“Time is running out”

“Esto lo estoy tocando mañana”
Julio Cortázar, El perseguidor.

Ahora mismo podría romper el cerrojo de la puerta, salir corriendo y buscarle. Abrir bien los orificios de la nariz al llegar a la acera, dejarme caer calle abajo con la cabeza más adelantada que el cuerpo, husmeando. Los ojos bien abiertos, las manos relajadas dejándose llevar por la inercia de mis pasos. Encontraría su pelo entre todos los demás, mi mirada de Mujer Que Busca se reflejaría en todos los pares de ojos que pueblan el vagón, la avenida, el café. Compraría una botella de agua en un kiosko verde del casco viejo, daría las gracias al vendedor y a grandes tragos pasaría los centilitros por mi garganta, sin dejar de mirar la calle, esperando encontrarle o que me encuentre, que crea casualidad lo que es en realidad una búsqueda forzada, una necesidad imperiosa.

La botella dentro del bolso, apretujada contra tres libros, el tabaco, una rana de peluche, colonia, un pañuelo. Las manos sobre mis muslos, mi culo sobre el banco de la parada de autobús. Dejaría de ver los coches para mirarlos a conciencia, leyendo sus matrículas, intentando reconocer al conductor y demás ocupantes. Creería ver su coche dos, tres veces, ochenta. Nunca sería el suyo pero cada vez que viese un modelo parecido o un color igual el corazón iría elevando su frecuencia de latido a medida que el susodicho coche se fuese acercando, para que cuando quede a mi altura el corazón dé un vuelco y se detenga. Después, al verle alejarse, latiría con fuerza pero muy despacio, anunciando que no es él, que ya pasó, que estoy tarada si espero encontrarle aquí y ahora, a las cuatro de la tarde inmersa en un clima de calor-bofetada.

Al subir los peldaños que conducen al interior del autobús saludaría al conductor, que me miraría con ojos de prisa mientras busco incansablemente mi monedero, escondido entre la botella de agua, los tres libros, el tabaco, la rana de peluche, el frasco de colonia y mi pañuelo. Con un infantil y alegre gracias dejaría atrás el morro del vehículo para adentrarme en los asientos del final, pensando como siempre que el tapizado de estos autobuses podría ser renovado, porque huele a carrito de bebé con las ruedas rotas, a extranjeros durmientes contra ventanas que tiemblan, a bolsas de plástico llenas de alcohol barato y joven.
Con las piernas cruzadas y echando pequeños vistazos a mis compañeros de viaje volvería a sacar la botella de agua, litros abajo hasta mi estómago, atragantándome cada vez que le recuerdo, reconociendo su silueta asomándose tras las barras del autobús, elevándose detrás de mí junto al humo del tubo de escape.
Llegaría a mi parada con ganas de encenderme un cigarro y esperarle apoyada contra la pared de la estación, esa que es de granito y hierve. Pero todos los que llegan a la estación no son él, siento que me vuelvo loca, me suelto y recojo el pelo continuamente, aspiro con rabia el cigarro sin dejar de mirar hacia la calle, le busco con la esperanza colándose bajo mi vestido, enredándose en los cordones de mis zapatos, como una gran tropa de militares que desfilan por dentro de mis venas y se unen a la sangre.

Bajo la cabeza y con gestos torpes apago el cigarro que ahora está en el suelo y se consume muy despacio, apoyo el talón de la bota sobre él y giro el tobillo, izquierda derecha, izquierda derecha. Levanto de nuevo la cabeza y me dirijo al amasijo de hierros que conforman la estación, vuelvo a sentirme pequeña, las manos en los bolsillos, la vista fija en el horizonte. Escaleras mecánicas, una señora con sandalias y calcetines, el ruido de los tornos que separan las inmediaciones del metro con la Estación En General. Cruzo la frontera a paso rápido, bajo más escaleras mecánicas y espero el metro tarareando una canción, esperando que él se me cruce y al reconocerla me mire fijamente o me tire de la mano, para llevarme corriendo a cualquier parte.

El coche llega, la gente entra y yo voy detrás, como unida a esa cadena invisible en la que se convierten. Soy el último eslabón. Cierro los ojos por primera vez en toda la tarde y siento cómo dejo atrás el túnel, me dejo mecer cada vez que el metro se detiene en una estación, levanto la barbilla y el pelo me roza los hombros, la mitad de la espalda. Sin quererlo llego a mi destino y con el corazón en la garganta me empujo hasta la calle. Escaparates, ángeles que observan la ciudad desde lo alto de los edificios, gatos que vigilan las aceras situándose sobre muros y parterres. Le busco incansablemente. Espero encontrarle, seguro que lo haré, tiene que estar aquí, en algún lugar.
Corro hacia el café, recuerdo que puede estar allí, que lo raro sería que no estuviese. Es terrible buscar sin saber dónde. Llego a la terraza, con sus mesas plateadas bien dispuestas, me siento en la más alejada y con más sombra. El camarero, cómo estás, con calor, un café con hielo, gracias.
Como estoy trastornada y obsesionada saco a Quim Monzó del bolso, con cuidado de no apartar la vista de la calle. Gracias, ¿otro sobre de azúcar no tendrás?, gracias. Elevo los pies, estiro las piernas y las sitúo sobre la silla que tengo delante. Un cigarro, dos sobres, remover, expulso el humo lentamente.

