El diario de Una-

Una-mujer-inventada-por-mi-cerebrito,
aunque no descarto la posibilidad de su existencia.
Básicamente porque podría haberla conocido.
pd. esta canción (click aquí) pega bastante con la entrada.

A las diez de la mañana me ha sonado el móvil. Me suelo despertar asustada, tengo de tono el Who can say de los Horrors y parece que no me acostumbro a la intro. Anoche al acostarme dejé a Ruli en mitad de una conversación por whatsapp. Pensé que hoy al levantarme tendría cinco o seis mensajes suyos, pero sólo ha puesto “jajaja”.

He ido a prepararme un té después de bendecir mil veces mi batita de seda. Creo que me la trajo mamá de la India, pero no lo recuerdo. Mamá nunca estuvo demasiado en casa, por eso decidí irme de casa a los dieciocho, y encima a Londres, vaya follón. Me lo pasé genial al llegar y todavía hoy quiero volver. Nada que ver lo de allí con Madrid. Esta ciudad es una especie de jaula, sobre todo si te lo montas mal. Y parece que yo me lo he montado fatal. Aunque Mamá sigue pasándome dos mil pavos todos los meses.

Vivo en Malasaña. El piso apenas tiene cuarenta metros cuadrados y una de las habitaciones la utilizo como armario. Huele siempre como a… humedad… o algo así. Echo colonia para ver si mejora, pero los olores se mezclan. Es una pena porque cuando traen las cajas de ropa a casa (suelo comprar por internet, Madrid también es una mierda para comprar ropa. Por ejemplo, no encuentro pantalones de tiro alto en ninguna parte. Y si los veo son de segunda mano y yo esas cosas las dejo para otras…) y llaman al timbre casi puedo notar el tacto de la tela nueva y ese olor a viaje que trae. Es casi como volver a Sherry’s.

Mis dos gatos se han subido a la encimera cuando ponía a hervir el agua. Uno de llama Jarvis, el otro John. Se llevan bien entre ellos y me hacen mucha compañía, aunque lo llenan todo de pelo. No me importa que me dejen la ropa perdida porque un jersey negro lleno de pelos de gato siempre da un look mucho más humilde, como más homeless. Pero no soporto que se suban al sofá. A veces se lo perdono, pero sólo cuando estoy triste y lloro viendo El acorazado Potemkin.

He leído un rato mientras me tomaba el té. Hace poco estuve en casa de Lali y me prestó un libro de un tal Kundera, se llama La insoportable levedad del ser. A Ruli le gusta, dice que es cojonudamente sublime, pero yo no termino de entenderlo. O sea, el chico este pues quiere a la chica esa, ¿no? No sé. Pero luego parece como que no la quiere. Y es así todo el rato. En cualquier caso cuando lo termine se lo diré a Ruli. Le diré que a mí también me ha gustado, aunque le pondré pegas a alguna tontería. Así ve que me meto en el libro, que no leo sólo en plan superficial. Dice que no le gusta eso, que se llama “lector-hembra” o algo por el estilo. A lo mejor le llamo para tomar algo, aunque la última vez llevaba una camisa horrible, de verdad, muy fea. Yo siempre me arreglo para quedar con él. En realidad me arreglo siempre para salir de casa, en Malasaña se habla mucho. El otro día me enteré de que Antonio, el que en twitter se llama secretosdelochotumbado (es que no le conozco en persona) se ha liado con Meriyún. A ella la he visto dos veces en el Ocho. No me pegan nada, pero nada de nada. Luego se lo diré a Ruli a ver qué le parece, pero lo cierto es que al Ruli esas cosas se la suelen sudar.

Me he ido a vestir y no he sabido qué ponerme. He estado como media hora eligiendo ropa, pero parece que no tengo la necesaria para esta temporada. Además se me han agotado las ideas. Estoy super fatal en lo que se llama imaginación. He llamado a Lali para preguntarle qué me ponía, pero no me lo ha cogido, así que he estado pensando un rato más y me he bajado a su tienda. Lali trabaja cerca de casa, en la calle Espíritu Santo. Es una mierda de tienda y yo siempre se lo digo, pero a ella no le envían dinero sus padres (creo que no tiene o algo así) y tiene que ganarse el pan. “Ganarse el pan” es una expresión suya, no mía. A mí me suena demasiado española, como de época de Franco.

Lali se ha alegrado de verme y le he dicho que la invitaba a un café en su descanso. Me ha pedido que la ayudase con unas cajas y he cogido un par para no hacer el feo. Es agotador lo de llevar cajas, menos mal que yo trabajo de freelance para algunas empresas como fotógrafa y no me hace falta llevar peso. Sirvió para algo aquel curso de fotografía, la verdad. Que no se me olvide decirle esto a mamá, que le hará ilusión.

