allá, lo que sería el retrato empezó a tomar forma. El artista, orgulloso, enseñó la obra de arte a su modelo.

-Qué, qué te parece.
-Petrarca estiraba el cuello-Yo qué sé, bien, ¿no? Sí es verdad, parezco un tomate.
-Y verás cuando le meta colores… Va a quedar precioso… Hablando de colores… Creo que estaría bien ponerte el cuello de una chaqueta. Un cuello marrón. Así, para romper con el rojo y hacer contraste con el verde del laurel.
-Vale, por mí cuanto más tomate quede pues mejor…

El artista giró sobre sí mismo y comenzó a sacar trapos de una caja. Después de desechar dos trozos de tela verde, un palo y una especie de trozo de madera, consiguió lo que quería.

-Bueno Paco, esta tela la utilizaba para tapar un agujero que había aquí en la pared del estudio, pero vamos, que si no te molesta lo usamos. Huele un poco a gallinero.
-Si crees que es necesario dámela, total va ser un rato el tiempo que la voy a llevar puesta.

Petrarca se mantiene sentado y el artista se acerca a él, enrollando el trozo de tela marrón a su cuello con cara de concentración. Petrarca se emociona al verse tan admirado, su ego se llena. Por un rato no piensa en su Laura, ni en Laura la prima del pintor. No piensa en nada, sólo ve a su ego alimentándose.

-Yo creo que ya está, vamos a seguir con el cuadro, no me queda nada más que dibujar un par de trazos.

El artista volvió a concentrarse en su lienzo, Petrarca a concentrarse en él mismo. ¿Dónde colocaría el cuadro? ¿A quién se lo enseñaría primero? Dependiendo de cómo quedase tenía varias opciones, o dárselo a su madre en caso de que el cuadro no valiera ni para quemarlo, o quedárselo él con el objetivo de regalárselo a una dama con la que pasara una noche salvaje. Pensando en noches salvajes estaba cuando se le ocurrió un poema:

Noche estrellada y en calma
es el cielo, flor de plata y candor
para nosotros, querida amada
en este espacio en que sólo tú
eres sol

Maldigo a la tierra que pisas
por no poder tocarla yo
y en caso de hacerlo, dime
¿cómo repetir tal bella acción?

No me reconocerás mañana al alba
dulce enredadera,
locura trasnochada
Tampoco querré reconocerte yo

Por eso este retrato
en tus manos ha de quedar
para así puedas adorarlo
tanto como esta noche
Petrarca, que soy yo,
te amará.

Coincidió que Petrarca terminaba de matizar su poema con el fin del retrato. El artista miraba de brazos cruzados el lienzo y asentía con la cabeza.

- Paco, tío, creo que es lo mejor que he pintado en años.
- Déjame verlo.

Petrarca se levantó y observó su figura, semblante serio, mirada ligeramente inclinada hacia su izquierda. El conjunto del verde y el rojo le paralizó, se encontraba verdaderamente ante un gran artista. Aunque le salía un poco de papada no puso pegas. Era perfecto.

-¿Puedo llevármelo? Mi madre tiene que verlo.
-No Paco, espera a que se seque y pasa por aquí en un par de días. Quiero asegurarme de que este cuadro se mantiene en perfecto estado. Has quedado bien, ¿verdad?
-Es cojonudo, joder, y el tema del trozo de tela en el cuello ha quedado perfecto.

Este fue el resultado:

Petrarca se despidió y dio las gracias al artista, después y con una leve reverencia dijo adiós a Laura, que seguía con el pollo. Salió a la calle y tarareando se condujo de nuevo a la pierda donde estaba sentado, escribió: “noche estrellada y en calma…”

Publicado en Prosa | Etiquetado , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Jean strikes back.

Para una mejor comprensión de este texto clic jiar.

Después de aquella conversación no sé qué pasó. Sólo recuerdo un montón de tortazos con sus consiguientes moratones, esta maldita cicatriz en el pecho y todas las paredes del sótano de mi cerebro reventadas.

