Y así empecé, Gaël.

Dentro de dos días llueve. Quizá llueva mañana y no me de tiempo a descolgar la ropa. Los tendederos me recuerdan a mi madre odiándolos y luego a mi pueblo, donde había ocho o nueve por calle. Me gustaba contemplarlos. Eso y el frío húmedo de las sábanas, dentro de otras camas. Aquel tacto acompañó mi cuerpo hasta bien entrada la adolescencia, después se esfumó.

Y pienso, Gaël, que son cosas que no debo de entender muy bien. Recuerdo los zapatos de mis ligues casi mejor que sus caras, las manos siempre aparecen en mi cabeza con más nitidez que sus gestos. No me digas que es por el alcohol, me pasa y me ha pasado siempre.
He echado todos los candados posibles antes de salir, Gaël, y te juro que no ha sido por Él, ni siquiera ha sido por ti. Ya, sé que eso te jode pero más me jode a mí. Y tampoco es algo que entienda muy bien, aunque sé que no tuvimos todo el tiempo del mundo también sé que no hizo falta. Me conformo y encojo los hombros. La primavera tampoco me ha tratado demasiado bien nunca, pero no me importa. Igual que no me importa ni llegar ni que lleguen tarde o comer frío.

Me gustaría saber, Gaël, por qué me desagradan tanto los talleres de escritura y las escuelas de escritura y todas esas cosas que giran entorno al terreno de las palabras. ¿Escuela de escritura? No he ido nunca a una, no sé lo que enseñan. Quizá te enseñen a unir palabras, a hacer oraciones subordinadas, a concordar. Lo que sí es cierto es que a escribir se aprende y nunca se sabe hacer del todo. En respuesta a tu pregunta, no, ni de coña, no tengo puta idea de escribir y no lo haré nunca bien. ¿Que por qué escribo? Por inercia, porque me tira, por tengo la vaga ilusión de que algún día lograré entenderme, porque mi profesor de 4º de la ESO me dijo que no dejara de hacerlo -y después me miró con una cara que me hacía gracia, era imposible decir “no”- y porque a Personita le gusta. Escribo porque he intentado bailar, jugar al balonmano y al fútbol, barajar las cartas, meterme en una mafia, dejar de fumar, hacer pulseras y coser, adiestrarme y dejar de correr… he intentado todo eso, Gaël, y nada funcionó. Sólo me apetece escribir y sólo me concentro al hacerlo. Ni siquiera me concentro cuando follo porque estoy pensando en relatar el momento, o en asteroides o en cualquier gilipollez que en ese momento me parece importante.
Y ni siquiera sé cómo empezó este rollo, fueron varios factores los que influyeron. Cuando tenía siete u ocho años acababa de conocer a Bea (todavía la estoy conociendo, pero para entonces acababa de cruzarse en mi vida). Ninguna de las dos conseguíamos hablar cuando llorábamos, y te aseguro que nos pasábamos todo el puto día llorando. Sobre todo yo, me encantaba llorar, me metía los dedos índice y derecho en la boca y gritaba mamá y papá y me revolcaba. (Recuerdo también la sobremesa, tirada en la cama, en que decidí dejar de llorar porque no conseguía nada). El caso es que yo siempre andaba de broncas con mi familia, sobre todo con mamá que es la más complicada de los que habitamos esta casa, y como después de las peleas yo lloraba y me daba vergüenza pedir perdón, (Hermano me dijo un día: “da igual que la culpa sea de tu madre, tú discúlpate y punto”) arrancaba una hoja de mis muchos cuadernos y escribía. Con ocho años los dibujos abundaban en aquellos folios, luego escribía “perdón” con mi caligrafía de nena, con rotuladores de colores, y lo dejaba sobre la mesilla. Uno de los momentos más felices que recuerdo de mi infancia era el de oír a mi madre andando por el pasillo, escuchar cómo se acercaba al lado de mi cama y notarla sonreír detrás de mí.
Y por aquel entonces, no sé si antes o después, mi madre paraba poco por casa. Nunca para demasiado por aquí, siempre está haciendo cosas. El caso es que yo tenía días en los que la echaba de menos a rabiar. Y a rabiar significa que me enfadaba, porque siempre tenía a Hermano cuidándome y me aburría y yo quería tener una madre como la de mis amigas, de las que te bajaban al parque y se sentaban a cotillear con otras madres, o a leer el Hola! hasta que atardecía. Mis padres nunca me bajaron al parque, pero sé que en cuanto podían me llevaban al zoo o a comer fuera -me tienen mal acostumbrada, ahora me encanta comer y cenar fuera-. Así que mi primer texto serio data por esa fecha, le escribí una carta a Madre. De las de lacre y pluma, supongo. Debía de tener faltas en todas las palabras y estar mal escrita. El resumen de ese texto vendría a ser algo así como: Mamá, quédate conmigo más tiempo, dame mimos, hazme bocadillos, juega conmigo, cuídame.
Y la pobre, muchas veces cuando no estaba en casa era porque se estaba dejando la piel en el curro, pero otras -y esto era lo que me jodía, porque yo era canija pero no estúpida-estaba cuidando de una amiga suya, que de amiga tenía lo que yo te diga. Esa tipa nunca me cayó bien, cojones, ¡me robaba a mi madre! (y no sólo por eso, cuando Madre estaba embarazada de mí le dijo que abortara, al loro con la mujer). Incluso los días en los que Madre estaba en casa la llamaba por teléfono. Y mi madre puede no ser suave al hablar, pero de buena que es, es tonta. Así que escribí la carta con el fiel propósito de que a Madre se le ablandara el corazón o despertara. Y no pasó nada de eso hasta años después, que por alguna razón -no recuerdo qué pasó- finiquitó la relación y adiós muy buenas.
De la carta no se sabe nada, se la quedó la mujer esa y probablemente la haya quemado, o enterrado, o a saber.

