The Loneliness of the Long Distance Runner

Si fuera tan buena y tan valiente como Saizprez escribiría una elegía irónica, mi epitafio o un caligrama, me situaría en otra esquina de la habitación y esperaría a ver los sucesos entrar por la puerta. Dejando que caminen o corran, pero que entren. Y no salir nunca más de esta realidad de parqué y pintura amarillenta. Recostarme contra mi sombra, apagar la luz para que me susurre que por fin somos una misma cosa. Abrir la puerta hasta que el picaporte choque contra la pared y ver a Madrid entrar a gatas en mi habitación.

Pero soy Alía Mateu y todo el movimiento está allí fuera. Soy la misma persona que hace un mes empujaba cuerdas, en contra de cualquier ley física.

Y escribiría, por ejemplo, “Entonces salió corriendo y todavía no ha parado de hacerlo”

Así que telefoneo a Gaël y no paro de hablar desde que salgo de Juan Puyol hasta que llego a Plaza de España. Vomito tantas palabras que se me ha secado la garganta, y me duele tanto como cuando no te beso.

Pero a mis personajes, por lo general, no les gusta correr. Huyen de su realidad con prisa, pero paran en los bares y los bancos. Porque buscan, porque todos estamos buscando, porque parece que no sabemos hacer otra puta cosa que no sea buscar.

Y él me tranquiliza porque tiene tanta paciencia conmigo que a veces me pone nerviosa. Y sabe tocarme con la voz aunque ahora mismo esté en Florencia y haya comprado dos discos de Eros Ramazzoti.

Creo que a mí, como a ellos, también me educaron
para que buscase insaciablemente. Lo que fuera, menos a mí.

Después estoy completamente sola dentro del vagón de metro y al levantar mi bota izquierda me encuentro con un agujero. Hasta mis botas somatizan, pienso.

Para encontrarme o al menos dar con un sucedáneo de mi persona me siento a escribir. Cuando doy por terminado lo que escribo me quedo mirando con cara de lerda cómo se consume el cigarro, para después calcular que si ahora mismo me pusiese mis botas, aunque agujereadas, y saliese corriendo a tu casa, tardaría cerca de cinco horas.

Subo al autobús y me entran ganas de follarme a todos los hombres que están sentados. Y a ese que se está sentando también. Incluso a ese que sube. Pero sucumbo a las leyes morales, la educación y esas gilipolleces occidentales, me pongo los auriculares y dejo que mi cerebro tiemble un rato contra la ventana. Fila izquierda, asientos 24-26.

Go out tonight with your headphones on, again,
and walk through the Manhattan valleys of the dead.

Todas las mujeres que me acompañan en esta vuelta a casa tienen cara de susurrar “gang-bang” cuando las cosas se ponen feas. Dicen: “Hacedme gritar con un gang-bang en el salón, quiero olvidarme de mi entierro”. Pero el gang-bang es otra forma de entierro, al menos desde fuera se ve como un asesinato a la dignidad. Ellas igualmente susurran gang-bang y ellos acceden, no sin antes pastilla azul y cigarrillos en la bandolera.

Didn’t want to be your ghost, didn’t want to be anyone’s ghost.

Llego a casa, me desvisto y me derrumbo en la cama. Voy desde los pies hasta la cabeza, notando como cada músculo se relaja. Todo se relaja. Todo se relaaaaaaaja.

Miro por la ventana con cara de saber que aunque dude voy a hacerlo. Y quiero hacerlo. Que os jodan a todos. Alargo el brazo y me pongo una chaqueta. Estiro la pierna derecha y arrastro mis botas hasta que quedan debajo de mí. Al atarme los cordones sonrío, me estiro y atravieso el umbral de la puerta de mi habitación. Si Mahoma no va a la montaña.
Si Madrid no entra a gatas.

Sueño con un bosque de hojas anaranjadas. Y un río. Me acuerdo de un relato de Cortázar en el que por alguna razón no sé si leo a Julio o a Poe. Una cabeza sobre el agua del río. Un cuerpo sobre el agua del río. Y va vestido. “Es más importante tener la vestimenta adecuada que la información adecuada”. ¿Quién dijo eso?

La autopista, las luces de la bendita autopista, mis botas hacen ruido y chocan, amortiguan el golpe. El amor amortigua, el amor-amor-tigua. La clave es que todo amortigüe los golpes. Y dejar de susurrar gang-bang. No más gang-bang.

Estás sentado en un muro de ladrillos rojos. Tus zapatos se confunden con el fondo. Llevas gafas de sol y estás haciendo una foto.

