We can be heroes.

El texto que viene a continuación lo escribí con 15 años. 
Le he pegado algunos retoques porque tanto entonces como ahora 
tengo serios problemas con la puntuación. Este texto en realidad 
tiene una continuación que supongo que publicaré en algún momento. 
El título viene impulsado por Bowie, claro. Joder con Bowie, ¿eh? 
qué cabrón.

Llevábamos cerca de tres horas andando y todavía no habíamos elegido dónde dormir. Yo encontré un clavo y un trozo de cartón y jugaba a hacerle agujeros. Ray no dejaba de mirar hacia arriba por si llovían ácidos del cielo.
Sabía que era un sueño porque Ray olía como yo. Todos sabemos que ningún héroe puede oler como tú salvo que se haga pasar por ti durante cierto tiempo, y los héroes no hacen eso. Hablo de héroes como Dylan o Bowie. Te hacen vibrar con sus obras y no te dejan tirado, ni te gritan, pero nunca se pondrían tu colonia ni tus botas. Ray se pasó a las letras y tiene algún libro cojonudo, de esos que te parten en dos. Estoy segura de que habría sido un buen músico, pero en fin. El caso es que íbamos andando y apareció Ginsberg. Iba fumándose un porro y andaba dando zancadas. Estaba a dos o tres metros de nosotros pero le reconocí, por eso de que en los sueños reconoces a todo el mundo. Luego se sentó en el suelo, apoyando su espalda contra la pared. Tras darle una larga calada al porro se puso a gritar: “I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked”. Ray y yo le miramos sin saber muy bien qué hacer, y no estoy segura de si Ray le escuchó o seguía con el rollo de los ácidos. Yo me acerqué a él y dije “I’m with you in Rockland in my dreams you walk dripping from a sea-journey on the highway across America in tears to the door of my cottage in the Western night”. Ni siquiera sé cómo recordé aquel pedacito de poema. Ginsberg me guiñó un ojo y siguió recitando su Aullido mientras Ray me tiraba del brazo para irnos. Entonces apareció un sombrero sobre mi cabeza y lo levanté para despedirme de Allen. Él me devolvió el saludo mientras Ray y yo nos alejábamos.
Al tiempo que buscábamos el sitio donde pasar la noche (o la mañana, a ese paso) nos cruzamos con un local de tatuajes. Ray lo miró con ojos brillantes y me dijo que me tenía que tatuar algo, lo que fuese, porque ese día estaba siendo bueno y eso era extraordinario. Yo le dije que ni hablar y mientras discutía con Ray mi negativa a dibujarme cosas en el cuerpo, salió de una tienda contigua a la de los tatuajes Jim Morrison. Lo de soñar con tanto muerto empezó a mosquearme, pero no le di importancia. Jim pasó a nuestro lado y nos saludó como si nos conociese de toda la vida. Ray seguía metiéndome en la cabeza que los tatuajes me quedarían bien y que además éste era su sueño.

-No es tu sueño, Ray, es el mío.
-¿Qué? No perdona, soy yo el que sueña con estos tipos.
-En cualquier caso ¿qué más da? Estamos tú y yo aquí, en el mundo onírico y está bien. Lo que no comprendo es qué hacemos aquí parados, estoy cansada.
-¿Cansada? Bueno, la verdad es que yo también, me duele el cuello de tanto mirar hacia arriba.
-Lo sabía, ya te dije que el rollo de los ácidos era una chorrada.
-Pero Lou Reed me dijo algo sobre una lluvia…-bajó la cabeza.
-Te estaba vacilando, seguro. ¿En qué momento te lo has encontrado? Yo no había llegado aún.
-Tú has llegado después de que yo saliera de la casa de Burroughs, he estado allí con Lou Reed y con Nico tomando algo.
-¿Qué tal es Burroughs?
-No estaba. –negó con la cabeza y levantó las cejas– Lou y Nico pasaban por allí y se colaron por la ventana. Él estaría fuera haciendo algo. No creo que le importe.
-O sea que soy yo la que se ha colado en tu sueño. No sé qué haces soñando conmigo.
-¿Y tú conmigo? ¿Eh, eh, eh?-se puso a mover las manos y a empujarme, bromeando.
-Pues creo recordar que me he dormido leyéndote.
-No jodas.
-Pues jodo, me he comprado uno de tus últimos libros y es una puta mierda.
-Es que eres pequeña y no lo entiendes.
-Eso y que a ti se te ha ido la pinza.
-Por qué es una puta mierda, a ver.
-Porque no engancha, no me dices nada. Además no veo ningún tipo de desarrollo, es siempre una descripción de lo mismo. Da vueltas y vueltas, me atoro y me duermo.
-Creo que sé de qué libro hablas. Es una novela de un tipo muy romántico. ¿Te lo has leído entero?
-Ya te digo que no, me he quedado frita cuando iba por la mitad.
-Pero léelo entero, mujer, a lo mejor así…
-Que no Ray, que cuando digo que no es que no. A lo mejor resulta que el final es la novena maravilla del mundo, pero prefiero quedarme en la mitad, para poder criticarte un poco, que te endioso desde que leí Héroes.
-¿No te parece que nos conocemos de toda la vida?
-Tú ya escribiste sobre mí, poco después de mi nacimiento.
-¿Qué? ¿Cuándo?
-En Caídos del cielo, la tía que se va en el coche con el tipo de la pistola. Esa que tararea Sonic Youth y hace también el sonido de las guitarras.
-Sí, la pelirroja esa que pregunta cosas raras.
-Pues eso. La verdad es que me iba sorprendiendo a medida que lo leía. Algunas cosas no tienen nada que ver conmigo, no me gustaría hacerme famosa a costa de nadie. Pero lo de tararear y que era más alta que el otro y que encima tenía la tetas pequeñas…me mató.
-No tienes las tetas pequeñas.
-En este sueño no, y la verdad es que no me gusta tenerlas así, son incómodas.
-O sea que tú existes en la realidad.
-Aha…
-¿Y en la realidad podríamos tener esta conversación?
-Por mi claro, pero no te conozco. Me acerqué a ti en la feria del libro de Madrid de este año. Estabas mirando al suelo con cara de duro. No te dije nada, me planté delante de ti y luego me fui. A la vuelta, después de visitar ocho mil casetas te volví a ver a lo lejos.
-No te vi.
-Ya lo sé, te he dicho que mirabas al suelo como si se te hubiera perdido algo hace años ahí debajo.
-Es que todo el mundo estaba en la caseta de Pérez-Reverte.
-Había cola, mucha. Me llamó la atención. La verdad es que no es un escritor que me guste particularmente.