Nos hemos ido a tomar un café (aunque yo me he tomado otro té, el café dejó de gustarme) y mientras Lali me contaba no sé qué he estado hablando con Marce por whatsapp. Estaba en Jamaica pero vuelve a España la semana que viene. “¡Genial!” le he dicho “así podemos ponernos al día”. He actualizado twitter también. Le he hecho una foto a mi té junto al libro del tal Murakami (lo llevaba en el bolso) y la he subido. Los filtros de Instagram están bien. Y he mencionado a Lali, para que no se mosqueara. Después se ha ido porque tenía que ganarse el pan y me he ido a dar una vuelta por el centro. He dejado que pagara ella. He creído que así se sentiría mejor.

La Gran Vía cada día está más sucia, repito lo de que Madrid no tiene nada que ver con Londres, y no me cansaré de decirlo. Me ha entrado hambre y he llamado a Ruli por si quería comer conmigo, pero estaba estudiando. Ha dicho que a lo mejor más tarde nos veíamos, así que he corrido hacia casa para comer, ducharme y elegir otra ropa. En realidad no habíamos quedado, pero yo por si acaso he hecho todo eso. Y casi me termino a Murakami, pero me he quedado dormida un par de veces mientras le leía. Qué sopor de chaval.

Me ha llamado Ruli a eso de las ocho. Ha venido a casa a las nueve y pico (yo ya estaba arreglada y menos mal) y con él ha traído sushi. También ha venido su novia, va con ella a casi todas partes. La chica no es demasiado guapa, pero sí parece inteligente. La verdad es que me da igual porque yo estoy predestinada con Ruli, aunque lleve cinco años con esa chica. Me gusta mucho Ruli, la verdad. Yo creo que a él también, aunque Lali dice que no sea boba y no busque sólo a los chicos que tienen novia.

Mientras cenábamos se me ha caído un vaso y ha dado de lleno en el pantalón de la chica de Ruli. No lo he hecho queriendo, pero podría haber sido así.

A las once y media se han ido. Me he despedido de ellos desde la ventana, después les he visto besarse. Me he sentido muy rara y me he puesto a escribir esto. Jarvis se ha sentado sobre uno de los folios. Me he encendido un cigarro, aunque en realidad no fumo, y me he hecho una foto. La he subido a facebook con el título de “genial la cena con Ruli y su noviaaa” y les he etiquetado.

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G, C, C/E.

“¿Cómo fue posible que la noche
fuera de golpe la muerte,
fuera el aullido,
fuera el sudor y el gemido?”

Tango escrito por Julio Cortázar.
Cantado por Cedrón
Musicalizado por Edgardo Cantón
(pincha aquí para oírlo)

Te vas,
sé que te vas
lo noto en estas manos que ya no te tocan
que te dicen adiós con el paladar amargo
y te escriben por retenerte.

Yo seguiré residiendo en este cuarto a veces sin paredes
y seré más vieja que tú
como siempre
en cuanto pasen dos años

Recordarás aquella mirada esquiva
que ahora te siembra de ojos
y no seremos más tú y yo en la vereda
y la medianoche no sonará en las campanas
ni en el hielo de los vasos.

Recogeré todas las semillas que me diste
sabes bien que de ti aprendí tanto.

Me detendré cada noche
a emular la lentitud
con que cierras los párpados.

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Tardes de primavera en el piso de B.

-Algo pasa—dice Brigitte dándole al play al reproductor.
-¿Qué crees que es?—respondo yo con cara de saber la respuesta.
-Será el tiempo.
-Pero ese bicho está andando siempre, otro.

Brigitte se levanta del sofá y eleva la rodilla izquierda como si fuese a dar una patada o a bailar.

-¡Patadas! ¡Eso es lo que pasa!
-¿Patadas?
-Claro, patadas. O palabras, puedes llamarlas así también si quieres.
-Perras negras—contesto yo sin dejar muy claro si afirmo o pregunto.
-¡Y todas dentro del cementerio!
-¡Muchas patadas!

Me levanto yo también del sillón.

-¡Que hacen mucho ruido!—empieza a corretear alrededor de la mesa del comedor.
-Tanto ruido que… ¡te dejan sorda!—la sigo.
-¡Palabras, palabras, palabras!—Brigitte sonríe con los brazos estirados hacia el techo.

Me subo al sofá y señalando un cuadro de Bowie digo:

-¡A Dios pongo por testigo que no volveré a usar las palabras!

