Gaël, sus noches.

Y no era otra noche más sobre los adoquines del centro. Bebiendo y riendo con Gaël. Los encuentros fortuitos con Gäel, las historias extrañas de Gaël. El viento soplaba del norte y arrancaba las cornisas y los recuerdos como si fuesen velcro, en una tentativa de des-solapar lo terrible y cotidiano de nuestros pasados. Gaël, botella en mano, recitaba una y otra vez una frase que había escuchado en la radio, la tarde anterior. Yo hacía pequeños dibujitos en el suelo con el barro que el invierno deja a los lados de la calzada. Una calle en obras, un piso inhabitado e inhabitable, una vida en ocasiones inhabitable, también.

Gaël con sus finas maneras rememoraba una tarde en la costa, y mientras se atropellaba con sus propias historias movía las manos rápido, como miles de pájaros que revolotean alrededor de su propio nido. Gaël entusiasmado y borracho, Gaël conforme y distante. De vez en cuando me miraba y yo poco a poco sentía el vértigo, recreaba los pasos que en otro tiempo me llevaron a ese mismo portal. A esa calle, a la importancia del gris ceniza de las suelas de mis botas. Gaël, por supuesto, no se daba cuenta de que yo a pesar de mirarle no escuchaba en absoluto. Mi cerebro efervescía, la lengua y las orejas empezaban ya a quemar. No sé en qué momento decidimos abrir una de las puertecillas de un soportal cercano. Los dos, a golpe de patadas y jaleo, entramos en una habitación oscura que desprendía un olor extraño, como la muerte. Alumbramos con la luz de nuestros móviles y comprobamos que el lugar era bastante bueno para refugiarnos, las horas que quisiéramos, hasta que la fatiga y la luz volviesen a encontrarnos. Otro amanecer extraño precipitándose sobre los zapatos de Gaël. Otra huida más por mi parte.

Gaël comenzó a hablar de la invención de las palabras y sus marcos, de la realidad tan sumamente recortable, la de vestiditos y zapatos que podían adornar su súbita e impertinente presencia. Al rato de estar hablando y profundizando sobre estas, las palabras, me miró sobresaltado y preguntó por mi inusitada abstinencia. Le expliqué que el contenido de mis oraciones en esa conversación sería carente de sentido e inapropiado, pues el alcohol y las largas horas frente a los libros y las personas me impedían hacer algo más que asentir con la cabeza. Yo amo a las personas, Gaël, yo siento amor por la raza humana y, en cambio, me invade un continuo sentido de rechazo cuando paso una larga temporada junto a ellas. Me atoro, no sé pensar, la mayoría de los intercambios de frases que entre ellos existen me precipitan a la náusea. Y no porque digan tonterías o hagan un uso abusivo de las frases hechas, sino porque pierdo cualquier atisbo de filantropía y vuelvo a la soledad de las raciones individuales. Necesito a la gente, Gaël, me enamoro de las personas si se muestran como esponjas sin filtro, rozo el éxtasis si consigo entablar una relación más allá de la palabra, una relación basada en la sintonía vital, en el encuentro de puntos clave que hacen que cualquier movimiento deje de ser superfluo. Necesito a las personas tanto como las rechazo. No sé si lo entiendes, Gaël, tú amas demasiado la vida como para meterte en mi pellejo y comprobar y sentir todas estas armas de doble filo y estas baldosas apuntaladas del alma. Y lo más curioso es que si me muero mañana, Gaël, muchas personas a las cuales aborrezco acudirán a mi entierro y llorarán mi pérdida. Comentarán la mala suerte que corrí. Luego empezaré a pudrirme, mis uñas crecerán y más tarde seré polvo. Antes eso me importaba, ahora sólo quiero salir adelante con lo poco que me queda, si es que alguna vez tuve algo.

Entonces Gaël me mira asustado y sigue pidiéndome que hable. Se termina la botella que hasta hace una hora tenía en la mano y la revienta contra la pared. Los cristales hacen un ruido curioso al chocarse contra todo, rebotan y se cuelan entre los surcos de nuestros zapatos. Gaël ríe, yo también. Salimos de ese lugar y caminamos un largo rato por el centro de la ciudad, de la mano, pero no entrelazamos los dedos como los amantes, sino que al darnos la mano demostramos que podemos parar el reloj a fuerza de pasos. Nos rebatimos las ideas como si fuésemos hermanos, o primos. Nos imaginamos dentro de un libro, o de una canción. Borrachos pero no solos. Cantamos. Siento que al darle la mano me puedo olvidar de todo lo demás, con Gaël no vale el teatro ni pulirse, no hace falta bajar la cabeza. Gaël elige el exilio de forma voluntaria, Gaël está siempre dos pasos por delante.

Finalmente llegamos a una estación. Ya son las siete y la rutina vuelve a sus cosas. Gaël ha cambiado de humor, ahora su mano no me aprieta tan fuerte como antes. Comienza a temblar. Me pongo frente a él, le tomo las dos manos. Gaél, ¿estás bien? Asiente con la cabeza. Por primera vez es el neuma el que le posee, se olvida de cualquier palabra, todos sus pensamientos se centran en otro lado, a kilómetros de aquí o debajo de mi jersey. Gaël no está y sigue temblando. Me mira a los ojos y sus ojos me vomitan dos palabras: fuerza y derrumbe. Estoy seguro, me dice, puedo hacerlo. Le aprieto las manos como si fuese la última vez, sonrío. Adelante Gaël, si es lo que quieres. Me devuelve la sonrisa. Es lo que más he querido en toda mi vida.

Se oye el sonido de un tren acercándose a nosotros. Gaël deja cuidadosamente su mochila en el suelo. Me da un beso en la mejilla y dice que el mundo es nuestro. Se da la vuelta y sale corriendo en dirección a las vías. Oigo el pitido del tren y un estruendo.

Y así es como Gaël, todas las noches, se despide de mí. Decidido y puntual se va casi sin aviso, como siempre. Lo mejor de todo es que entre que va y viene nunca sabes cuánto tiempo ha pasado.

Ayer, Gaël, sentado en su sofá blanco del salón, rodeado de flores de plástico, cogió el móvil y marcó mi número. Antes de que sonase el primer tono colgó. Se preguntó ¿cuándo volveré a la vida?

Yo preparaba una cafetera y contesté ¿cuándo dejaré de huir yo?

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Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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5 respuestas a Gaël, sus noches.

  1. Cohen dijo:

    Enhorabuena por tu blog shiwa! pongo un enlace en mi blog hacia el tuyo vale?

  2. acero dijo:

    No tengo sombrero para descubrirme pero me quito la cédula de la nariz, te felicito y me la vuelvo a pegar.

  3. La Camarera dijo:

    I’ve got you!! Gracias por dejar un rastro de miguitas de pan. Me alegró ver que había un nuevo camino ;)

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