III.

No me queda nada y eso es mucho más que ayer. Mucho que ganar y nada, nada que perder. [La habitación roja, París ardiendo, 2007]

Estoy sentada en la Gran Vía, en uno de los muchos cafés que pueblan la zona. Hace frío así que estoy dentro del establecimiento. De haber hecho esto mismo hace un año, estaría sentada afuera. No me apetece fumar. Tengo suerte de que la tripa no se me vea todavía, así que se me toma por una estudiante más que gusta de cafés con sabores raros y a la que la música que sale por los altavoces no le molesta demasiado. Aunque es una música horrible, nunca me gustó el Rockabilly. Llevo una camiseta de los Rolling y llevo tres días sin peinarme. A veces me fascina todo esto. Nadie sabe todavía de este embarazo prematuro pero supongo que dentro de unos meses tendré que hacerlo público, la sola idea de imaginarme diciendo esas dos putas palabras me pone la piel de gallina. Si hay algo a lo que una joven no debe enfrentarse nunca es al embarazo. Pero en fin, a lo hecho, pecho. Y hablando de pecho, ahora no pero me van a crecer las tetas. Qué miedo.

Afuera, en las mesas de la terraza, hay una pareja de gays dándose besos y riéndose. Es una imagen muy tierna. Haciendo relaciones de ideas llego a la conclusión de que mi madre, hace casi cuarenta años, corría por estas mismas calles delante de los grises buscando lo que ahora mismo veo: libertad. Supongo que tiene que ser así y debe mantenerse, me refiero a la expresión y a tener la capacidad de elegir. En cualquier caso dejo de darle vueltas y pego otro sorbo al café. Me acabo de dar cuenta de que así sí, del vaso de esta cafetería sí, pero en casa no puedo tomar café sin más, hago uso de pajitas de mil colores para no romperme. Lo de tu padre no tiene nombre, o sí, cobardía. Me gustaría saber qué cojones se le pasó por la cabeza cuando le comenté todo esto de que ibas a nacer. Estará cagado de miedo. Como yo. Esta situación me desborda, se me escapa de las manos. Probablemente haya huido por la vieja Europa. Antes he creído verle y casi me da algo, creo haberte notado a ti también pero probablemente no, no dejas de ser un feto. No dejo de ser yo buscando empatía.

Tengo las manos apoyadas en la cabeza y miro al suelo, doy toquecitos en el cristal con mis botas y la mesa retumba. Soy la viva imagen del desconcierto (desconcierto, definición gráfica). Dos tipos en traje acaban de entrar en la cafetería y tras ellos un chico de mi edad con una camiseta de Rancid y un collar de pinchos. Le sonrío y gira la cara con miedo. Estoy tan quieta que parece que me he muerto. Último sorbo al café y me vuelvo a casa.

Antes de subir al autobús he jugueteado con la idea de decirle al conductor que pago mi ticket y el tuyo. Me he descojonado en mi fuero interno. No he dicho nada, como siempre, y me he sentado al final, como siempre también. A esas horas (las dos, creo recordar) el autobús suele oler a comida. Me ha entrado hambre y por alguna razón que no busco comprender tengo galletas en el bolso. Galletas y un libro de Julio Llamazares. Es un libro de esos que compro cuando no tengo nada que comprar, cuando paseo por librerías y algún título me llama la atención. En la página 38 dice: “Lo mejor es que dejes de pintar durante un tiempo.” La gente se cree que puede dar consejos, igual que se cree que puede recomendar libros o películas. Muchas veces tenemos la sensación de que lo que vemos es bueno y puede gustar a la mayoría, pero en general las cosas son como los gatos o Lynch: si te gustan las adoras, si no te gustan más vale que ni te las acerquen.
A veces me pregunto si tu padre se habrá muerto. Más le vale que no, no me gustaría verte crecer sin una figura paterna, alguien te tendrá que enseñar a jugar al baseball y alguien tendrá que hacerte llorar al no ir a tus partidos. Aunque a tu padre no le gusta el baseball. Y dice que el fútbol es el opio de la sociedad actual. No lo dijo nunca así, textual, pero es la idea que se le escapa cuando habla de la gente de ahora. Su voz, con ese eco de años, de balance, de cambios. Me falta todo lo que él tiene así que tú serás un gran híbrido. Si no te hablo de mí es porque ya me conoces. Además hablándote de tu padre te hablo un poco de mí también, puesto que cada día estoy más segura de que somos la misma persona, aunque dividida. Soy algo más nerviosa que él pero es que la vida me ha pedido ser nerviosa y no he tenido más huevos que doblegarme a eso. Cuando dejé de acatar las normas me echaron a los lobos y todo el mundo corría en dirección contraria. Es una sensación extraña y supongo que algún día la probarás. Después de estar un tiempo mirando hacia otro lado te das cuenta de que estás haciendo el tonto y vuelves a meterte en el cauce social, sin dar demasiados problemas pero sabiendo que lo que haces no se parecerá nunca a lo que hace todo el mundo. Funciona así: primero exteriorizas tus sentimientos vistiéndote de una forma y hablando de otra, probablemente te drogues y hables de la séptima maravilla del mundo en forma de grupo musical. Más tarde crecerás y el mundo ya no será tan incógnita, la gente te seguirá pareciendo gilipollas pero te comprarás la ropa en los mismos establecimientos que ellos. Luego irás formando tu mundo en base a lo que hayas vivido y a los pocos ideales que te queden de esa primera etapa de reflejo de sentimientos. Más adelante conocerás a alguien y también tendrás que doblegarte a esa persona, con más gusto que anteriormente porque probablemente esa persona y tú os sentiréis unidos. Pasarán algunos años y te darás cuenta de que no todo es como pensabas, de que la vida te está dando patadas. Sentirás nostalgia por lo que nunca fuiste, por el cúmulo de sueños que hay ahora en la fosa común de tu memoria. Ganas dinero, tienes a tu lado a alguien por quien sientes aprecio (el aprecio que dan el cariño y el tiempo), vives en una casa bonita y tienes animales, quizá hijos. Pero no quieres eso. Con un poco de suerte darás un salto y romperás con todo (aquí entra tu padre y es a lo que me refería anteriormente). Si has pegado ese salto sin ayuda de nadie has tenido suerte, pero te aguarda un tiempo de ser peonza, de dar vueltas y vueltas, de hablar con todo el mundo sin hablar con nadie, de follar, de lamer, de chupar. Todas tus ex llorarán, todos esos años perdidos te pedirán que vuelvas a darles una oportunidad, pero si te mantienes fiel a ti mismo negarás con la cabeza y te bajarás al centro a ver el nuevo árbol de navidad. Solo, sí, solo pero coherente.
Y si nunca pegas el salto tendrás mujer, casa, hipoteca y tardes de fútbol los domingos.

En el transcurso de la raza humana nada ha cambiado demasiado. Hemos pegado muchos botes pero hemos parado en el mismo sitio del que partimos. Hacemos las mismas cosas sólo que hemos cambiado las pautas. Nos explotamos, nos comemos, nos creemos bajo la hegemonía de cosas que no entendemos, como los dioses, y superponemos la materialidad a la supervivencia. O sólo vivimos en base a la materialidad del mundo, que es lo mismo.

Yo nací en pelotas y moriré en pelotas. Sólo te tengo a ti y bueno, a tu padre.
Donde quiera que esté.

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Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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2 respuestas a III.

  1. O'hara dijo:

    Seguiré abriendo la boca cada vez que te lea. Porque…porque sí, qué cojones.

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