Cien mil galerías.

Los domingos en mi vida son el final de la especie. De lunes a viernes intentando placar la sensación de pérdida de tiempo que me procuran esas horas interminables frente a personas y edificios sin color. Los sábados tienen doble modalidad, se bifurcan en subespecies, pueden formar parte del mundo de las drogas y el no me entero de nada o pueden ser anuncios del final de la especie, sucedáneos de domingo. Este tipo de sábado, el último, suele ser un sábado en casa con las zapatillas viejas, masturbándome y leyendo (en ocasiones a la vez). Los domingos, en cambio, tienen otro color y forma. Desde que recuerdo, los domingos al abrir los ojos escucho la radio que tiene puesta mi padre. Papá vistiéndose en su habitación con la radio a todo trapo. A mí me arrastran de la cama las ganas de café, tabaco y ver qué pasa después. Madre suele estar cocinando (paella en la mayoría de los casos). A veces aparece mi tía-abuela-inmortal y me cuenta cosas sobre la guerra y Valencia, Valencia y la guerra, mi bisabuelo el pelirrojo, el otro que era un vividor, el búnker que construyó su padre en mitad de Chiva. Siempre me cuenta lo mismo pero a mí siempre me parece nuevo, pongo cara de niña que está aprendiendo y luego reflexiono sobre las peripecias que ha tenido que vivir esta mujer, para, finalmente y con 86 años, estar sentada en mi terraza bebiéndose un vermouth y preguntándome si he crecido de ayer a hoy y cuánto.

La gente suele odiar los domingos, es el día perdido en el calendario, el extra en una serie de televisión. Todos los domingos me prometo cambiar de vida, que diría la Fuga, todos los domingos leo el periódico y me chuto lexatines, remuevo el cielo y la tierra. Escribo cosas como esta, describo mi vida una y otra vez intentando explicarme por qué así, por qué alimento este vulgar estado de insatisfacción, cal y arena con el café. Me descubro pequeña en mi escondite, recuerdo los noventa y las fotos en la azotea, el momento en el que la venda de mis ojos cayó a mis pies.

Relaciono todos mis domingos, desde el cinco de junio a la salida del hospital hasta hoy, seis de marzo, no sé cuántos años después. Los domingos son un abismo que me permito el lujo de observar, un estado de ánimo neutral, terrible y devastador, que me empuja a la tentativa de elocuencia y echar la vista atrás. El domingo en que te conocí, el domingo en que perdí la virginidad, el domingo de mi primera borrachera, los domingos de adiós y los de eternos viajes en autobús. Los domingos como el Guernica y tú como un Mondrian.

Voy a tirar diez mil aviones por la ventana y a repartir tus fotografías por las cien mil galerías de mi cerebro, a lo mejor al llenarlo todo dejo de sentir este vacío perpetuo de sin-con y verborrea del 3 por 5.

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Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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4 respuestas a Cien mil galerías.

  1. Yago Arenas dijo:

    ¿Sabes? Eres una chica muy especial.

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