El imperio del humo.

No es olvidarte, es pensar menos en ti.
No es dejarte pasar, es aprender a sonreír cuando suena el teléfono y no eres tú.
No es desprecio, es imposible atacar algo que nunca tuvo lugar.
No es ni tan siquiera indiferencia, es que tras encajar mil golpes cada vez dueles menos.

Cuando hundas la cabeza entre las piernas de otra recuérdame sentada, de rodillas, o mirando callada uno de los muchos cafés. Llórame con la lengua, aprieta la cabeza contra ella, pellízcale los muslos con fuerza. Haz que sienta que es la única y ese su último día en la tierra.

Nunca te pedí nada y ahora te pido, por favor, que todas las que van detrás de mí sean de verdad tus musas. Que reciban el calor que nunca me diste, que disfruten de tu entero, que conozcan la otra mitad de tu mundo. Que no necesiten que les digas piropos, que lo noten en tus gestos y tu mirada, como alguna vez hice yo. Que al recostarse sobre tu pecho en mitad del invierno sean niñas pequeñas otra vez y que cuando te la chupen se sientan las mujeres con más poder del mundo.

Nadie se merece el calor de la metralla dentro del pecho, ni despertarse en el salón siendo el despojo de lo que meses atrás fueron. Ni echarse a la calle para dejarse encontrar, ni taparse con la sábana hasta la cabeza para rememorar tu imagen.

Es el dolor, ese dolor, no se lo deseo a nadie.

Y esto, escrito por mí anoche, hoy se incluye en el círculo de mi desesperación. Doblegada a la luz del despertador y la carcoma de los días, me he acostumbrado a vivir sola a pesar de estar rodeada de gente. Canto a pesar de que mi voz haya perdido calidad, intento enlazarte entre estas palabras para que entiendas que si fuese por mí no volvería a escribirte, pero siempre es nunca más. Cuando me quiero dar cuenta ya le he dado a publicar. Intento decirte que lo nuestro se ha resuelto sobre una plataforma móvil y de humo, dentro de un castillo de arena que, en el aire, se desvanece cada día más deprisa. Quedan fosa y muralla, lo demás está flotando alrededor de toda la ciudad.
Sonrío cada vez que hablas del tiempo que nos queda, de nuestra capacidad de rellenarlo. Cuando golpeas mi cabeza saludando, cuando procuras que me duela menos haciendo breves apariciones, pequeños intercambios de palabras. No te imaginas la de veces que tras esa mierda sangro. No vale, no me vales. No basta con eso. No basta con nada ya, aunque te empeñes en decir lo contrario.
Aunque volvieras corriendo a mis brazos, que sé que no lo harías, procuraría levantarte sonriendo pero diciéndote que no. Y llamándote por tus nueve letras de repente me haría más vieja, pero dejaría de ser una cobarde escondida tras una pantalla y una sonrisa que simula saber decir que no, estar siempre bien.

J. ahora diría “COJONES, ¡es bien!”

Actualización: No, J. no diría “cojones”,
diría “tía” en mayúsculas y negrita. El “es bien” se queda como estaba.

Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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8 respuestas a El imperio del humo.

  1. J. dijo:

    ME CAGO EN LA PUTA. ¿Desde cuándo, CUÁNDO, a ver, CUÁNDO digo yo COJONES???

    Ayyyy.

    Tsk.

    Es bien. En rumano paladín xD

  2. Gerardo dijo:

    A ese “es bien” le falta alguna h intercalada. Ah, y que no te preocupe tanto el darle a “publicar”: si no lo hicieras, no podría leerte.

    PD: Cojones es una tema mío/nuestro xDD

  3. Hes bien. Ehs bien. Esh Bien. ¿Bhien?

    Yo le doy a publicar y luego lo que salga. Me encanta decir “cojones”, es tan musical…

  4. Jugador dijo:

    Sobre el imperio del humo, poco puedo decir: no fumo. Pero la foto ésa del tipo con una cámara de fotos en su púbis, digamos, está bien. Aunque estaría mejor la cámara de fotos más abajo, porque tenemos eso ahí, una maldita cámara de fotos y nada más, que sólo quiere captar imagen, LA imagen.

    Yo dixit, y punto.

    Saludos, srita.

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