Baldosa, mazo, escopeta, sangre.

El juez, con los codos apoyados en la mesa y la mirada fija sobre el acusado, preguntó: “¿Por qué mató?”. La frase traspasó la cabeza del tipo que, esposado, repasaba las juntas del suelo.
“Quizá por el sabor metálico de la sangre, por conocer a qué sabe un cigarro en el umbral de la muerte, por oler lo pesado de la vida, por tener una razón fundamental para mi insomnio. Quizá porque sea lo único importante que he hecho; robar vida, matar. ¿Qué más da? Todos morimos antes o después, señor juez, y antes de que la vida me asesine, prefiero asesinar yo.”
El juez se quitó un zapato con la puntera del pie derecho, quizá así quitaría hierro a la situación. No era la primera vez, por supuesto, pero sabía que por desgracia aquella no sería la última.
“Está bien, caballero, pero ¿no cree que su vida sería diferente en el caso de no haber asesinado de esa forma?”
“Seguramente, señor juez, pero ha de entender que la vida nunca me permitió hacer lo que quería. De niño soñaba con limpiar cristales ¿sabe?, la altura, el arnés… Me encantaba la idea de quedarme suspendido en lo alto de un rascacielos, en mitad de la ciudad. Más tarde, asomado a la ventana de mi abuela, me enteré de que tenía un vértigo terrible. El mismo sueño truncado fue cuando, a los años, quise ser piloto y no pude por mi diabetes. Y sólo me enamoré una vez, y esa mujer murió dos años después de conocerme. Dígame usted por qué debía luchar, para qué dar dos pasos más si después hay una zancadilla o una palmada en la espalda que te tira al suelo. No me interesa, no lo quiero para mí. Ni eso ni asumir la fuerza de la gravedad, caminar lento y mal, envejecer con impotencia, masturbarme en la oscuridad de la habitación y la vida. ”
Miró el juez las baldosas, el techo, las patas de la silla en la que se encontraba el acusado. “Entonces sabrá que su pena se extiende eternamente en el tiempo. Que la bala que traspasa la parte baja de su barbilla y abre otro orificio tras su bulbo raquídeo se quedará ahí, para siempre. No está en nuestra mano sanar o embellecer ni lo físico ni lo psíquico. En cuanto a la sentencia, en fin, si ha leído los periódicos es siempre la misma. Culpable de vivir, culpable de culpabilidad(*). Le esperan muchas horas en el limbo, espero sepa aprovecharlas. Siento, si he de ser sincero, que nuestra única ocupación sea la de trámite, la de firmar un papel en el que se dicte una condena, a veces me gustaría empujar a personas como usted, cambiar algo de su vida que les haga comprender que verdaderamente merece la pena seguir caminando. Pero no puedo hacer nada, estoy a caballo entre vida y muerte. Firme este informe y sepa que al salir por la puerta del fondo todo cambiará. No sé qué hay detrás pero lo más probable es que su consciencia permanezca flotando por toda la ciudad. ¿Necesita algo antes de marchar?”
“Si no es mucho pedir, querría un paquete de tabaco, que aunque no sé si podré utilizarlo me vendría bien tenerlo por si acaso. Y una foto con mi chica, dándonos un beso en el parque del Retiro. Mi sombrero también lo quiero. Y me gustaría agradecerle sus palabras, no es usted un mal hombre. Al menos es mejor que los que conocí en vida.”

(*) Fresas salvajes, Ingmar Bergman.

Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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3 respuestas a Baldosa, mazo, escopeta, sangre.

  1. Mario dijo:

    Así, como el que no quiere la cosa, con mi mano derecha sobre “factotum” de Bukowski, y diciendo aquello de “juro decir la verdad, toda la verda y nada más que la verdad” he confesado al último sueño que este relato-texto-entrada, porción de literatura, es genial. Y de ley es reconocerlo, y reconocer tus méritos, o algo así…

    Un abrazo, culpable…

    Mario

  2. Es usted alguien muy agradable…

    AHAA! Te he tratado de usted!!

    Tú sí que molas, peque

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