Una fosa común llena de mis neuronas. Todos los domingos y las vísperas de festivo que podría haber aprovechado y que al final sucumbían a un nombre propio. Su nombre y un montón de planos en los que siempre salgo cortándome las venas o escribiendo textos lloricas.

El amor y la confusión originan…

Luego pasa el tiempo y los grifos, las puertas, el cenicero de Praga, las bolsas de plástico, la emisora de la radio, la señora que toca el violín en la esquina de Preciados con Callao, el temblor de los altavoces, el mechero sin gas del cajón, los pasos de cebra, los tornillos que cierran las ventanas del metro, el papel de fumar, los bastones de los viejos… todas esas cosas tornan su sentido. Brillan de otra forma aunque son exactamente las mismas cosas de siempre.

Cuando el gris ya no es tan gris…

Además Jean ha vuelto a Madrid. Es noviembre y otra vez bebemos sin dejar de mirarnos, como buscando lo que en estos últimos meses podríamos haber perdido.

-Te has cortado el pelo-le digo, cruzo las piernas.
-Además sí, me lo he cortado yo.
-¿Y qué opina Rober de esa cresta que te has dejado?
-No es una cresta, es un gran trasquilón.
-¿Y bien?
-¿Qué?-agarra la botella de vino con fuerza y le pega un trago largo.
-No sé… ¿todo bien? ¿No hay nada que te joda por ahí? Siempre hay algo.
-No, creo que no. Rober adorable, como siempre. Lo único el tiempo.
-El tiempo.
-Sí, me hago mayor.
-Todos nos hacemos mayores, hasta yo aunque no lo creas.
-No sé cuántas veces tengo que repetirte que tú naciste fumando en pipa y hablando muy bajito, con voz de ultratumba. Como el espíritu de algún hombre mayor.
-De hecho Iker Jiménez está muy preocupado por mi caso. Cuando bebo me da por soltar cacofonías.
-¿Del tipo “y historia”?

Nos reímos, Jean escupe parte del vino sobre la chaise-longue. Después de comparar “caco” con “caca”, repetir varias veces la broma y rizar el rizo, le miro muy seria y pregunto por su problema con el tiempo.

