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Crujidos 12-12-2012

Incongruente ministril:

Quedan diez minutos para que me ponga la parca y me eche a la calle. Aún así te escribo, en un acto de no menospreciarte, de respeto. Todo lo contrario a lo que tú hiciste conmigo.

Me convertiste en el ser que siempre odié. Con razón ahora puedo decir que yo también me he muerto en vida. Quizá creernos especiales, o disfrazar nuestras carencias con canciones que ninguno de los dos llegábamos a entender demasiado bien. A lo mejor el hecho de que nosotros no nos encontramos, directamente colisionamos en mitad del espacio tiempo. Un poco Major Tom, sí, pero más Calatrava en algunas ocasiones.
Me consideré incapaz de patear tu recuerdo. Simplemente lo dejé reposar, como un soldado que después de romperse una pierna prefiere quedarse en el hospital antes que echarse al campo de batalla.

Te sorprenderá saber que nadie habla de ti aquí. Qué mala suerte, Leoncio, después de todos los méritos que hiciste y con lo que a ti te gusta el parafraseo. Se te colgaron todas las medallas posibles y más de dos y de tres querrían tu cabeza en su estantería (junto a Céline, Nabokov y una botella de Oporto). Pero eso ya da igual, porque al final logré sobrevivir. Todavía no sé cómo, a lo mejor es ese ímpetu adolescente que tanto te gustaba y que al final aborreciste. O el tema de beber café.

“Debería darte las gracias” porque aunque siga siendo una gilipollas con pintas al final he aprendido algo de todo esto. He aprendido de un error que repetiría sin dudar. No me importaría volver a reventarme el pecho durante medio año si los meses anteriores los paso sometida a unas palabras. Le he cogido gusto a fracasar, a echar de menos, y eso es algo que tú me enseñaste. A base de hostias, esas que nunca me diste en la cama, esas que me doy yo sola porque me apasiona vivir como si mi vida fuese a acabar al segundo siguiente (cosa no tan rara, por cierto).

Es verdad lo que dices, hablaste demasiado para sólo echar un polvo. Hablaste tanto que incluso te envenenaste con tu propia mentira. La muerte del loro aplicada a un Pinocho moderno.

El tiempo que ha pasado (largo pero nunca suficiente) me permite algo de imparcialidad en este asunto. Te quejaste ininterrumpidamente de mi poca empatía, de mi absurda emoción, de mi terrible caudal vital. Está bien, pero de lo poco que puedo afirmar sobre este asunto es que fuiste tú quien se equivocó.

Mis mentiras, si las hubo, nacieron seguro de las promesas que hacías y deshacías, no del disfraz que dices que llevo y que por supuesto nunca existió. En cambio tus mentiras, que las hubo (sino de dónde toda esta maraña) nacen de ti mismo y para tu único regocijo (absurdo, por cierto, eso de engañar a quien no sabe), como siempre haciendo alarde de tu egoísmo y buscando bocas para alimentar tu Yo.

Tu condición de diablo prendió la mecha y mi condición de humana hizo el resto. Te equivocaste al pensar que yo era también diablo, como te equivocas ahora al escribir palabras como “rencor” o “rabia”. Estar de vuelta no te convierte en adivino, por muy viejo que seas.

Y es que debería matarte ahora mismo. Ya no sólo porque tú me mataste primero, más bien porque además de eso ahora emites comunicados en mi contra, menospreciándome como persona y disparando en todas direcciones por si alguna bala me traspasa el cerebro (sí, ese que dices que sólo emite mierda en forma de palabra). Todo porque buscas todavía bocas que citen tus encriptadas oraciones, que se desnuden ante ti, que sigan removiendo tus (ahora lo veo) estancadas aguas.

Pero no llegará la sangre al río porque ésta vez y por contradictorio que parezca no busco una venganza en el asunto. Ni me rebajo ni pretendo estar a una mayor altura. Me dejo estar, como he mencionado antes. Si tu recuerdo dejó de doler en su día, menos dolerá ahora. Además más bien provoca risa, pues estás tirando de una cuerda amarrada a nada.

Puedo afirmar que hubiera dado un brazo por ti, que no pocas veces me dejé la piel intentando ordenar todo el desastre. Que me peleé conmigo misma mirando a través de las cristaleras del viaducto, placando esa tendencia autolítica bebiéndome la ciudad a tragos largos, follando a lágrima tendida y gritando aunque tú ya no quisieras escuchar.

Aún así, previo a ese dolor hubo algo. Algo que a pesar de tener ahora un revestimiento de engaño en su día me hizo sonreír y aprender, a partes iguales. Por eso mismo soy incapaz de pagarte con una moneda ni tan siquiera parecida, porque quererte y odiarte son cosas que hice y que por supuesto no implican ni el más mínimo intento de amargarte la vida.

Fíjate, al final yo te escribo por educación y tú por necesidad.

Con toda la tranquilidad del mundo,

tus escrúpulos.

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Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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5 respuestas a ………

  1. Qué tristeza siente Pericles viendo su Atenas destruida y qué fácil le resulta echar la culpa a Esparta, esa guerrera blanca que encajó las acusaciones quemando el Pireo. Con dos μπάλες!!!

  2. Arenas dijo:

    El flan se ha vuelto tirano.

    Mmm Flan…

  3. Alía Mateu dijo:

    ¿Dónde te metes? Echo de menos al pato.

  4. Núria dijo:

    María, no hay Guillermos en el mundo que te merezcan.

    Vales mucho más.

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