A mí también se me aceleraba el corazón cuando empezaba Detective Conan.

“Me va a estallar el selebro”

Es la oración más oída de mi boca a lo largo de toda la semana. Esa y “¡anda mira! ¡un grupo de gamusinos cantando folk bajo mi ventana! Creo que dejaré de estudiar y me dedicaré a contemplarles”.

Que esté escribiendo ahora significa que después de engullir mucha información me entran ganas de escribir. Me pasa siempre. A veces tengo que dejar un libro de lado porque me entra el ataque.

Hoy es mi cumpleaños y no sé exactamente cómo tomármelo. No es ningún mérito, dijo Groucho. No sé si en mi caso es un mérito pero tampoco le doy demasiadas vueltas. Lo que sé es que me hago mayor. Cada día más y eso no puede ser bueno. ¡Por Dios! ¡ Pero si hace nada que estaba montando en bicicleta camino de la playa! Y además cada día me parezco más a mi madre. Mi madre es como un agujero negro, da igual que no quieras hacer lo que dice o intentes alejarte del hecho de parecerte a ella porque al girar la cabeza ¡CHAN! mi madre con su camiseta de I Love D&G.

El otro día, no sé cuál, pero uno de esta semana, intenté describir cómo era en mi infancia. Después de sacar mil fotos de cajones olvidados, textos perdidos, dibujos amorfos y un largo etcétera de mierdas, descubrí cosas que ni siquiera yo conocía. Sobre todo después de hablar con Lobo me di cuenta de que mi yo infantil no dista prácticamente nada de lo que soy ahora. ¿Era una señora gorda en el cuerpo de una niña? ¿Es posible que no me haya cambiado la letra absolutamente nada?  ¿Qué me daban de comer que en esa foto parezco Falete? ¿Quién es ese tío y por qué le estoy dando un beso? ¿De dónde sacaba mi madre los chándales de terciopelo verde fosforito?

Así que copio y pego lo que escribí undíaquenoeseste, lo amplio un poco y me voy a seguir estudiando:

            De niña no me gustaban los libros. Ni los niños, ni los amigos de mis padres ni la gente que sonreía demasiado. Dedicaba mi tiempo a contar las baldosas del suelo de la cocina o a buscar escondites en los que poder meter la cabeza entre las rodillas sin que nadie me preguntase por qué.

De niña siempre creía haber encontrado la canción perfecta, todos los días, una y otra vez. Escuchaba la radio y bebía más coca-cola que agua. Recuerdo dormir poco y mal, estar siempre corriendo e inventar juegos tontos para que jugasen los demás.

Me gustaba hacerme una coleta alta y andar por la calle dando brincos. Hablaba más con los mayores que con los de mi clase pero no se puede decir que fuese alguien antisocial. Me daba miedo casi cualquier actividad física pero adoraba escalar vallas o columpiarme. Tenía muchos novios, hubo una época en la que tuve dos a la vez.  El día en que un chico me dio calabazas lo pasé muy mal. No me gustaban las injusticias así que si veía a alguien llorando sólo en mitad del recreo me encargaba de ordenar las cosas. Nunca he entendido por qué.

Mi madre me vestía de punta en blanco y yo me encargaba de olvidarme la chaqueta o el abrigo en cualquier parte. Mis barbies siempre estaban follando y los ojos de mis peluches solían darme pánico. Cuando mis padres estaban con amigos me gustaba quedarme a escuchar lo que decían.

Ponía villancicos en verano y escuchaba el Like a Virgin en un cassete de colores. De toda la discoteca de mis padres sólo soportaba a Toquinho y Vinicious. Para mí cualquier situación era rara y desconfiaba de todo el mundo menos de mi hermano.

No conservo ningún recuerdo preciso de mi infancia, exceptuando dos momentos en los que verdaderamente me sentí feliz. El primero fue una mañana de verano en la que mis padres decidieron llevarme al zoo. El segundo fue en Galicia con mi hermano, cuando me enseñó a lanzar la pelota.