-María, el tiempo. Me da miedo mirarme en el espejo. ¿Ves esto? –señala su frente– ¡Entradas! María, la alopecia no va a ccchegaaaar, ¡Ha llegado!
-¿Y? A mí las entras me ponen burrota.
-Pero no es gustar o no gustar a la gente, es gustarme a mí mismo. No quiero estas entradas, ni que las manos me tiemblen, ni perder vista y que me cuelgue la piel.
-Yo qué sé, Jean, esas cosas pasan. El tiempo jode más a unos que a otros, a ti te ha tocado la alopecia, lo mismo que te podría haber tocado…hmmm… dejar de comprar El Jueves, perder las ganas de fiesta, llevar bastón o usar brummel…
-Soy un mariquita sofisticado, eso nunca. A veces me imagino bailando con Rober, así, pegaditos y entrados en años…
-Qué imagen más tierna.
-¿Verdad? Y estamos tan guapos con arrugas y ropa holgada…
-Entonces no entiendo qué miedo te da hacerte mayor, me estás diciendo que te ves viejito pero bien.
-Claro, si el problema no es ese. Es que me da la impresión de que si me hago mayor dejaré de hacer lo que hago, perderé la pasión por vivir…
-No lo creo.
-Que sí. ¿No ves que cuando llegas a una edad es como si ya lo hubieras hecho todo? ¿O como si perdieras el interés por todo lo que quisieras haber hecho? Es raro pero a veces pasa.
-A ver, Jean, no nos volvamos locos. Eso de comerse el mundo está sobrevalorado, no tienes por qué irte a China para ser más feliz. Sabes a lo que me refiero. A veces aquí mismo, en tu puta casa o en un bareto puedes descubrir otras cosas. O no descubrir, sino redescubrir.
-No entiendo.
-A ver… por ponerte un ejemplo claro… en el sexo. Puede haber momentos en los que creas que ya lo has visto todo, que te aburras del meter o sacar, de la saliva o del sudor. Que a mí me pasa, ¿eh? Y acabo de empezar.
-Sí, rollo que te cansas porque crees que ya está todo el pescao vendido.
-Sí, eso. Pues resulta que no, porque siempre tienes que tener en cuenta la posibilidad de descubrir alguna otra cosa. No te voy a negar que es algo complicado, que tienes que estar muy atento porque la oportunidad se te puede escapar… pero la posibilidad existe. Es lo mismo en la vida.
-Lo que no entiendo es cómo extrapolas el sexo a la vida. Siempre estás pensando en lo mismo.
-Sí, pero me sirve para crear teorías tontas como la que te estoy contando.
-Tendrás razón.
-Pues eso, que hacerte mayor no significa cansarte de todo. Es más, la experiencia acumulada te permite adentrarte en nuevos horizontes sin miedo. Lo único que tienes que guardar es fuerza de voluntad, ganas de vivir. Da igual que tengas entradas o una pierna pocha, el tema está en ponerle pasión a lo que haces.
-Sí, no hay nada más triste que ir del trabajo a casa con la esperanza de que pase algo.
-Además qué coño, tú eres pintor. Vives de lo que creas, vives de lo que más te gusta. Te envidio por ello, sabes lo complicado que es en este mundo poder vivir del arte. No tienes ninguna queja sobre tu trabajo y eso ya es un punto a descartar bastante importante.
-Es verdad…
-Así que no entiendo tu miedo. A ver, que es normal que te plantees esas cosas, eso de sentirse mayor le pasa a todo el mundo, y más cuando alguien es como tú, que se rodea de gente mucho más joven. Es lógico que te dé por pensar esas cosas, pero no marees el tema.
-Ya, bueno, es que los jovenazos como tú me dais alegría. Estáis como una puta cabra todos, por eso de que todavía os quedan cosas por hacer y os estáis descubriendo… Qué bonicos sois.
-Bueno, yo de bonico sólo tengo el culo, pero te daré la razón. Por cierto, ni se te ocurra compararte con la gente de tu edad o estarás perdido.
-¿A qué te refieres?
-A que la gente de tu edad ya está dentro del rebaño. Trabajo, casa, hijos o perro, la tele hasta las doce, al cine los domingos…
-Pues fíjate que en alguna ocasión llegué a compararme y me deprimí. En el sentido de que yo no tengo una vida estable y esa gente sí.
-Y qué prefieres, ¿una vida estable y aburrida o una vida inestable pero llena de cosas curiosas?
-Lo segundo y gracias.
-Pos eso, queso.
-Tienes que eliminar ese tipo de frases de tu vocabulario.
-Coño, Jean, que son graciosas.
-Pero no puedes decir una verdad como un templo y luego soltar una frasecilla hecha de esas, que tiras por el suelo tus teorías freudianas.
-Cállate, viejo.

Nos reímos otra vez, esta vez con menos carcajeo porque Jean está a medio camino entre acariciarme y darme una colleja.

