IX

Llego a casa. Descubrir que no hay nadie me pone algo contenta, pero en seguida me doy cuenta de que en mi vida tampoco hay nadie salvo este proyecto de persona que llevo dentro. Así que me invade una sensación de nostalgia bastante extraña y salgo a la terraza. La gente en este barrio tiene una sonrisa estúpida colgada, siempre. Da igual que su vida sea una puta mierda porque ellos seguirán el protocolo. Me siento en una silla y miro a través de la ventana. Hace sol. Oigo a algunos críos gritar no muy lejos y recuerdo que a su edad me encantaba sentarme en un muro y ver a la gente jugar al tenis. Todos los deportes me aburren pero el tenis me hacía pensar en cosas a las que no estaba acostumbrada. Ahora si veo algo relacionado con ese deporte recuerdo alguna clase de dialéctica y bucles y gente con cosas que hacer. Por supuesto todo eso está ya muy lejos como para rememorarlo con claridad. Mi reflejo en el ventanal de la terraza es obtuso. Me miro fijamente, me señalo y luego no hago nada.

Los días van cayendo y tampoco puedo hacer mucho más que vivir, o lo que sea que esté haciendo ahora. En la televisión hay un grupo de personas corriendo. Me recuerdan a mí mucho más que yo. Luego paran de correr y el primero en llegar a la meta está feliz. Te veo entre el público. Estás de pie sosteniendo una bolsa en la mano derecha. Delgado, alto y con unas gafas de sol. Saludas a alguien y entonces la cámara enfoca hacia otro lado. El corredor ganador está saltando y hace un amago de llorar, levanta las cejas y eleva la barbilla. Se sube a un podio y entonces me canso de mirar.
Mi madre me dijo que no me fiara de nadie y también dijo algo sobre mi pelo y una amiga que vivía en Ghana. En general las personas me hablan y yo asiento con la cabeza. Se creen que escuchas pero realmente no lo haces, todo el mundo tiene lo mismo que contar. Todos tienen un ex cabrón, una luz que no se enciende a la primera, un grifo que gotea y una canción que cantar. Así que si no se le levanta, te ha dejado, está con otra o tu madre te acaba de dar un tortazo no es novedad. Y al decir esto no quiero decir que el tema pierda importancia, la historia se repite una y otra vez y las lágrimas y las ganas de correr son las mismas. Sólo que repetidas.
Todo eso, por supuesto, a mí también me ha pasado y por supuesto lo he olvidado. Si he tenido vida antes de conocerle es porque algo tenía que hacer con las cosas hasta su llegada. Ahora las cosas ni siquiera quieren hacer nada conmigo. Y él ya no está. Me siento como un astronauta que da vueltas y más vueltas. Me llamaría Major Tom si no fuera porque además de ser mujer, estoy embarazada. Y porque a pesar de no sentirte, ni verte, ni oirte, te siento, te veo y te oigo. Suficiente hasta que aparezcas. Me merezco olvidar todo aquello.

Al abrir los ojos veo siete vigas de madera en paralelo, estoy mareada y me duelen mucho los talones. Giro la cabeza hacia la izquierda y me coloco para seguir durmiendo. En la mesilla de noche hay una foto de dos críos gemelos con la misma ropa, camisa azul y vaqueros, y entre ellos una mujer de cuarenta años, la cual creo reconocer pero termino por obviar. El tacto de la sábana es jodidamente frío y por el sol que se cuela a través de la velux parece que son las seis de la tarde. En el suelo, una botella de jack daniels y mis botas parecen saludarme. Son lo único que reconozco del sitio en el que me encuentro. Noto que alguien se mueve a mi lado y tras asustarme me giro lentamente. Un tío duerme plácidamente. Sólo le veo la espalda y tiene muchos lunares. Mola, siempre me han gustado los lunares. Al incorporarme para vestirme y salir de allí me doy con una viga en la cabeza. Sonrío y vuelvo a tumbarme. He despertado al tío de antes y me mira como si se acabara de encontrar con una conocida. Es guapo y por alguna razón lleva gafas de sol. Me da los buenos días en inglés y me invita a que me quede. Alego que tengo cosas que hacer, sin decirle que no sé quién coño es ni preguntarle dónde estoy. El suelo también es de madera, me pongo lo que parecen ser mis vaqueros y encuentro mi camiseta colgada de un cuadro, tapando su dibujo. Al cogerla reconozco la pintura, pero por supuesto me da igual. Guardando un poco de protocolo me acerco al chico de los lunares, le beso en la mejilla y salgo tropezándome con unos calzoncillos y una bolsa de plástico que dice “su salud es lo primero”. Encuentro mi chaqueta en un sofá de cuero y me la pongo. En los bolsillos tengo marihuana y una caja de pastillas. Busco la cocina con miedo de encontrarme con alguien, me meto dos pastillas en la boca y las paso con medio cartón de leche. Me miro en un espejo, me hago un moño y abro la puerta principal. En el rellano hay una señora cantando y gritando una canción de Juanes, mientras baila y barre. Admiro que pueda hacer tantas cosas a la vez. Dice mi nombre y me pide, también a gritos, que me acerque. Entonces abro los ojos y vuelvo a estar en mi habitación.

Los días son fotos repetidas colgadas de la pared y tú me miras mi vida a través de una grieta en el tiempo. Quiero meterme en la cama contigo y volver a quitarte la virginidad, como entonces. Como nunca, como siempre.

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Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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2 respuestas a IX

  1. Yago Arenas. dijo:

    Golpes de raqueta, carreras, miradas de reojo, sueños, alchol, drogas, niños y todo con tintes de un tiempo pasado.

    Curioso.

  2. Marinus dijo:

    qué bestia eres tía, qué descomunal. Joder.

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