Jean en la chaise-longue..

“Aparte del olor a alcohol y de algún babeo ocasional, algunas veces dices cosas muy interesantes.”

Leaving Las Vegas

Hablo con Jean sobre Los Ángeles y luego sobre Manhattan. Él se pule una botella de vino y yo miro a través de la ventana. Las ciudades me llaman la atención desde que tengo memoria, será porque crecí en un pueblo. Realmente no crecí en un pueblo pero así es como lo recuerdo. Madrid, hasta que cumplí los trece años, siempre me resultó ese lugar ajeno con un nombre más que citado. En cambio Manhattan me atraía más, pero creo que era por el libro de Martín-Gaite.
Mi pueblo es el sitio al que no vuelvo por razones que no logro recordar con claridad, y mi vida se desarrolló entre el campo y mi extrarradio. En mi barrio encontraba fronteras y verjas, malas caras, prohibiciones. En el campo, mi pueblo, todo era mucho más libre, podía irme y no volver. Esa libertad que algunas niñas, como yo, acostumbradas a padres protectores, buscábamos y encontrábamos en las esquinas de aquellas calles desiertas.
Jean está recostado en una chaise longue de pana marrón. Cuando miro a Jean me fijo en que la luz que entra desde el comedor es buena para tomar una foto. Me pasa la botella.

-O sea que ahora no tienes a nadie.
-¿A qué te refieres?-le pregunto con cara rara.
-A que ahora ya no hay nombres en tu lista de espera.
-¿Nombres de hombres?
-Exacto.
-La verdad es que no-cojo el vino y le doy un trago.
-Se te ve más calmada.
-Por fuera, por dentro empiezo a ser muchas dudas. Se atropellan, me vuelven loca.
-¿Crees que es por algo?
-Por lo de la lista de hombres.
-Ah, claro. ¿y él?
-¿Quién?
-Podemos estar solos pero siempre hay alguien. En mi caso está Rober, en el tuyo siempre estuvo él.
-Ah-asiento con la cabeza.

Sus zapatos. Ni su voz, ni sus orejas, ni la sempiterna calidez de sus muslos. Sus zapatos. Creo que fueron lo primero que vi.

-Pero si no le conozco-no sé si se lo digo a él o me lo digo a mí.
-Le conoces.
-Te digo que no.

Jean me mira con cara de hombre sabio. Jean es esa persona que convierte cualquier acto involuntario en poesía, en magia. Le conocí en una exposición de arte moderno, cerca de una cafetería que ya no frecuento. Me acerqué a pedirle fuego y terminamos en un portal cercano, bebiendo y mostrándonos sin miedo. Cuando conocí a Jean mi vida era incluso más desastrosa que ahora, pero estaba cómoda con lo que por aquel entonces yo hacía llamar la limitación a la realidad, vivirla sin necesidad de tomar apuntes. Ese limbo extraño entre acontecimientos importantes. Mis únicas preocupaciones se resumían a mi casa, así que cuando salía a la calle me iba bien. Con tipos como Jean era fácil jugar a vivir.

-Claro que le conoces, a pesar de haber compartido con él poco más de unos meses.
-¿Por qué crees eso?
-Por cómo me hablas de él. Cuando me comentabas las idas y venidas con todos los otros chicos no era lo mismo, te quedabas en la copa del árbol, asumías sus acciones y te peleabas contigo misma.
-Estás hecho un poeta.
-No, pinto cuadros, quizá un poeta de las acuarelas, algo así diría un crítico. El caso es que cuando hablas de él no te quedas en la copa, te adentras en la raíz, hablas de dentro hacia  fuera y no al revés, como te pasó con Héctor, Ricardo o aquel tipo del Central.
-Tú me conoces, tú sabrás lo que siento.
-Nena, claro que te conozco, pero nunca te conoceré como sólo tú puedes conocerte.
-Lo intento, te juro que lo intento, pero empiezo y ya estoy perdida. Hay demasiada información.
-Habrá tanta información como tú quieras, ahí está la gracia.
-Joder Jean, para conocerme necesito empezar desde cero, desde ese primer beso que no recuerdo, desde el primer viaje a Londres o la primera bronca.
-Sabes de sobra que tu vida empezó mucho después.
-En noviembre.
-A eso me refiero, a la salida al mundo.
-¿Sabes de lo que me acabo de dar cuenta?
-¿De qué?
-De que me he enamorado muchas veces pero nunca había sentido esto.
-Explícate.
-Siento que podría mandarlo todo a la mierda por él.
-Eso nunca, joder.
-No, escúchame. Hablo de que cambiaría parte de mi tiempo aquí por estar con él. Sin tener la asquerosa necesidad de inventarme una realidad. El escritor es escritor porque no puede vivir lo que quiere, se crea un mundo al margen del suyo para desarrollar otra vida. O para explorar su asco vital. Si viviera a su lado dejaría esta mierda y me metería en otra cosa. Si viviera a su lado no estaría siempre rodeada de interrogaciones. Quizá no  tendría dinero para comer pero, en cambio, tendría la seguridad de que en cualquier momento podría meter su mano en mi entrepierna.
-No sé qué cojones quieres decir pero me la pones dura.
-Es el vino, Jean. Buen vino, por cierto… ¿Dónde lo has robado?
-Me lo ha traído Rober de alguna parte. Es un maricón pero es mi maricón.
-Eres un homosexual posesivo.
-Y tu una hetero bastante pirada.
-Lo que te decía, que cambiaría todo esto, por mucho que me guste, y me lanzaría en picado.
-¿Y dónde vivirías?
-No sé, me da igual. A estas alturas de la película qué más dará la lengua que hable si ni siquiera me hará falta comunicarme. Dejaría de escribir.
-Tú no dejarías de escribir nunca.
-Eso lo dirás tú, chaval. Además, todas las que escriben a este tío están locas.
-¿Más locas que tú?
-Por supuesto. Y cuando leo lo que dicen no puedo evitar sentirme Dios o algo así. La elegida o una mierda que se le parezca. Diez cartas, veinte correos diarios, contesta cuatro a desgana, seis con un mínimo de interés y luego aparezco yo y digo “¡Verlaine ligando con Rimbaud y yo con estos pelos!” y le hace hasta ilusión.
-Ahí estará la diferencia, tú nunca mendigas nada, ni aprecio ni desprecio, no dices más que estupideces. Se te quiere por eso, porque sólo dices cosas serias cuando la ocasión lo pide. A veces ni eso, ¿cuándo te pusiste seria la última vez?
-Hace un rato, cuando te decía que me iría con él a cualquier lado.
-Buscabas un cómplice para tu huida y ahí lo tienes. Cabrona, te has bebido todo el vino.
-Has sido tú, que eres un acaparador.
-Los cojones 33.
-¿33?
-Es un número gracioso.
-Eso le debió de parecer a Miller.

Nos reímos y la luz hace rato que se ha ido. El sol de invierno es lo que tiene.

Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
Esta entrada fue publicada en Prosa y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Jean en la chaise-longue..

  1. A E H dijo:

    “¿A qué has venido a Las Vegas?”
    “He venido a matarme bebiendo”

  2. Yago Arenas dijo:

  3. Aquí hace falta un poco de clase, chicos. Ya vuelvo.

  4. Pingback: Jean strikes back. | كيف تجرؤ؟

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s