-Has vuelto a acabarte la botella –le digo mientras balanceo el vidrio delante de mi cara.
-Es que hablas mucho, joder, no te callas.
-Encima que te expongo una teoría…
-Ya, soy un quejica. En fin… una cosa que estaba pensando y me hace gracia.
-¿Qué?
-Aquel tipo, ese por el que ibas a dejarlo todo, te ibas a cortar una pierna por él y demás. ¿Dónde ha quedado?
-¿Por el que iba a dejar de escribir?
-Ese, ese.
-Le llevo en el corasssssón.
-No, en serio.
-Que sí coño, me jodió profundamente pero en fin, son cosas que pasan.
-¿Cómo que te jodió? ¡Qué novedad! –ríe- A ver, qué pasó.
-Pues que en vez de dejar de escribir por eso de que iba a ser feliz a su lado pasó todo lo contrario. Me desangró, me abrió en canal, me sacó las tripas y se las comió.
-Bella imagen.
-Así que creo que podría abrir una piscina y llenarla con toda la tinta que corrió gracias a él.
-¿Gracias a él?
-Claro, gracias a él porque fue quien me hizo escribir. Le tengo que agradecer eso.
-¿Y ahora?
-¿Ahora qué?
-Pues que te veo bien, tranquila. Das miedo de lo tranquila y feliz que se te ve. Hay alguien ¿Cómo se llama?
-¿Qué más da su nombre? Eso es algo que todos tenemos.
-Ay coño, pues háblame de él.
-¿Sabes lo que te dije en aquella conversación, hace unos meses? ¿Eso de que dejaría todo por esa persona, hasta de escribir?
-Sí, lo recuerdo. Estabas emocionadísima.
-Sí, emocionadísima y equivocada.
-Ya, pero explícate.
-Pues que no hace falta dejar nada, Jean. Nada de nada, no hay necesidad. Sé que sería capaz de hacer muchas cosas por él, lo siento así, pero las cosas simplemente surgen.
-Te refieres a que no hay que decirlo sino demostrarlo, y que esa demostración suceda cuando tenga que suceder.
-Exacto.
-Eso me pasa a mí con Rober. Sé que de necesitarlo uno de los dos dejaría algo, lo que fuera,  por la supervivencia de la relación. Ambos sabemos eso, tenemos la certeza de que nos desvivimos el uno por el otro, pero de momento no ha hecho falta que ninguno de los dos se sacrifique.
-Además ese sacrificio lleva, sin querer, a que uno sea la víctima y el otro el asesino. Es un poco fuerte la comparación, pero es así.
-Sí, aunque el sacrificio se haga con gusto siempre hay algo que al sacrificado le quema por dentro. Complejo de inferioridad, algo así.
-Además de esto ya me conoces, y sabes que mi locura se basa en realizar la misma acción una y otra vez esperando resultados diferentes.
-Sí, eso decía Einstein.
-Vale, pues resulta que mi locura no es tan locura, porque en mi empeño por conseguir un resultado diferente le he encontrado a él. A ver, no sé si la palabra sería empeño, ni siquiera sé si estaba buscando algo, pero el caso es que un día era sábado y yo venía de hablar con Núria, estaba bien y apareció él.
-¿Y qué pasó?
-Que pensando que aquello sería más de lo mismo vi que no.
-Pero vamos a ver, María, ¿no te das cuenta de que incurres en lo mismo de siempre?
-También lo pensé. Me vi a mí misma pretendiendo lo mismo que en capítulos anteriores, ya sabes, el sexo y el arrumaco, la canción de y la historia sobre… A primera vista vale, terminé confundida hasta yo, porque el eje era el mismo de siempre. Hasta que pasó.
-¿Pasó?
-Encontré la diferencia. Eso que me permitía moverme sin ningún deje de pregunta rollo “¿estaré en lo correcto?” “¿es esto, de nuevo, otro puto error de cálculo?” No sé, Jean, ese tipo de preguntas que siempre me hago cuando una historia empieza. Esas que si dudo en contestar sé que mandarán la relación al garete.
-¿Y qué diferencia hay entre él y todo tu pasado?
-Tardé en darme cuenta cosa de dos días. Estábamos sobre el viaducto, el sitio ese por el que siempre quiero suicidarme.
-Sí, ese puto sitio.
-Vale, pues entonces me di cuenta de que aquello no era otra cosa más, me di cuenta de que estaba sintiendo otra cosa. Algo nuevo. Las ganas me nacían de otro sitio, era como si el mundo entero estuviese a punto de ser descubierto, como rasgar un papel por ochenta partes diferentes.
-¿Y por qué crees que eso ha sucedido así?
-Una de las razones es porque no se parece en nada a todo lo que he conocido. Antes buscaba algo, un patrón. No hablo de un prototipo físico, tampoco intelectual, pero sí es verdad que todo lo que conocí anteriormente compartía ciertos rasgos. El rasgo más claro es que todos, de una forma u otra, me trataban como una cosa chiquitina y mona a la que hay que cuidar y proteger, aleccionar y mimar. Intentaban, por ponerte una comparación, ser mis segundos padres.
-Y tú por ahí no pasas
-Y yo por ahí no paso, claro. Todos intentaron examinar mi cerebro, realizar hipótesis sobre mi comportamiento, hacer listas. Ponerme a prueba al fin y al cabo. Algunos conscientemente y otros inconscientemente, pero lo hacían.
-¿Él no?
-No. Él me observa y escucha, está atento a todo lo que hago pero no le da vueltas. Le parece bien y lo deja estar porque creo que comprende que simplemente me muevo y ejecuto acciones. No cuestiona ni busca las razones por las que actúo de una forma u otra, imagino que habrá cosas que la harán más o menos gracia, pero me deja ser.
-Es que eso de juzgar a alguien es una tontería, joder. Si estás con una persona es porque quieres, porque esa persona te gusta, y coaccionarla o intentar cambiar su conducta es una atrocidad, sobre todo porque estás con alguien por cómo es, no por la facilidad que tenga para ser moldeable.
-Si, no es borrar y construir desde cero, es construir algo en base a algo ya hecho. Además cuando hablo con él es como si hablase con algún viejo conocido, como conmigo misma pero en un plano masculino.
-¿También él sale escaldado de todas partes?
-De todas. Y su madre le cae mal.
-Pero la quiere.
-Claro, igual que yo quiero a la mía, pero eso no implica que te tengas que llevar bien.
-¿Y en cuanto a lo demás?
-Un brindis.

