Capítulo 5. Somos muchos, cuánto falta.

Nunca sé exactamente dónde poner las manos. Al abrir los ojos, todavía en la cama, ya estoy haciendo algo con ellas. En seguida van a parar bajo la almohada, pero al ser ésta fina, me clavo los dedos en la oreja y entonces las bajo o muevo hacia mis piernas. Sin querer me acaricio un brazo o la tripa y ya me he despertado bien –tiendo a actuar de manera inconsciente para, después de realizar cualquier acto, anotar en mi cerebro lo que acabo de hacer- así que mis manos van a parar hacia la mesilla, buscando una botella de agua con un tiempo aproximado de dos meses, a la cual cambio el agua todas las noches antes de dormir, exceptuando borracheras –no siempre de alcohol- que desembocan en olvido. O quizá no toquen nada –el aire, está bien, y sólo eso- hasta llegar a la cocina. La torpeza de mis manos procura los accidentes de siempre; aprieto con demasiada fuerza el brik de leche y empapo la mesa, calculo mal la inclinación de la cafetera y llueve café por la vitrocerámica-suelo-silla-mis pies.
En otras ocasiones, quizá las más frecuentes, mis manos tocan ropa, pomos de puertas y grifo, para después ser felices atravesando el vapor-aire que procura una ducha.

Todo esto se lo he contado a Gaël, que acaba de volver a Madrid entre asustado y contento. Ha recibido mis cartas, de lo cual me alegro bastante, ya que tiendo a creer muy poco en todo y dudaba de la efectividad de Correos. También dude de su efectividad dándome las direcciones de tantos sitios donde ha estado, pero esto no se lo digo porque ya tiene bastante con el tema de mis manos.

Gaël enumera todos los huesos que existen en una mano humana. No entiendo.
Gaël me habla de la articulación que conforman mano y brazo. Ya.

-A lo que me refiero es a que quizá un día mis manos no respondan a mis actos.
-Te refieres a que actúen por sí solas.
-Algo así.
-¿Por qué crees eso?
-Porque ya han dado muestras.

Entonces le explico que mis manos tienen un cerebro dentro que no se nota al tacto porque sus dimensiones no superan las de una bolita de anís, y que me niego a hacerme abrir la mano para observar ese cerebrito, por mucho que los científicos pudieran estar interesados. Yo sé de la existencia de los cerebritos, uno en cada mano, no tengo más que recordar, remontarme a situaciones concretas. Le cuento de mi infancia, de cuando sonaba música en el salón y yo marcaba el ritmo con las dos manos sin saber muy bien qué hacía. Le digo que en ese momento eran mis manos y sus cerebritos, no yo.

Dice que hay una zona en el cerebro encargada de cosas inconscientes.
Espera que entienda eso de cosas inconscientes.

Gaël comienza a hablar, a explicarme. Yo intento comprender algo de lo que dice pero el sol que ahora se cuela por la ventana –es curioso esto de los cambios de luz- me obliga a recordar, rememorar. Tú abrías la puerta de tu casa. Yo esperaba que la abrieras, llevaba toda la mañana imaginándome ese momento. Había bajado a la calle sin saber muy bien por qué. Creí, en el momento de pisar la acera, que mi objetivo de esa mañana era comprar algo barato y tonto. Tengo la manía de darme razones para salir a la calle, como si el mero hecho de salir no fuese ya una razón. Entonces me había acercado a la tienda de chinos que acababan de abrir en el barrio y compré una mierda de bebida energética, porque siempre compro eso cuando no sé qué comprar y tengo que ocuparme las manos, ocupar el cerebrito de las manos, darle trabajo un rato. Al salir de la tienda, ya con el monedero guardado y el cigarro encendido, caminé en dirección a tu casa. Bajé la avenida, cruce en la primera calle de la derecha, continué recto por el mercado, hablé con una señora que tenía el pelo largo y buscaba una tienda que todavía hoy desconozco, bajé las escaleras que dan al ayuntamiento, las subí, volví a bajarlas, me olvidé de dónde vivías por unos segundos y tuve miedo, después volví a tragar de la lata y encendí otro cigarro, silbé una canción que nunca me recordó a ti pero ahora sí, claro, y en todo ese trayecto, que entre tonterías y paso lento duró media hora, sólo te imaginaba abriendo la puerta con cara de sueño y sorpresa. Mi cerebro (el de la cabeza) sólo daba para eso, no quería imaginar el olor que salía de tu casa, ni tampoco quería suponer a alguien más detrás de tu puerta, ni si sonaba música. Tampoco entraba la posibilidad de que no estuvieras en casa, cosa no tan rara un sábado por la mañana.
A veces creo que los momentos más importantes de mi vida se distinguen por el número de vibraciones por minuto (v.p.m) que realizo. Cuanto mayor sea la vibración, mayor será mi nerviosismo y más acojonada me tendrá eso que va a suceder.
Al detenerme frente a tu portal creí que me desmayaba, o que nacía, o que un martillo hidráulico me golpeaba la cabeza. Conseguí llamar a tu timbre (realmente llamé a todos, en parte por mi temblor de manos, en parte porque no conozco la letra de tu piso) y sonó beeeerp, entré en un jardín, saludé a un niño pequeño que me recordó bastante a mí. Luego subí las escaleras, he de anotar que las escaleras que conducen a tu piso me son más familiares que las mías, y llamé a tu timbre.