En ese momento salió un tatuador del estudio frente al que nos situábamos. El tipo tenía cara de loco y nos gritó que fuésemos corriendo. Algo pasaba. Ray y yo fuimos hasta allí también preocupados.
Sobre una de las camillas estaba tumbada una tía de unos treinta años que no dejaba de temblar. El doctor House estaba a su lado apoyado en su bastón, con una tranquilidad alarmante.

-¡Señor House!-gritó el tatuador-¡Se nos va, coño, se nos va!
-¡270 gramos de epinefrina! ¡No! ¡De lorazepam!-dudó House
-Joder, joder, joder, ¡decídase!-el tatuador daba vueltas sobre sí mismo junto a la camilla. No sé por qué daba vueltas sobre sí mismo, no tiene ningún sentido hacer eso, se iba a marear.
-Señora, dígame qué le pasa y la trataremos-dijo Ray.
-¡Asdahdgasdashhaghagh!-dijo la señora con la boca llena de espuma.
-¡Usted, tipo con tatuajes en los brazos! ¡Los pacientes siempre mienten!-dijo House mirando a Ray y señalándole con el bastón.
-No soy médico, soy escritor, a mí qué me cuenta.
-A ver tú, pelirroja, corre al hospital que hay aquí al lado y roba epinefrina, creo que tiene una reacción alérgica.-dijo House ésta vez señalándome a mí con el bastón.

Yo dejé allí al tatuador, a Ray, a House y a la moribunda y busqué el hospital. Pensé que tenía unos sueños la mar de extraños y lo que ya rozaba la puta locura era estar buscando epinefrina en una ciudad que ni siquiera conocía. Y además, ¿¡qué coño es la epinefrina!? Di con el hospital gracias a las indicaciones de un señor viejo muy amable que hablaba con acento portugués, Saramago probablemente. Al entrar al hospital me encontré a Axl Rose gritando subido a una silla de la sala de espera “My, my, my Michelle”. Me entraron ganas de bailar con él pero seguí en busca de la epinefrina. Al final encontré a Cameron y la llevé conmigo. La epinefrina estaba guardada dentro de un bote de Colacao. Cualquiera que pasase por allí vería a una tía con el pelo moreno, coleta y bata blanca, que sostenía un bote de colacao y que corría al lado de una pelirroja con una camiseta en la que ponía “Yo tampoco soy Dragó”.

Llegamos al local donde la moribunda parecía estar igual que antes. House le robó de las manos el bote de colacao a Cameron y yo me senté a ver la escena. Le inyectaron tal cosa y la tía después de pegar un par de gritos se restableció. Ray me miró con cara de “esto ya está” y se levantó.

-Bueno chicos, me voy con ella –Ray me señaló—a todo esto, ¿conocéis algún sitio dónde pasar a noche?
-Sí hombre, a la vuelta de la esquina hay uno. Es un hostal cómodo y todos los balcones de las habitaciones dan a una plaza preciosa.-Respondió el tatuador.
-Buenas noches entonces, caballeros.

Nos alejamos rollo Madrileños por el mundo, saludando nosotros y saludando ellos, como si estuviéramos encantados de habernos conocido. Salimos del local y nos encontramos de frente con Elvis, que iba andando muy despacio y nos miraba asustado. Al verle grité: “¡El rey!” y él se fue corriendo y gritando “¡Lo sabía!”. Ray me miró con cara de circunstancia y poco después señaló un hostal situado dentro de una plaza enorme que me recordó a La Plaza Mayor de Salamanca. Joder, nunca he estado en Salamanca. Subimos por unas escaleras antiguas y llegamos a la recepción del hostal. Curiosamente aquél lugar olía como la casa de mi abuela. De pronto salió Patti Smith de una de las habitaciones y empezó a contarnos su vida.

Creo que entonces me he despertado, pero con la sensación de no saber si estaba en mi cama o en la cama del hostal de Patti. Me queda girarme y ver si Ray ha dormido conmigo.

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Acerca de Alía Mateu

I'm the stranger.
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