Jean vierte lo poco que queda en la botella sobre nuestras copas. Sonríe y alza el brazo, yo hago lo mismo, feliz y contenta. De repente, justo cuando nuestras copas van a chocar, Jean baja el brazo y me mira fijamente.

-María, ¡Maríaaaaa!
-Qué, qué, ¿qué pasa?
-La conexión.
-¿Qué?
-Follar, follar. La conexión. ¿Existe?
-¡Coño!

Entonces caigo en la cuenta. Jean y yo al conocernos hablamos de una conexión extraña que se crea cuando conoces a esa persona. Los dos creímos que éramos los únicos en sentirla, y al descubrir que no, que había otras personas que también percibían esa sensación, sonreímos y nos sentimos un poco más normales y humanos.
También hablamos de que muchas veces antes de reconocer la conexión creímos haberla encontrado en otros cuerpos. Un error tras otro hasta que verdaderamente sientes que hay una cuerda invisible que te ata al otro. Puede resultar vulgar y místico esto que digo, pero es normal que suene así si nunca has sentido esa cosa, ese empuje al otro, eso de que uno más uno no son dos sino ambos.

-Joder Jean, es verdad, la puta conexión.
-Y qué, qué pasa, hay o no hay.
-¡Está!

Jean sonríe y vuelve a levantar la copa.

-Joder María, tendrías que haber empezado por ahí. Esa es la jodida diferencia, la puta diferencia. Podrías haberte ahorrado esa mierda sobre los exámenes de conducta y blablablá, lo importante es la conexión.

Las copas chocan, bebemos, Jean se levanta y pone no sé qué grupo en el equipo de música. Yo me paso la mano por la cara advirtiendo una borrachera muy agradable, y al hacerlo él aparece en el proyector de mi cerebro, de pie y desnudo. Como en el viaducto.

Publicado en Prosa | Etiquetado , , , | 1 comentario

Conversaciones reales con La Familia (2)

Estoy sentada, intento hacer un esquema.
Padre y Madre dan vueltas por casa, gritan y hablan.
Son las 10:30 de un sábado por la mañana.

Yo: Mamá…mamáaa…¡MAMÁAAA!

