Gaël, reencontrarse y reconocerse.

Después salgo de casa, los pájaros siguen con su absurda sonata. Me pierdo entre mis cosas, ruedo por mis propios pensamientos. Y no es la primera vez que lo pienso, esto de perder tanto el tiempo en minucias cuando debería estar a lo que tengo que estar. Eso lo dice mucho mamá; “niña, no estás a lo que hay que estar”. Nunca sé a qué tengo que estar exactamente por eso observo con insistencia una bolsa de plástico que rueda por delante de la parada de autobús. Los domingos se apaga todo, esas gentes que van por la calle (denominadas personas por algunos) parecen ir también en su mundo y estar configuradas en otro tempo. Son curiosas si te fijas, pues ellas también tienen vidas y probablemente huyan como yo. No es fácil desprenderse de este sentimiento de huida, y no me cansaré de repetirlo. Claro que hay cosas que hacen más llevadero el sentimiento de no-pertenencia, podría hacer una lista de momentos, personas y objetos que hacen mi existencia algo menos gritona y quejica; el tabaco, las noches espesas y con niebla, el olor a asfalto, la velocidad de un autobús de madrugada, las rocas que desaparecen bajo el mar, las lenguas frías en las noches de verano, un perro moviendo el rabo al verte o un gato acurrucándose contra ti, el eco de tu propia voz retumbando allá adelante, la pluma recorriendo el papel, la mirada de alguien que se interesa por tus palabras o quizá el banco donde aprendí a esperar. Ya sé, son cotidianidades, pero ni falta hace decir que por ser rutinarias no dejan de ser mágicas, ahí está mi cama y me hace feliz todos los días, sobre todo si no soy la única que duerme sobre ella…

Pero yo estaba en la parada del autobús, con las bolsas de plástico y el tráfico delante. Una señora me saluda y yo entro en el juego de los saludos y las sonrisas. De pronto me veo hablando con ella sobre Pedro, su hijo, y el carril bus vao que fíjate qué invento y lo mucho que tarda en venir nuestro transporte. Hablo poco, asiento con la cabeza y sonrío esporádicamente. No sé si sonrío cuando toca pero la señora parece pensar que sí porque no niña, tú llevas más tiempo aquí, pasa delante. Hago lo propio y el conductor no quiere entrar en el juego de los saludos así que me siento atrás, no sin dificultad porque el autobús va ya en marcha y he estrellado mi bolso contra un señor y parte de mi rodilla contra otra rodilla. Disculpe, lo siento. Una vez sentada me alegro de los adelantos de la técnica y de que pueda escuchar música desde mi móvil y con auriculares. A veces el volumen está demasiado alto, pero lo hago a posta, es para no oírme pensar. Tardo aproximadamente quince minutos en llegar a la estación, así que me da tiempo a des-pensar varias cosas. Últimamente es Gaël quien ocupa mi mente. No todo el rato, eso sería agobiante, pero sí lo necesario para tener ganas de volver a verle. Siento por él una tormenta de cosas que todavía no sé muy bien cómo matizar. Ahora no me voy a visitarle, lo haría pero para eso tendría que avisarle y prefiero encontrármelo de frente y por casualidad. No sería la primera vez que nos pasa y siempre nos reímos como locos. La gente no lo entiende pero nosotros tampoco entendemos a la gente, así que nos da igual. La última vez que le vi se fue y luego no pasó nada más. Procuro ser lo menos insistente posible, mis amigos siempre hablan de mujeres pesadas y no quiero que se me tache de eso. Además de que esta independencia y mi amor por la soledad me vienen de mucho atrás, de mi infancia caminando por los espigones del puerto o a la búsqueda de conchitas arrastradas por la marea. Nunca tuve problema en relacionarme con la gente y de hecho tuve y tengo muchos conocidos, pero prefiero no ahondar en las relaciones demasiado. Saben de mi vida, sé yo también de la suya, “ah, ¿escribes? eso es jodido pero estar bien. ¿Yo? Soy músico, (risa) sí, es divertido y sí, también es jodido”, también hablan de mujeres y hombres que la cagan, yo también les cuento esas cosas y parecen divertirse mucho, pero a mí en su momento no me hace ni puta gracia. Tengo cara de gilipollas y por mi condición de aventurera me suceden situaciones bastante inverosímiles. Suelo salir corriendo y encogiendo los hombros, pero me lo paso bien, aunque si he de ser sincera me han jodido varias veces. Aunque eso da igual porque hay que saber buscar el desequilibrio, es decir, reírse el doble de veces de las que te jodan. Así dicho parece utópico pero tampoco es tan complicado.

