XI

Siempre fuiste más frecuente que un latido. Ahí, en todas las situaciones. Daba igual encontrarme fuera de casa, rodeada de gente, humo, música moribunda, en el sótano de mi cerebro, en las calles inconclusas de las afueras de mi barrio. Estabas, nunca pude negarlo. Y era la primera vez que no me quejaba. Todos los tíos valientes que se metieron entre mis piernas quisieran haber estado ahí, en todas partes. Haber persistido, al menos. Pero eso nunca sucedió hasta que apareciste tú diciendo que te habías bebido tres whiskys camino a casa.
Funcionó como el mecanismo de un revólver. Se apretó el gatillo, la bala giró dentro de la recámara, otra cosa empujó y boom. No me acostumbro a querer a alguien, quizá nunca me acostumbre a quererte a ti, pero eso es algo que ya tengo asimilado.

Tu existencia en mí se recuerda como una sensación entre imagen onírica, filtro visual tras varios relajantes musculares, luz de sol invernal… se alaaaaaaarga como una película aburrida, se acorta para dejarme sin respiración. Y en los momentos de tregua, en los que estoy tan lejos del mundo que estoy también lejos de ti, cuando no me acuerdo de mis botas ni de mi calle, sólo entonces estoy viva y a la vez, sólo entonces estoy muerta. Hasta que pueda verte cruzando por mi vida, tardes de perros, carreteras discontinuas, noches de estar dentro, pasos de cebra cansados, lluvia de luces en las ventanas del edificio más alto. Meses desnudándose al revés, unos ojos vacilantes tras párpados cansados, drogas que me descolocan y no soportan tantas horas recorriendo a dos dedos las peripecias de tu mente.

He bajado de dos en dos las escaleras de los hostales, me he tirado delante de coches en marcha, he suicidado todos mis principios, pero nunca me había sentido tan completamente desarmada.

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La chica más triste del mundo está tocando el piano y lleva zapatos rojos. No se molesta en mirar el tráfico porque ningún coche va a llevarle a una conclusión válida. El tiempo se ha quedado dentro de un cajón y ha dejado de llorar para dejar llorar al piano. Un Steinway perfectamente afinado da las notas a su terrible miedo, él está pero se ha ido, se dio cuenta la semana pasada, en la cocina, cuando se miraron y los segundos dejaron de eternizarse. Yo la observo desde la fila derecha, con las manos cruzadas sobre la tripa. El hilo musical hace temblar el recinto y yo termino por no pensar en nada. La chica sigue tocando, veo sus manos volar sobre el piano, acariciar las teclas, patear suavemente el pedal. Eleva la cabeza y deja que el pelo le roce la espalda, tiene los ojos cerrados pero en el fondo nos está mirando. Los pianistas siempre miran. En el crescendo de la obra baja bruscamente la cabeza, clava la vista en el suelo. A veces tenemos que contentarnos con eso. La obra va disminuyendo su tempo, la pianista está fuera, conmigo. Hablamos, intento decirle que la vida no es eso, que salga, que no se permita echar la vista atrás, que siga con su piano y se acostumbre a tener las manos frías. La chica, apoyada sobre la pared de ladrillo que rodea el gran teatro, sonríe levemente. El viento nos azota, como los domingos o las canciones que en su día tuvieron nombre. Le digo que puede venirse conmigo, quizá no tenga respuestas para todo, pero las dos sabemos que nadie quiere saberlo todo. Me abraza, no sé por qué, y lo hace cuidadosamente, rodeando mi cuello con sus brazos. Yo, que huelo a ceniza, yo, que he muerto tantas veces sobre el asfalto, a mí que me dan de beber, yo que necesito del roce de otros cuerpos para sentirme entera, estoy dando vida a otra persona que desconoce mi nombre y el mundo. Imagino cómo se moverá por mi piso, gateando por el pasillo, mirándome desde la cuna. Le veo mirando por la ventana, llorando. Les veo a los dos, como la imagen de la súbita perfección, el uno meciendo al otro sin decirse nada. Comparamos el tamaño de nuestras manos, nos comparamos como si fuéramos gráficas, como si de verdad pudiéramos entendernos el uno al otro. Apagamos las luces y esperamos a que la vida abra el telón y nos vea saludar al mundo. Aplausos, abucheos, directores descontentos. Todavía revivo aquel beso, todavía te revivo como si el recuerdo fuese la fiel realidad, estoy contigo bajo las sábanas y sigo contigo bajo el puente y sobre los adoquines. Sonrío. Ser invencible es darte la mano, el deseo es tu lengua en mi espalda, la debilidad es tu ausencia en el pecho, la esperanza es verte sonreír cuando todo está perdido, la libertad son tus ojos al abrirse, la impotencia es esto.

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Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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2 respuestas a XI

  1. A E H dijo:

    Empieza a extrañársete…

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