II

Estaba apoyada en el respaldo de un banco. Justo como hace un año y aquélla vez. Esta vez no he llorado pero no por no tener ganas, simplemente no me ha salido. En el bloque de enfrente hay un viejo que fuma marihuana. Siempre me pregunto qué hay detrás de sus ojos. Me he acostado pensando en eso y al levantarme he seguido dándole vueltas. ¿Qué lleva a un señor de cincuenta y pico años a fumarse un porro tras otro en la ventana? Nunca he estado en contra de las drogas, más bien al revés. Supongo que si sabes lo que quieres hacer y tienes, dentro de tu vida, una meta o un futuro más o menos claro, ¿qué más da si te pones de éxtasis, cocaína o, como en el caso del señor de enfrente, cannabis? Hay que saber disfrutar de las drogas, igual que con el sexo. Aunque, a decir verdad, he tenido muchas oportunidades de drogarme y nunca he pasado de los porros. Ahora que estás dentro de mí no voy a drogarme, eso estará en tu mano, antes o después. Seguramente sabrás lo que hacer.
Esta noche tampoco he dormido. Me acuesto más o menos pronto porque estoy agotada (quizá me agotes tú, por pequeño que seas todavía), intento dormir y no puedo. Tengo los ojos de tu padre clavados en la memoria. Estoy a punto de dormirme y sus ojos me disparan de repente. Me encuentro en ese limbo cómodo que anuncia tu inminente caída al sueño y me sobresalto al recordar a tu padre. Si sacas sus ojos cualquiera de tus próximas (o próximos) ex sabrá de lo que hablo. Son dos abismos. La primera vez que vi los ojos de tu padre me entraron ganas de salir corriendo. Son una mezcla de sensaciones, una vida entera escrita dentro de ese par de iris. Que parpadee es una blasfemia. El mero hecho de que me mirase era jodidamente bonito. Era sentirse una entre un millón, una pieza de museo. Más adelante, cuando estaba con él en un bar o una cafetería, fumando (sí, nene, entonces se podía fumar en los bares) y bebiendo, hablando de nada, era increíble ver como sus pupilas se agrandaban al mirarme. Sabes eso de que las pupilas se dilatan cuando algo te gusta, ¿no? El estudio podría haberse hecho con tu padre. Luego, follando, también le pasaba. Tu padre siempre tuvo palabras para todo el mundo, pero decía mucho más con sus gestos. Una de las noches que estaba con él me tenía que ir, creo que tu abuela me necesitaba para algo. Me apeé para coger el autobús y él, sin decir nada, me rodeo con sus brazos. Qué desgracia, nene, que no todo siga igual. Me refiero a que ahora tu padre, de estar aquí, se habría puesto a hablarte o contarte cuentos. Todo lo suyo y todo lo mío fluyendo por mi tripa. Es algo que seguro que tiene en cuenta, al fin y al cabo eres su descendencia y si no todo va tan mal como ahora intentará verte, al menos, dos o tres veces por semana. Yo ni siquiera sé si estaré aquí para entonces. Eres la consecuencia de una acción precipitada. Y que eso no te haga sentir menos importante, probablemente seas y serás lo más importante que me haya pasado. Las carreteras de doble dirección se tornarán grises y el mundo caerá en picado, te sentirás inerte y verás tu futuro lleno de caras largas pero tendrás dentro de ti la sensación de haber nacido a contracorriente y en un lugar que ni siquiera te pertenece. Créeme que eso no está tan mal. Otra cosa que nos falta a tu padre y a mí es la patria. Una patria a la que volver cuando todo lo demás huye de ti. Un sitio donde hacerse fuerte. Una idea que nunca le comenté es que quizá nuestra huida se deba a esa falta de patria. Después de muchas vueltas al tema la conclusión a la que llego es que la única patria verdadera y a la que me siento ligada tiene forma de persona y esa persona es tu padre. Quizá te suene a broma pero el día en que te enamores, si es que no lo has hecho ya, te dará igual donde estar si tienes a tu lado a esa persona.

Tu padre no está y por supuesto, los niños, las manoplas, los agentes de bolsa, los coches con sus autopistas, el sonido de los afiladores, los corchos del champán, el humo de los cigarros, las bragas de las guiris, los autobuses periféricos, las anfetaminas, los curas de barrio, los guapos de moda, los pase un buen día, el oporto, las cajas y los ascensores siguen exactamente igual. La única que todavía no puede beber café directamente de la taza soy yo.

 

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Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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Una respuesta a II

  1. Alton Benes dijo:

    Que parpadee es una blasfemia… si alguna vez me tatúo algo, ya no será “Ça a débuté comme ça”.

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