Anda…

Es más bien no querer volver a lo terrible. Cuando estás de pie junto a mí, entonces lo siento. Tienes el invierno dentro del cuerpo, llevas en noche ¿dos, tres, ciento cincuenta y cuatro años?

Siempre comienzo a hablar yo. Siempre empiezo a hacer preguntas. Me quejo, te distraigo, canto. Nos dejamos follar y luego viene la noche sobre tu noche perenne, y esa terrible superposición de lunas te rompe. La cáscara hace crack. Comienzas a hablar y hacer preguntas, tú. Pero en silencio. Porque ya no estamos de pie sino tumbados uno al lado del otro, sobre una misma cama. Al principio te das la vuelta y no me miras, yo hago que duermo y me mantengo en ese standby de oscuridad truncada por las farolas de la calle, y cuando crees que ya vivo en subconsciente, te giras e inspeccionas mi cuerpo. Levantas la sábana y me descubres, me invades sin invasión, suspiras y te huelo invierno y noche. Sé todo eso porque lo veo, pero siempre me pregunto qué se te pasará por la cabeza en esas noches de insomnio elegido. Y la frase que resume todas las hipótesis que barajo es: No volver a lo terrible.

Nadie quiere la repetición de una relación fallida. De las relaciones querríamos saber guardar los mejores momentos, entonces la unión sería un estado puro de felicidad. No hay peleas, ni desconocimientos en mitad de la cocina, ni invasiones de espacio. Todo sería una tarde de cerveza y futbolín, de película y sexo.
Pero no.
Y la rutina supera al hombre. Los momentos del día, escogidos en base a las circunstancias, rodean la relación como una tormenta de arena. Respirar se vuelve imposible y no hay droga que coloque lo que se desordena por la inercia de los días.

Continúas mirándome y yo respiro pausadamente, me tapo mejor con la sábana. Mi movimiento hace que tú te asustes y cierres de golpe los ojos, que te relajes de repente. Como un niño que es sorprendido despierto de madrugada. Suspiro y procurando forzar el momento sin que se note, sin que el momento sea forzado verdaderamente ya que no sabes que todavía estoy despierta, coloco la mano cerca de tu cuerpo, apenas rozándote. Los primeros segundos son de metal pero al rato estoy relajada, te huelo respirar y de pronto la cama es tan cómoda como la mía.

Y me reconozco sobre una cama ajena.
Y la cama me reconoce a mí.

Continúas observándome un rato hasta que caes rendido de sueño. Entonces yo abro el ojo derecho con cautela infantil, con movimiento antiguo y de un lado más de allá que de acá, y cuando compruebo que de verdad duermes abro los dos ojos y sonrío, porque sé de sobra que esta noche no es siempre y que eso que vivo no se repetirá hasta pasados unos meses. Cuando ya no haya peligro de caer en la rutina. Ni fallida, ni no fallida ni de tormenta de arena. Cuando sepas que nada puede estropearse, cuando yo tenga la seguridad de que no habrá forma de estropearlo. Entonces invierno y noche, entonces tardar dos o tres eternidades en besarse. Y continuar el ciclo.

Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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6 respuestas a Anda…

  1. Edmundo Negro dijo:

  2. MV dijo:

    “Y la cama me reconoce a mí”.

    Sólo pensaba … qué jodido es eso de querer a lo bestia sin feed-back.
    ¿Habrá una pócima para deshacer el amor?

  3. MRMIRACLE dijo:

    El amor es una estructura compleja y etérea que vamos construyendo muy despacio, sin apenas darnos cuenta. Los cimientos que sostienen la estructura, el principio de la edificación, es el sexo. Luego vienen los pilares que se van forjando con la pasión. Hay que follar mucho y bien, poniendo toda la carne en el asador, para que la base sea sólida y los pilares no se vengan abajo a la primera de cambio. Si la cosa marcha y se prolonga en el tiempo, llega el cariño, o lo que es lo mismo: los ladrillos con los que se levantan las paredes y los tabiques del amor. No nos podemos olvidar de las ventanas, para no perder la perspectiva y asomarnos al exterior y que, de vez en cuando, nos golpee en la cara el siempre agradable vientecillo de la libertad. Se recomienda, pues, que la estructura del amor no sea hermética, ya que corremos el riesgo de que se añeje rápidamente, deteriorándose y mutando en un sentimiento nauseabundo y rancio, que apesta a puchero, a naftalina y a orín. El respeto y la comprensión es el tejado, con el que se completa y finaliza la edificación.
    Lo malo es que “Nueve semanas y media” dura eso, nueve semanas y media y, más temprano que tarde, llegan los reproches (tú me prometiste, tú me aseguraste, tú me engañaste, si lo llego a saber…), que dibujan grietas en las paredes, como el trazo inseguro y tembloroso de un niño pequeño sobre una cuartilla. A los reproches les siguen las lágrimas teñidas de rímel, de la desilusión y el desamparo. Y las paredes se amarillean por efecto de la humedad, y el moho aparece y crece y se extiende cubriéndolo todo, como un interminable arabesco. En ese momento es cuando abres las ventanas de par en par, pero ya es tarde y no sirve de nada, porque la atmósfera de la estructura está demasiado viciada.
    Cuando todo eso sucede, tienes dos opciones: Abandonar la construcción, antes de que se venga abajo del todo, contigo dentro; o aguantar el chaparrón, apuntalarla lo mejor que puedas, sonreír y fingir que todo va bien.

    PD: Como siempre, un placer leerte, hija del maltrato.

    • Alía Mateu dijo:

      Alguien toca la guitarra en el bloque de enfrente, mis padres, mi hermano y su novia están de sobremesa anochecida en el comedor. Yo aquí, comiéndome las uñas, aburrida de leer el jodido Sí de las niñas.
      Y vienes tú y lo bordas en un puto comentario de wordpress.
      Estas cosas deberías escribirlas en serio, de nuevo me recuerdas a Millás (ya sabes, sus comparaciones de relación de pareja-habitaciones, esa maldita obsesión que tiene con la arquitectura del alma y….) y de nuevo me haces sonreír.
      Gensanta, qué cursi todo, pero qué real.
      Es usted un grande.

      Besos, el placer es mutuo.

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