XV

Sólo estamos realmente solos cuando no quedan balas en nuestras recámaras. Sólo conservamos a las personas cuando somos capaces de mantenernos a nosotros mismos. Sólo estamos verdaderamente despiertos cuando un domingo, a las doce del mediodía, logramos pasear por una calle transitada sin pensar en cómo nos están mirando. Sólo somos libres cuando, a pesar de la niebla o la lluvia, caminamos. Sólo sabremos si hemos envejecido cuando hayamos dejado de preguntar qué, cómo y por qué.

Sólo si hemos dejado de arrepentirnos sabremos si estamos a gusto con nosotros mismos. Sólo escribiremos enumeraciones de este tipo para ligar, hacernos los fuertes o lograr ver que tras el cristal empañado del presente queda vida por observar.

Y leo y releo esto, escrito por mí hace cosa de dos días. Lo leo de nuevo, me río y tras esa risa de desembarque de mí misma, de encogerme los hombros, me pregunto por qué cojones esta terrible insistencia, esta vuelta de la mula al carro eterna. Recurrencia y marea.

Los pensamientos que tengo cuando voy borracha se pierden o flotan y a mí me da por volver a casa mientras llueve, andando y cantando una canción hortera. Antes de eso estoy en el autobús, con la cabeza apoyada sobre el cristal y previo a eso me pongo fina y bailo. El grupo de adoradores de las tinieblas persiste pero varía de integrantes. Quique ahora es Dodó, Iván es Pablo, Juanma se ha cambiado por Ernesto y la mejicana que servía copas es ahora un tipo alto con coleta que se hace llamar Nico. Todo igual, todo diferente. Y yo sigo bebiendo whisky. Mis pequeños pies de cuero barato marcan el ritmo de algo. La tripa no se asoma demasiado, pero si pongo las palmas de mis manos debajo de mi ombligo noto una leve protuberancia que empieza en la pelvis y sube hasta perderse por mis abdominales. Una tripita graciosa que aún no ha dado demasiado que hablar. Eso creciente, Eso bailando, Eso cantando “i’m floating in a most peculiar way“. Ernesto, sentado en un sofá situado a la derecha de la barra, me hace un ademán para que me acerque. Me mira, creo, porque el lugar está tan oscuro que no lo sé a ciencia cierta. Después de eso asegura que necesitamos medidores de radioactividad, me cuenta sobre un documental de marsupiales y al rato me invita a otro whisky. Nico también va con lo suyo así que tarda más de lo habitual en servirme mi bebida energética con su toque romántico. Y ahora Ernesto llora por su ex-novia y después llora por los perros de las tiendas de animales y yo bebo pausadamente mientras oigo tocar a Dodó y veo a Pablo ligando con una tía que parece rusa. Es lo de siempre.

A la hora, quizá dos horas, estoy bailando en la puerta del garito. Cerrarán de un momento a otro, pienso, y me coloco un cigarro en la boca. Hago que toco la batería y no paro de repetir Billy Hunt, Billy Hunt, Billy, Billy, Billy. Ernesto me hace los coros, tumbado sobre la acera. Cuando me canso de mover la cabeza y los brazos me acerco a él, le cojo de la mano y le ayudo a levantarse. Mientras lo hago Pablo y a la rusa salen del local y tras ellos un bigardo gritando palabras en un idioma que no entiendo. El bigardo le levanta la mano a Pablo, que, muy gallito, está de puntillas sosteniéndole la mirada. Los reflejos me permiten agarrar el brazo del bigardo y pedirle que pare, me mira y me grita así que me interpongo entre Pablo y él. Intento comunicarme con el bigardo, que resulta ser el novio de la rusa. Le digo que el problema es que su novia es una calientapollas, que el pobre Pablo no tiene la culpa. En realidad me da igual de quién sea la culpa mientras consiga llevarme a Pablo de ahí. El bigardo me mira callado, no ha entendido una mierda, en cambio su novia sí, así que se me tira encima en plan gata salvaje y me estira del pelo hasta arrancarme un mechón. Nadie hace nada por ayudarme, pero por suerte me deshago de ella y le meto un dedo en el ojo. No tengo ni puta idea de pelear, hasta entonces no había tocado a nadie. La rusa se posa las manos en el ojo izquierdo y el novio se agacha, preocupado. Pablo, Ernesto y yo nos miramos y a los tres segundos estamos corriendo calle abajo, descojonados. Después de terminar de reírnos como unos gilipollas a causa del nerviosismo y el alcohol, Ernesto nos mira y con una mueca de satisfacción saca del bolsillo de su sudadera una cartera de tela vaquera. El cabrón no pierde una oportunidad para sacarle lo que sea a quien sea. Encontramos a un chino con una caja de cartón en una esquina, le damos veinte euros y nos vamos a trotar a un parque cercano. Amanece y vuelvo a casa. Bajo Gran Vía arrastrando los pies, en dirección al metro de Plaza España. Domingo y marzo. El portal ha vuelto a no pertenecerme, me abandono en la silla. Envío un mensaje de desgarro emocional revestido de descaro, trepo por tu espalda, me cuelo por tus orejas y Dodó toca el piano en mi cabeza.

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Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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