El corazón me late en la puta garganta y sólo llevo corriendo media hora. Tengo toda la sangre en las piernas y se me han dormido las manos. Luego los brazos.
Luego me duermo yo, pero no dejo de correr.

Comienzas a seguirme y yo me agacho, cojo una piedra y te la tiro. A mi derecha hay una avenida enorme y se está celebrando una especie de carnaval. Máscaras venecianas, carritos de helado. Huele a incienso.

Cuando me despierto estoy a una hora de tu casa, según mi gps cerebral. Me llevo las manos a la cabeza, suspiro, grito. Procuro no parar en seco para no darle más disgustos a mi corazón. No lleva bien que los lunes a las cuatro de la mañana me dé por correr. “Esta vez tengo una meta” le digo, y reanudo mi carrera.

Estoy a punto de dormirme, dentro del sueño. A mi derecha Santi Balmes se está haciendo un porro de hachís. Las sábanas tienen pulgas y me las imagino entrando por mis orejas, por mi boca, saltando de un lado para otro dentro de mis entrañas. Me preocupa mucho más que la puerta de la habitación esté abierta. Pienso en la puerta abierta hasta que me quedo dormida.

Me siento en el bordillo que hay delante de tu portal. Sale el sol. Sale mucho sol. Hijo de puta sol, supongo. Te quiero, susurro. Te quiero, voz. Te quiero, barítono. Te quiero, grito. Me quito las botas.

No sé dónde me he despertado pero no estás a mi lado, me da por toser. Toser dentro de un sueño no es muy normal, así que imagino que esto que veo es la realidad. Esa realidad. Esta puta realidad. Qué bien.

El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura. Si quiere puede dejar un mensaje, pero tenga la total seguridad de que nadie escucha a estas alturas el
puto
buzón
de
voz.

Me arrastro hasta el ordenador, “ahora estoy cansado y hasta tengo miedo de mi propia vida y sé que lo tendré…toda la puta vida”.

Me vuelvo a poner las botas. Me acaricio, me mimo. Al levantarme noto que me estoy mareando pero me da igual. Corro. Sigo corriendo.

Escribo: Entonces salió corriendo y todavía no ha parado de hacerlo.

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Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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13 respuestas a The Loneliness of the Long Distance Runner

  1. Serna dijo:

    “Las sábanas tienen pulgas y me las imagino entrando por mis orejas, por mi boca, saltando de un lado para otro dentro de mis entrañas.”
    Tú tan tuya como siempre.

    * Se te echaba de menos por estos lares…

  2. Mar Ácido dijo:

    Yo ni siquiera me atrevo a susurrarle que le quiero. Mientras tanto, que tus botas te lleven lejos. These boots are made for walking.

    • Alía Mateu dijo:

      Pues díselo con las letras cambiadas, no prometo su eficacia pero al menos te sientes menos pesada.

      teero qui.

      pd. and that’s just what they’ll do.

  3. Marinus dijo:

    Menos mal que has vuelto por estos lares!!!!!!!!!!
    búsqueda

  4. Rocket dijo:

    Mmmmmm. Hasta cierto punto me molesta que sea usted tan melancólica en casi todos sus relatos. No sé si está usted en guerra contra el mundo en general, contra algunos de sus habitantes en particular o solo contra usted misma.

    Y me molesta porque por alguna razón que desconozco me gustaría verla a usted sonreir, esbozar una de esas sonrisas que en realidad no lo son pero que dejan a las claras que quien la esboza domina la situación, tiene el control, ya no sufre.

    Me molesta porque cada vez que leo su blog me da cien patadas en la barriga que se nos fuera Janis Joplin y el cuerpo me pide encender un cigarro con el zippo cargado hasta los topes de gasolina, por si urge su uso para prenderle fuego al mundo.

    Si, maldita sea, me sigue gustando como escribe.

  5. Personita dijo:

    Me corro con tu léxico hilvanado con vivencias y sudor.
    ARG. PERRA.

  6. Siempre buscamos. Siempre buscamos qué ser o qué querer o a saber qué buscamos. Y corremos para encontrarlo.
    Gracias por lo de grande; normalmente no me gusta esa adjetivo. Cosas del autoconcepto y tal. Muy relacionadas también con lo de querer follarse a todos los hombres y tener cara que susurre gang-bang, o que los demás lo piensen, y que eso signifique indignidad. Todo está relacionad, ¿ves? Así no se puede dejar de correr.

    ¿tú conoces a esta chica
    http://lacafeteradeeinstein.blogspot.com/2011/09/por-que-pareces-tan-asustada.html ?

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