Din don.

No abrías.

Din don.

Una voz balbuceó algo al otro lado y supe que eras tú.

Otra vez el martillo hidráulico.

No sucedió exactamente igual a la imagen que yo reproduje en mi cabeza durante toda esa mañana, pero abriste la puerta con las manos, tus manos, y llevabas una camiseta y calzoncillos, te acababas de levantar, tu gesto no era de sorpresa, sino más bien de espera terminada, de tranquilidad después de la tormenta. Parecías esperarme, sonreías y estabas muy guapo. Tan guapo que mis manos quisieron matarte, no sé si despiadada o dulcemente, pero se acercaron a tu cuello y por primera vez en la historia de mi vida, marcando un hito, mis manos supieron qué hacer.

Lo bueno de Gaël es que comprende mis miradas al infinito y no se enfada cuando intenta explicarme algo y yo decido no escuchar, irme tiempo atrás, iniciar y terminar un viaje. Ahora que salgo del trance, después de recordar el umbral de aquella puerta y su figura apoyada en el marco, Gaël me mira con cara de médico que entiende la enfermedad de su paciente y, sin hacer comentario alguno, señala mi mano derecha. Ésta, por su cuenta, había decidido meterse dentro de un zapato.

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Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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6 respuestas a Capítulo 5. Somos muchos, cuánto falta.

  1. dijo:

    Leo “Martillo Hidráulico” Y Sonrío Sintiéndome Referenciado. Que Sea Cierto O No Influye Cero En El Ángulo De Mi Sonrisa. Así Que No Me Desmientas; Prefiero La Ignorancia Esta Vez.

    • Alía Mateu dijo:

      “Por haber mentido mucho ganó un cielo
      mezquino, a rehacer todos los días.
      Por ser traidor hasta con la traición, lo amaban
      las gentes honorables.
      Exigía virtudes que no daba
      y sonreía para que olvidaran.
      No vivió. Lo vivían, un cuerpo despiadado
      [y una perra sedienta, Inteligencia.
      Por no creer más que en lo bello, fue
      basura entre basuras,
      pero miraba todavía el cielo.
      Está muerto, por suerte.
      Ya andará algún otro como él.”

      El poeta propone su epitafio.

  2. La Camarera dijo:

    Dr. Gaël!!! Ojito con la nena que está mu loca. Usted analice sus manos, sus pies o lo que le venga en gana (y ella le permita), pero ni se le ocurra “curarla” o ahí empezaría el verdadero problema.
    Citizen contra el redil!!

    Sita Mateu, ayer me topaba con Mia Wasikowska, una de mis actrices favoritas, y mi cabeza la asoció automáticamente contigo. Pero instantáneo, eh? Verla y pensar, me transmite lo mismo que Citizen!! Chica joven pero muy madura, rebelde y con un par de ovarios, inteligente y capaz de tener una conversación de las de chuparse los dedos o las de quitarse el sombrero, en función de lo políticamente correcto que tenga el momento. Y esto te lo tenía que decir. Claro.

  3. Pingback: Underground Girls. | كيف تجرؤ؟

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