En el colegio siempre estaba a un paso de suspender matemáticas. Ni siquiera hacía los deberes. Escondía las hojas de ejercicios entre los libros de la estantería del salón hasta que me pillaban. Todo eso de Dios, Jesús y los apóstoles me parecía poco creíble y aun pudiendo ir a Estudio en vez de a Religión prefería quedarme con el tipo de la cruz. Sólo porque la profesora me caía bien. Y se llamaba Pepita, siempre me hizo gracia.
Rara vez me hacían la merienda y si comía algo eran bollos de leche empaquetados. Me ponía roja por cualquier tontería pero pocas cosas me daban vergüenza. Casi todos los hombres de mi alrededor me gustaban y en alguna ocasión me declaré. Sólo conservo a una amiga de entonces, las demás me borraron de su vida hace años.

Siempre me quedé a comer en el colegio. Incluso el primer año de instituto me quedaba a comer ya que el horario de mis padres era imposible de compaginar con el mío. Comía de todo y bien, a veces intentaba repetir. Recuerdo los primeros años de instituto como una sucesión de cambios, de momentos que se me escapaban de las manos. Sólo me peleé dos veces en serio, en una de ellas un chaval estuvo una semana con media cara morada. En la otra un grupo de niñas mayores que yo y terriblemente pijas intentaron buscarme las cosquillas tirándome migas de pan en la hora de comer. Yo les tiré la barra entera. Después de eso Hermano me enseñó algo de defensa personal y más tarde pegué el estirón,  me hice metalera y como me pasaba la mitad del día en mi nube dejé de tener problemas con mis contemporáneos para pasar a los problemas con los de arriba. Me expulsaron dos veces del instituto, ni siquiera recuerdo qué pasó.
Fines de semana enteros mirando al techo. Mis padres corriendo de un lado para otro preguntándose qué habían hecho mal. Ocho profesores particulares diferentes, junio, septiembre, hachís y cerveza. Y otro año más igual. Y otro y otro. Hasta que logré estabilizarme mental y socialmente, o al menos lo intenté. Creo que parte de mi estabilidad se debió a empezar a leer a Juan José Millás

Conciertos, fotos polaroid, museos, tabaco, analgésicos, más cerveza. El aire entrando por la ventana en habitaciones saturadas de vino y Nacho Vegas. Los domingos colándose por la alcantarilla. Dormirse llorando, despertarse llorando. Sentirse Major Tom con los dos pies en la tierra. Hacer migas con vagabundos, falangistas, modernos, periodistas, políticos y cantautores. Odiar la escritura para empezar a escribir. Odiarme para empezar a sentirme. Dejar pasar los años para encontrarme aquí, escribiendo en un blog, un cumpleaños más, otra vez.

Un bicho bizco en Vallekas.

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Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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6 respuestas a A mí también se me aceleraba el corazón cuando empezaba Detective Conan.

  1. Lobo dijo:

    Recuerdo tu chandal, tu coleta alta, tu bandeja sin comida, tus carreras como líder… Sigue otros tantos años más obsequiándonos con esas tres carcajadas que sueltas con cualquiera de mis chorradas… un besito y felicidades de nuevo

    http://lalicuadoraneuronal.wordpress.com/

  2. Mario dijo:

    Joder, me ha encantado este espejo a modo de entrada-texto-relato-confesión, o viceversa en plan mayúsculo…
    En fin, es un placer escrito, o lo eres, para este viernes que a día de hoy y hora de ahora, no sabe a mucho…

    Y tras leerte, necesito escribir, aunque no me crea…

    Un abrazo…

    Mario

  3. Marinus dijo:

    Cógeme el móvil o te perderás mi maravillosa felicitación personalizada con retraso.
    grrrrgrrrrrgrrrrr

  4. M dijo:

    Cualquiera no diría que te gusta Carmen Kurtz… ejem… Por tu culpa, creo que por tu culpa, reabro este diario de cafés, o algo así…

    Un saludo

    Y felicidades por ser tan buena con las palabras…

  5. Mig dijo:

    De entre todas las palabras que el castellano contiene, de entre todas ellas, podría escoger las más bonitas para describirte. Y sería un texto precioso con bello fondo y bella forma. Tú consigues que leer un infierno, una vida de incomprensión (tuya y ajena), sea un placer. Midas de la palabra, aire fresco en las alcantarillas, sueño de un poeta arrepentido, cárcel de la inocencia; mi prisionera, mi amiga, mi esposa.

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