Madre entra en la habitación, sin darse cuenta pisa una carpeta y varios folios. Los sigue pisando, no digo nada.

Yo: Corre, dime un sinónimo de “transgredir”
Madre: Vulnerar, por ejemplo vulnerar.
Y: ¿Romper? Quiero poner romper.
M: Noooooo, vulnerar. Pon vulnerar.

Entra mi padre en escena. Se queda parado en el marco de la puerta.

Padre: Carmencita.
M: ¿Hmm? -hojea un diccionario de sinónimos y antónimos que acaba de aparecer.
P: ¿Qué haces?, vámonos ya.
M: Tu hija, que me ha pedido ayuda.

Miro a mi padre con cara de pena, bajo la mirada y señalo la carpeta y los folios, ya agujereados por los tacones de mi madre. Ella no se da cuenta, sigue con los sinónimos.

P: Carmencita.
M: Quéeeeeeeee.
P: ¿Por qué le pisas los libros a la niña?

Mira a sus pies, sonríe, no se aparta de la escena del crimen.

M: Porque tiene toda la cultura por el suelo.
Yo: ¿Vulnerar, entonces?
M: Vulnerar.

Cierra el libro y se van. Y yo escribo esto.

Publicado en Diálogo(s) | Etiquetado | 3 comentarios

Universo urbano individual mano palabra portal

Sus ojos atrapan y concentran toda la ciudad. Si te asomas puedes ver el tráfico de la A-6 dando vueltas alrededor de su iris, un tipo metiéndose una raya sobre el culo de otro tipo, un vagabundo tocando la guitarra, el sol poniéndose una y otra vez, puertas que se abren y cierran, griterío, perros tirando de sus dueños, el metro haciendo parada en sus pestañas, litros de alcohol, sangre, orina, saliva y refresco, narrativa y poesía dentro de libros de segunda mano, sexo, caminantes estresados, sexos, farolas, adoquines, vendedores ambulantes con diademas de luces parpadeantes, extranjeros sin rumbo y madrileños a lo suyo, manos alzadas, entrelazadas, separadas, el humo de los cigarros, los petas, las cucharas y los papeles de plata, blanco-marrón y luego gris.

Su boca es un milagro por el que me cuelo sin compasión, y sabe dulce como la fiebre. Atenta mi corazón de salvamuerte.

A veces los dos nos reventamos sin hablar, el paraguas se da la vuelta y nos descuartizamos con elegancia. Te voy a reventar los tímpanos gritando lo que nunca dije.
Me voy a llenar las manos de cuerpo. Los pies de tu vida. El cerebro de balas.

Me gusta porque la Gran Vía se le sale por la boca cuando habla.

Publicado en Prosa | Etiquetado | 2 comentarios

De quién te vengaaabas tooodo el tieeempo que yo estuuuve a tu laaado.

No veía una mezcla tan jodidamente rara desde aquella vez que comí mejillones con nocilla.

Publicado en Vídeo | 5 comentarios

………

Crujidos 12-12-2012

Incongruente ministril:

Quedan diez minutos para que me ponga la parca y me eche a la calle. Aún así te escribo, en un acto de no menospreciarte, de respeto. Todo lo contrario a lo que tú hiciste conmigo.

Me convertiste en el ser que siempre odié. Con razón ahora puedo decir que yo también me he muerto en vida. Quizá creernos especiales, o disfrazar nuestras carencias con canciones que ninguno de los dos llegábamos a entender demasiado bien. A lo mejor el hecho de que nosotros no nos encontramos, directamente colisionamos en mitad del espacio tiempo. Un poco Major Tom, sí, pero más Calatrava en algunas ocasiones.
Me consideré incapaz de patear tu recuerdo. Simplemente lo dejé reposar, como un soldado que después de romperse una pierna prefiere quedarse en el hospital antes que echarse al campo de batalla.