Tras eso, una de las cenas que Madre y Padre organizaban en casa, me enamoré perdidamente de un amigo suyo. Yo era un pegote -tendría nueve o diez años- pero ese tipo, que vino en traje y se llamaba Joaquín, me llamó la atención. Mucho. Recuerdo hasta dónde estaba sentado -de espaldas al ventanal de la terraza- y hablaba muy bien, al menos a mí me lo pareció. Sentí el irrefrenable deseo de hacerle saber que yo le quería para mí, y me tocaba el pie que estuviesen delante su mujer y mis padres. Así que le escribí una carta de amor (a saber qué cojones puse) y se la entregué, muy seria y enamorada yo. Todos se rieron, por supuesto, y a mí no me molestó porque ya sabía que se iban a reír. Me miró como sólo podía mirar él y probablemente me revolvió el pelo. Tras eso, supongo que él y su mujer volvieron a Castellón. También supongo que Joaquín no se acordará de mí, pero en su día le hizo ilusión.

Al tiempo comenzó la época Personal Computer y como Hermano es un friki se lo compró todo. Era un bakala-calorro-vámonosconelPontAeriprimo pero estaba a la última (y sigue estando a la última) en tecnología. Cerca de mi casa había una tienda de informática y ese lugar era su segunda casa. Tuvimos cámara, teléfono móvil y ordenador antes que nadie. Y yo adoraba la pantalla y la maquinaria, miraba a Hermano tirado en el suelo de su habitación, enredando dentro de la torre, colocando tarjetas gráficas y memorias RAM, y aquello me emocionaba más que un capítulo de Detective Conan. Así que mucho de lo que escribía -conservo un folio amarillento en el que impongo las bases de lo que sería una asociación de ex-drogadictos e inválidos, tenía once años- lo terminaba pasando al ordenador.

Después de los once años vienen los doce, y entonces sales del colegio y te metes en el instituto y no sabes muy bien qué cojones es lo que te rodea pero ya no ves críos a tu alrededor, y ¡tachán! todo son cambios. A mi las tetas no me crecieron pero gané dos palmos de altura en poco más de un curso, me cambié el pelo, me peleé con medio instituto, me expulsaban cada mes, me eché un novio cuatro años mayor que yo que tocaba la guitarra y filosofaba las 24 horas del día, me apunté a Inglés y a canto, Madre me apuntó a Estudio -que era pa estudiar pero yo me dedicaba a ligar, como todos- y al tiempo que esos cursos se colaban en mi vida, empecé a escribir a mano y en mis cuadernos. Los denominé “cuadernos de rayadas” porque me servían para eso. Lo mismo contaba mi día que dibujaba una montaña, lo mismo transcribía una canción que me daba por cagarme en todo.

Corresponden a 1º, 2º, 3º y 4º de la ESO, en orden.

Después de eso viene tiempo, compaginar metroflog, fotolog y blogger. Hasta ahora, que me he varado en wordpress, sin saber muy bien por qué. ¿Te has enterado, Gaël?

Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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4 respuestas a Y así empecé, Gaël.

  1. J. dijo:

    PASA UNA COSA. Los niveles de alérgenos han aumentado un CUARENTA POR CIENTO, pero un CUARENTA, flipas, colega. Eso por lo de la primavera.

    Y por el otro lado, en la calle de al lado de mi calle los vecinos cuelgan el TENDEDERO en la ventana. O sea, no la ropa colgada de cuerdas, no: el tendedero sujeto con bridas a las barandillas de los balconcitos, y los ropajes en los tendederos. ¿ME EXPLICO?

    • Mis vecinos del bloque de enfrente hacen lo mismo. Cada día veo bragas, calcetines de los de rayas en la parte del tobillo, con colores que no conjuntan. Es un show pero es su show, y me río porque mi madre reniega de los tendederos porque dice “A nadie le importa qué tipo de bragas uso”.

      Acuérdate de lo de hoy, loca de la vida, prometo cerveza y cigarros pero no prometo que no llueva.

      Jiji.

  2. Pecado dijo:

    Yo si y pienso que eres una maquina, que me meto en tu vida más que en la mía, que te cojo cariño a traves de una pantalla, o cariño o…no se en fin y creo que debería ser mas facil dejar comentarios y que y que y que….. No puedo dejarte nada irónico hoy.

    Salud eso. Ironico no, cierto.

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