Sexus, Plexus, Flexus.

En el principio la lámpara allá arriba, ejerciendo una luz extraña que no volví a encontrar más que allí, en tu techo.
La segunda vez que me topé con tu lámpara –no sé si julio o agosto, de veras me gustaría saberlo- pensé que quizá era ella quien me procuraba la sensación de guarida, de estar a salvo a pesar de que tanto fuera como dentro de mi cabeza se produjesen tempestades, inicios de guerra, toda una suerte de ataques y disparos que enfrentaban mundos opuestos.

La bombilla dando luz, envolviendo. Un poco como un abrazo que mezclado con esas otras cosas –siempre variables, como la bebida o lo que sonaba- hacían que pudiese cerrar los ojos sin pensar en monstruos o terremotos aproximándose.

Esa luz que creí irrepetible no tenía origen en una bombilla –claro que de esto me di cuenta más tarde, un sábado, esto lo sé, y era pronto todavía para encender las luces de la casa- sino que nacía de otra parte. Me jode un poco, no sé si por la cursilada de la afirmación o porque en estos tiempos que corren remontarse a figuras de allá suena a libro viejo, afirmar que era en ti donde la luz nacía y terminaba muriendo.
Así claro, comprensible que por más que buscara ninguna lámpara me hiciese sentir lo mismo. Y que yo llegase a casa como con un gesto cansado, confundida, como en un clima febril del que sólo conseguía salir pasados dos días –no sé por qué pero siempre fueron dos-.

Me pregunté en alguna ocasión si aquella lámpara terminaría fundiéndose, o si la sensación que me procurabas iría aminorándose con el tiempo. Así que me centré en pensar que esa luz sólo la percibía yo (“o quizá unos pocos” me dije, como intentando desviar mi ego al confundirme con otros) o que sólo se encendía en mi presencia, así que no corría peligro de joder la lámpara porque vernos era poco rato y nunca fue demasiado seguido.

Pasó el tiempo –es algo que siempre pasa- y te vi fuera. Fuera de tu casa, me refiero, con la lámpara de la confusión lejos. Yo ya sabía el tema de que eras tú quién daba luz, pero estabas frente a mí, apenas a centímetros, y entonces fue cuando asentí con la cabeza dentro de mi cerebro, cuando me cercioré de que obviamente eras tú la luz, ya no había puertas a la confusión ni paredes. Sobre el asfalto, con gabán y bufanda, trastocaste las farolas, los pilotos e incluso la luz de un flexo que salía de una ventana. Teñiste la calle, reinventaste la escala cromática. Un lío extraño que todavía me cuesta explicarme aun percibiéndolo de manera total.

Y yo que acabo de venir de comprar el pan y mi madre anda jodiendo desde algún lugar del piso, estoy confundida y dentro del clima febril del que hablaba, porque has prendido un interruptor, porque has zarandeado la opinión que tenía de recuerdo y la palabra iluminación te pertenece, igual que otras muchas palabras que no diré por no acojonarte -y por miedo a que la luz aminore, o ceda al pánico, o explote sin más-.

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Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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2 respuestas a Sexus, Plexus, Flexus.

  1. no, en serio dijo:

    La luz eres tú. Él solo soy un espejo.

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