Y allí está él, con arrugas y canas, las manos llenas de venas azules, nariz y orejas enormes. Le siento tan cerca que me recorre un escalofrío, tiemblo, trago con fuerza el café, dejo el libro sobre la mesa y aprieto bien fuerte los puños.
Te echaba de menos, digo. Yo a ti no, te acompaño siempre pero no te das cuenta, es como si te diese igual todo, es como si ya no sintieses nada exceptuando dos o tres cosas. Ya, -envejece un poquito más a cada minuto, me voy dando cuenta mientras habla y hablo- quizá es que no me interesaba. Te he sentido demasiado, hasta los huesos. Y ahora llevo un mes que no, por eso he salido a buscarte, porque no sé qué hacer sin ti, porque me asusta necesitarte. Pues aquí estoy, boba. ¿Creías que no sabía que me estabas buscando? Se te nota a la legua, con esa cara entre el susto y el interés, mirando a todas partes.

Y ahora qué, ¿te vas a quedar o sólo has venido para saludar? Porque estoy un poco cansada ya de no tenerte pululando entre mis cosas. Ayer en el tren me coloqué de espaldas, sabes que hay asientos enfrentados. Pues viajé de espaldas durante una hora y ¿sabes qué? las luces no iban hacia atrás, como siempre, sino hacia delante. Me asusté, porque eso de alguna forma me indicaba que ya no estabas, que tú que lo dejas todo atrás habías decidido echarlo todo hacia delante. Por eso hoy he salido a buscarte. Qué bien que estés aquí…
Estiró el brazo derecho y con los dedos anular, corazón e índice me acarició la mejilla y parte de la mandíbula. Entonces desapareció pero supe que no se había ido. Que aunque yo no le sintiese iba a estar siempre junto a mí, junto a todos. Porque es imposible que se vaya, porque mantiene su hegemonía, porque fluye y es estático, y nos atormenta, nos ata, empuja y vence, atrapa. Es el Tiempo.

Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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11 respuestas a “Time is running out”

  1. Marinus dijo:

    Joder qué intrigada me ha tenido lo que estabas buscando hasta el final de la historia jejeje.

  2. MV dijo:

    Me has sorprendido. Muy bien ;-)

  3. No pierdes la fuerza, M. Tienes ese punto que… ya sabes, bueno, qué te voy a decir. Le das mil vueltas a todo el mundo con el boli.

  4. Serna dijo:

    JO-DER…
    Es este… ESTE DEBE SER!!! El que me dijiste que aún faltaba retocar?
    La verdad, creo que después de ir viendo como has evolucionado desde que empezaste con el wordpress, cada vez me gustas más… Mi primer comentario hacia ti y creo que no ha habido mejor blog.
    Kaffloparte,ledamilvueltasatodosporqueeslamásresuhhdeinterné!

  5. Mario dijo:

    Los asientos enfrentados de los trenes, las cercanías que el tiempo muerde, los espacios que separan los entretantos del tiempo, los saludos joviales hacia el chófer de las líneas urbanas, las esperas cargadas de tiempo, la hemorragia de horas perdidas esperando en una sala de espera sin esperanza anclada en el andén de cualquier calle, los tonos azules de las venas, el café, lugar, el café, producto, la novela de Monzó, el peluche tuyo, el cigarro sin prender, la botella medio vacía, medio llena de horas vivas, el salir y correr para encontrar todo el tiempo del mundo y ponerlo a tu servicio, plasmarlo, dibujarlo, contarlo y descontarlo y, sobretodo, acertar al definirlo. Tiempo.

    Es un placer leerte, aunque tú no lo sepas…

  6. La Camarera dijo:

    No lo busques. El Tiempo no es compañero de viaje, sino el propio autobús. El responsable de que tu monedero, tu botella de agua escasa de centilitros, tus tres libros, el tabaco, tu rana de peluche, tu colonia y tu pañuelo puedan cambiar de posición dentro o fuera de tu bolso. El responsable de que todos y cada uno de tus post empiecen por no ser y acaben siendo. No lo busques, sólo carpe diem.

    • Bueno, es que de repente se había ido y me cagué de miedo. Pero resulta que no se había ido que la que está ida soy yo.

      Besos, Camarera, y medio millón de gracias por pasar.

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