Gaël, el orden y el desorden.

Ya Gaël, pero al margen de esta pataleta vital no puedo evitar reírme. No reírme con todos los dientes como cuando Esther repite una broma, una historia graciosa a la que recurrimos cuando nos miramos y necesitamos decir algo y no sabemos con qué llenar el silencio. No reírme como cuando Papá aparece por la puerta y suelta alguna frase, de esas que no vienen nunca al caso y me devuelven la fe en la tierra y la familia.

Esta vez me río frente a la extrañeza que me procura el orden. No entiendo el orden. Lo respeto pero mi cabeza no me permite englobarlo, me es más fácil, supongo, encaramarme a lo no-dicho, a lo que se encuentra detrás y del otro lado. La preferencia del eco frente a la voz recorriendo pulmones, garganta y lengua.

El orden, la disposición bella de las cosas. Para cualquiera le es fácil encontrarse delante de un puzle ya construido y decir: “es bonito”, aunque el puzle sea la unión de piezas que forman un dibujo hortera y mal conjuntado. Prefiero observar todas esas piezas desperdigadas, sobre la mesa o dentro de su caja. Hacer lo que se quiera con ese enjambre de cartones malditos, aunque nada encaje (desde el punto de vista del observador-ordenado), aunque parezca una burla, una desfachatez.

Me gusta llegar a mi habitación y ver el suelo tapado de mantas y bolsos, libros. El olor a tabaco y refresco, abrir la ventana, subir la persiana, que la luz cambie y comprobar mi desorden con gracia. Colocar, poco a poco, los libros en su balda, la ropa en sus cajones, los bolsos y bufandas en su percha. Como quiero, cuando quiera. Caminar arrastrando los pies escuchando cláxones y cuerdas vocales.

Y así me pasa igual con lo demás, confío en la evolución, en cambiar lo ya establecido. Para unos serán los lienzos y el óleo, para otros el yeso o el bronce, algunos delante de la partitura, otros muchos con el lápiz. Pero siempre con la idea en la cabeza, la tentativa de cambio y el miedo, por lo tanto, a que el cambio y el desorden no sean entendidos por esa muralla que convierte las palabras en páginas y tinta y los bocetos en marco y sala de exposición.

Quizá es una utopía, una revolución sólo posible en mi cabeza, un giro imposible en una sociedad estancada y quieta. Pero la necesidad está latente en cada esquina, se puede comprobar al encender la televisión y cruzar el umbral del bar más andrajoso del barrio. La necesidad de cambio está detrás de las palabras mudas, del tropel de gente que acude al psiquiatra y considera urgencia un horrible retortijón en la barriga. Envejecidos, aburridos, todos los que consideran el orden como necesidad se mueren por dentro, porque no confío en la existencia de un solo orden. Hay más detrás, hay otros ojos y otras vidas que miran por la mirilla y debajo de la puerta.

Y todo lo demás sigue esperando a que pase algo. Lo que sea, pero que venga rápido.

Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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3 respuestas a Gaël, el orden y el desorden.

  1. Marinus dijo:

    Mi madre ayer me dijo: “eso es una cosa que debes mejorar, aprender a ser ordenada”.
    Yo rebatí su sentencia diciendo que me gustaba tal y como era, hay cosas de mí que no me gustan, pero ser des-ordenada no es una de ellas. Joder, soy caos, punto. El universo tiende al desorden, o eso dicen.

  2. elHedonista dijo:

    El otro día me tomé un café con su hijo, con el Nuevo Orden Mundial. Tiene grandes ideas, ¿sabes? Está todo estudiado, me dijo; blancos, amarillos, cartones y condones… decía entre lineas, del resto no me enteré mucho. Pero descuida, que cuando quede con él otra vez, te aviso para que te vengas y así veros discutir.

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