Ahora estoy en el metro y la gente viene y va. A diferencia de mi barrio, esto es un caos. Sandalias, bolsos, gafas de sol, un tipo en chándal, bolsas de la compra, zapatos de todos los colores, pinzas para el pelo, pulseras y culos. Mucha gente en todas partes, en general. Es como si tuvieran, todos, que hacer cosas importantes. Yo desconozco qué es eso de la importancia, mi objetivo de hoy no está muy claro. Me encantaría encontrarme con Gaël, pero claro, es difícil. No me voy a deprimir si no me lo encuentro, me digo a mí misma, lo mejor va a ser que me compre un café helado de esos y me siente. Y eso hago; me acerco a la franquicia de la melusina y con mi mejor sonrisa me pido el de caramelo. No me suelen gustar los dulces, aborrezco la miel y todo lo empalagoso, pero si esos dulces los mezclo con café todo me sabe mejor.

Madrid hierve de gente. Hace mucho sol y los ciudadanos salen a la calle, como lagartos. Me hacen todos mucha gracia con sus ropas de casi verano y las gafas de sol. Al salir del local-cafetería la señora del pelo blanco está tocando el violín y me apoyo en una pared a observarla. No sabría decir si toca mejor o peor que Midori Gotō, el caso es que las dos suenan muy bien. De hecho los transeúntes dejan su trasiego para pararse a escuchar. Pone cara de emoción cuando toca y me pregunto, como casi siempre que veo a alguien tocar, si cuando folla también pone esa cara. Mi fuero interno se descojona así que comienzo a alejarme. Bajo Gran Vía silbando una canción hortera que sonaba en el local-café, de vez en cuanto canto y grito, pero como esto es Madrid nadie pasa de una mirada rara o una sonrisa leve. Después de andar un rato diviso Plaza de España y me tiro en la hierba, me acomodo, doy vueltas, me siento y hay muchos adolescentes disfrazados de góticos o emos o punkis y me acuerdo de cuando era la metalera más mala de todo mi barrio burgués, de los gritos que daba mi madre al verme con los pinchos, de las risas de mi hermano y de las miradas de papá de “joder cómo vas…pero…¡da igual! ¡dejadla que es pequeña!”. También me imagino a estos chavales con treinta años y las mismas pintas. Me río otra vez. Y en esas estoy, tranquila en el césped con una media sonrisa mientras observo los pelos de un chiquillo, cuando alguien me toca el hombro izquierdo. El susto que me doy es curioso, pero más curioso es encontrarme con Gaël con su ropa y sus manos, sus zapatos, su olor a tabaco y colonia.

Sólo me sale gritar un hola infantil y efusivo que desata una carcajada en Gaël. Se sienta a mi lado y, como hace siempre, me pregunta sobre mis padres y mis vecinos, las clases y los exámenes. Me empuja y me mete un dedo en el ojo. Somos unos críos, le digo, y él asiente con la cabeza mientras prende un cigarro. Me pregunto cómo habrá sobrevivido en el margen de tiempo que llevo sin verle (¿mes y pico, quizá?). Me pregunto un montón de cosas pero se me atragantan todas, sólo puedo mirar al infinito y sonreír como una gilipollas. ¿No lo he dicho todavía? Ah sí, soy tremendamente gilipollas.

Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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Una respuesta a Gaël, reencontrarse y reconocerse.

  1. Pecado dijo:

    Me aficionaré a ti, creo, respescto a lo que me toca a mí, el blog que actualizo suele ser el otro, aunque puedo variar si es tu capricho. (emoticono de un pinocho al que le crece la nariz)

    Un abrazo sincero.

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