De cuando llueve y me tiemblan las manos.

Viniste en noviembre, como todas las cosas que me gustan. Si el Montmartre rima con tu nombre, si las espaldas se me clavan, brindaremos por eso que nunca fuimos y siempre seremos; ambos.
Tu cara y mi cruz siguen girando. Como el mundo y los discos. Como mi cerebro cuando llueve.

Y si en el mundo hay algo que me llama la atención es tu voz de extranjero en la vida, tu des-compás dentro del tiempo, tus incertidumbres de principios. Siempre quiero más.

***

Si pudiese hacerte el amor ahora mismo no lo haría como siempre, porque no eres todos ellos, eres tú. Mi inconsciente me invita a conocerte al verte meciéndote a través de la cabina de teléfono, levantando la mano izquierda para después colgar a la que creo tu ex-novia. No la olvidas y es normal, porque olvidar implica perder una parte de tu pasado y tu pasado, aunque jodido, inhumano y angustioso, te ha convertido en lo que eres ahora. Y estás bien con lo que eres. Quizá no tengas el cuerpo más bonito del mundo, te acomplejen tu nariz o tu barriga, tu alopecia o tus ojeras, pero lo que no sabes es que a mí las faltas de estilo me atraen. Cuando camino por la calle y veo a esas parejas perfectas me entran nauseas. Prefiero un cerebro informado y consciente que una cara preciosa. Prefiero a un cojo de pierna que a un cojo de cultura. Y no me importará que no sepas bailar (bueno, es que yo tampoco sé), acentúes la palabra “ti” o confundas el “deber” con el “deber de”. Toda esa mierda pasa a un segundo plano cuando te quieren bien. Cuando te saben querer. Cuando te entienden. Y hasta ahora nadie me ha entendido. Si explico mi vida, si cuento y recuento mis encontronazos, mis noches turbias, mi terrible rechazo a la sociedad, mi nulidad frente al cálculo y las relaciones interpersonales, cuando muestro mi verdad desnuda, la reacción de los demás suele ser una carcajada o una frase que anuncia mi falta de cordura y mi extraña visión de la moralidad, mi compleja relación con la realidad.
Tras esto he de decir que la gente, en general, me defrauda. Quizá defraudar no sea la palabra, sería mejor utilizar que realmente no les entiendo. No entiendo su entorno pero, por supuesto, lo respeto. No soy nadie para juzgar lo que está bien o mal hecho, además mi visión del mundo cada día se torna peor. La calle es un agujero negro, el asfalto huele fuerte y a mí me da por observarte, desde un banco de cualquier calle del centro, hablando dentro de una cabina de teléfono. Podrías ser el hombre de mi vida, podrías salir de esa cabina y arrinconarme en una esquina, devolverme los fracasos que me vencen, que se han convertido en una asfixiante rutina. Podrías hacerlo y al salir, a paso lento y cabizbajo, continuas tu circuito recordando, supongo, que tu ex fue una hija de puta pero aún la quieres. Que era la más guapa y también era brillante, que follaba siempre con ganas, que sabía acariciar y mentir. Pero se fue, como se despiden las primaveras y los otoños, los veranos recostado en el parque de Berlín, fumando hierba y pensando que nada de lo que te rodea te pertenece. Y observo cómo te aproximas hacia mí, sin apenas levantar la vista de tus zapatos, con el pelo mojado y las zapatillas rotas. Cuando pasas a mi lado me miras y no sé si sentir que el tiempo se congela o darle una patada a mi vergüenza, que siempre toca mucho los cojones. Mientras hago estadísticas y reviso porcentajes dentro de mi cerebro (¿qué resultaría más-mejor?) te miro con la boca abierta, sin saber cómo reaccionar, otra vez. Y torpe y niña, y cobarde y enfrascada, me cago en todo mientras te alejas despacito, arrastrando unas converse desgastadas y desatadas.

Y hoy es domingo y no tengo resaca. Si pudiese te llamaría, te preguntaría cómo estás tras el huracán del sábado por la tarde. Que sí, malditas las mujeres y maldito este lugar. Te llamaría por un nombre inventado, contaría que estamos igual y que en el fondo, nada está tan mal. Cuando se trata de los demás me saco las ganas de donde sea, cuando se trata de mi propia felicidad tardo muchísimo más en reaccionar. Y si se trata de ti, de tus ojos tristes dentro de esa maldita cafetería en la que entraste sin ganas, de la catarata que cubre el cristal que nos separa, soy capaz de poner en juego mi vida sólo porque tú sonrías, para que le eches valor o cojones al tramo de vida que te queda. Que con o sin ella sobrevivirás.

Y de conocerte, de hablarte, de entenderte, de recorrerte palmo a palmo, me convertiría en otra cosa, tu amante, tu futura ex-mujer, tu chica puente. Y a mí me daría igual que me escupieras, que me negaras tres veces, porque durante nuestra relación me habría olvidado un poquito más de Él, habría pasado tiempo y volvería noviembre, como hace siempre.

Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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10 respuestas a De cuando llueve y me tiemblan las manos.

  1. Yo nací en noviembre. Un dos. Con luna llena.

  2. dijo:

    “O único mistério é haver quem pense no mistério”

  3. Mar ácido. dijo:

    A mí me tiemblan las manos, y no sólo cuando llueve.

  4. acero dijo:

    También nací en junio. También para mí noviembre es todo.
    Qué cosas.

  5. Mario dijo:

    Madre mía, no sé qué ha pasado, o qué coño ha pasado, o qué leches están pasando, o qué hago hoy aquí, al borde de un concierto sin abismo y leyendo reciprocidades capituladas como puños. O algo así.

    He leído, hmmmm, unos siete textos seguidos que, traducidos en café, son tres tazas, y transformados en canciones, son cinco canciones. La última, puedo prometer y prometo, ha aterrizado en mis oídos al tiempo que lo hacía tu texto puente en mis ojos-sentidos-etecés. Vamos que mientras leía esta última entrada escuchaba “un amor sin estrenar” de Luis Ramiro. Madre, qué CAUSAlidad… pordiós.

    No pensaba dejarte ningún comentario. Sólo quería letras para mi café, y emociones sincopadas para mis sentimientos a flor de carne para este sábado que empieza a ser.
    Pero ya ves, ha sido llegar a este texto, y ha sido la coincidencia de tu texto y la canción de Ramiro, y me he puesto a comentarte.

    Qué ganitas de escribir me han entrado…

    Te dejo un abrazo, y un montón de felicitaciones. Genial tu escritura. Genial.

    Mario

    • Jajaja, qué fuerte! mola! Luis está para que pasen ese tipo de cosas…

      Me alegro de que sigas pasándote por aquí y leyendo. Guíñale un ojo a Pons de mi parte, ojalá pudiese hacerlo yo.

      Un besote, Mario, qué alegría me dassss jajaja

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