Te sorprenderá saber que nadie habla de ti aquí. Qué mala suerte, Leoncio, después de todos los méritos que hiciste y con lo que a ti te gusta el parafraseo. Se te colgaron todas las medallas posibles y más de dos y de tres querrían tu cabeza en su estantería (junto a Céline, Nabokov y una botella de Oporto). Pero eso ya da igual, porque al final logré sobrevivir. Todavía no sé cómo, a lo mejor es ese ímpetu adolescente que tanto te gustaba y que al final aborreciste. O el tema de beber café.

“Debería darte las gracias” porque aunque siga siendo una gilipollas con pintas al final he aprendido algo de todo esto. He aprendido de un error que repetiría sin dudar. No me importaría volver a reventarme el pecho durante medio año si los meses anteriores los paso sometida a unas palabras. Le he cogido gusto a fracasar, a echar de menos, y eso es algo que tú me enseñaste. A base de hostias, esas que nunca me diste en la cama, esas que me doy yo sola porque me apasiona vivir como si mi vida fuese a acabar al segundo siguiente (cosa no tan rara, por cierto).

Es verdad lo que dices, hablaste demasiado para sólo echar un polvo. Hablaste tanto que incluso te envenenaste con tu propia mentira. La muerte del loro aplicada a un Pinocho moderno.

El tiempo que ha pasado (largo pero nunca suficiente) me permite algo de imparcialidad en este asunto. Te quejaste ininterrumpidamente de mi poca empatía, de mi absurda emoción, de mi terrible caudal vital. Está bien, pero de lo poco que puedo afirmar sobre este asunto es que fuiste tú quien se equivocó.

Mis mentiras, si las hubo, nacieron seguro de las promesas que hacías y deshacías, no del disfraz que dices que llevo y que por supuesto nunca existió. En cambio tus mentiras, que las hubo (sino de dónde toda esta maraña) nacen de ti mismo y para tu único regocijo (absurdo, por cierto, eso de engañar a quien no sabe), como siempre haciendo alarde de tu egoísmo y buscando bocas para alimentar tu Yo.

Tu condición de diablo prendió la mecha y mi condición de humana hizo el resto. Te equivocaste al pensar que yo era también diablo, como te equivocas ahora al escribir palabras como “rencor” o “rabia”. Estar de vuelta no te convierte en adivino, por muy viejo que seas.

Y es que debería matarte ahora mismo. Ya no sólo porque tú me mataste primero, más bien porque además de eso ahora emites comunicados en mi contra, menospreciándome como persona y disparando en todas direcciones por si alguna bala me traspasa el cerebro (sí, ese que dices que sólo emite mierda en forma de palabra). Todo porque buscas todavía bocas que citen tus encriptadas oraciones, que se desnuden ante ti, que sigan removiendo tus (ahora lo veo) estancadas aguas.

Pero no llegará la sangre al río porque ésta vez y por contradictorio que parezca no busco una venganza en el asunto. Ni me rebajo ni pretendo estar a una mayor altura. Me dejo estar, como he mencionado antes. Si tu recuerdo dejó de doler en su día, menos dolerá ahora. Además más bien provoca risa, pues estás tirando de una cuerda amarrada a nada.

Puedo afirmar que hubiera dado un brazo por ti, que no pocas veces me dejé la piel intentando ordenar todo el desastre. Que me peleé conmigo misma mirando a través de las cristaleras del viaducto, placando esa tendencia autolítica bebiéndome la ciudad a tragos largos, follando a lágrima tendida y gritando aunque tú ya no quisieras escuchar.

Aún así, previo a ese dolor hubo algo. Algo que a pesar de tener ahora un revestimiento de engaño en su día me hizo sonreír y aprender, a partes iguales. Por eso mismo soy incapaz de pagarte con una moneda ni tan siquiera parecida, porque quererte y odiarte son cosas que hice y que por supuesto no implican ni el más mínimo intento de amargarte la vida.

Fíjate, al final yo te escribo por educación y tú por necesidad.

Con toda la tranquilidad del mundo,

tus escrúpulos.

Publicado en Prosa | Etiquetado , | 5 comentarios