Así es como Brigitte y yo estuvimos sin hablar tres horas. Luego nos arrepentimos y aunque por mi parte hubiese jurado ante Bowie no volver a utilizarlas, tuve que hacerlo. Mezquino idioma, cuna de malentendidos, sastre de problemas, fotografía del momento, maldito retroceso al tiempo que juraste no recordar, malditos los recovecos de tus palabras que a veces me vuelven invencible y a veces torpe. Huyo de tu sistema lo mismo que me acerco a él, haces instantánea mi vida a través de tus herramientas, recompones el humo de cigarros, llenas de hormigas el folio, lo mismo te ausentas que apareces, tus recursos son gatos negros, cortas y pegas ciudades allá donde te place, registras individuos y los divides en parcelas. Saco de fuego, tú que todo lo tocas a veces no llegas o me vences de repente. Ciérrame la boca de una vez o manténme como una cascada. Átame hasta que se me abran las muñecas y me cueste respirar, haz un butrón en mi cerebro y desaparece o cuélate y quédate a vivir dentro. Idioma, no me des tregua aunque duela, aunque sólo seas metáfora, aunque me destroces el pecho a base de juegos rítmicos o mediciones absurdas. Arráncame el estómago, llévate mi sangre, que todo sea cruel porque te has ido y no piensas volver ni a este lugar ni a esta boca que te utiliza sin poner cabeza. Termina de renovarte o estáncate, absuélvenos, elimina esta hegemonía bajo la que nos mantienes quietos, sin dejar de correr, boqueando mirando al techo, creciendo junto a tu cruel enredadera de espacios, símbolos y significados. No juegues a dejarnos creer que los silencios pueden ganar la partida, siempre hay alguien que te utiliza y te nombra, siempre tú en cada cosa. Hasta los números te miran desde abajo, hasta los sentimientos se tejen contigo, uniendo costa con costa.
Dinos qué postal hay que enviarte, qué trozo de mundo hay que mostrarte para hacerte ver que no te necesitamos. Que aunque a veces pensemos que no, disfrutamos de tu ausencia en cada trozo de piel recorrido, que nos morimos por mantener un buen silencio y no una buena conversación, que confiamos más en los gestos, en los neumas, que en esa especie de espasmo de aire y lengua que llamamos habla.
Si la humanidad conocida comenzó contigo también acabará por tu culpa, porque unes y abrazas esto que nos designa y nos hace parecer personas. Sólo tú nos diferencias del resto y nos has vuelto depredadores, un caos que se ordena allí donde vas a nacer, siempre de forma diferente pero con un mismo objetivo.
Idioma, lenguaje, deja que saquemos la cabeza de dentro de tu universo. Permítenos ver el mundo sin tus ojos de antigua victoria. Que comience ahora la proclamación del mutismo, sumiéndonos todos en un profundo silencio que se prolongue tanto como nosotros decidamos y nos haga ver la equivocación más enorme y fieramente proclamada; que no nos haces falta.

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Alrededor del cuerpo a cuerpo.

 “(…) puede ocurrir que alcance sin manos tu cintura”
Julio Cortázar, Tala.

Caen los zapatos, los calcetines. El cabello se deshace de coleteros y al sentirse libre hace cosquillas a todo lo que toca. El aire expulsado por las fosas nasales hace temblar una camisa que poco a poco se desabotona y va a parar al suelo. Se contrae la goma de la ropa interior.
Una mano estira y encoge los dedos, golpea el aire. La otra está escondida bajo unas costillas, rozando un cinturón o unos calcetines. El vello de los brazos se levanta y vuelve a dormirse. Rebota el sonido contra los libros y la pared, se guarece entre los flecos de la alfombra. La sombra de un gato pasea por la espalda del que arriba agarra las caderas y como de un jarro bebe hasta la última gota. Los pelos se peinan hacia atrás sobre las sábanas, se arruga la almohada. Los dedos gordo e índice de un pie juegan a rozarse. El colchón se hunde y vuelve a su forma natural. Los músculos tensos agarran otros músculos. La columna vertebral se arquea. Nace el sudor en la espalda y la frente, la lengua pasa por encima y lo remueve. Ríos de saliva bajan rápido por los muslos. Las articulaciones bullen y crepitan. Los cigarros se consumen en el cenicero. No se sabe bien si va antes el pie o la huella. A lo lejos un segundero marca ese ritmo que no entiende de uñas sobre espaldas.
El corazón bombea cada vez más rápido. Los brazos aprietan el tronco del otro. Las mandíbulas crujen de tanto abrirse, los colmillos enganchan una clavícula o el lóbulo de una oreja. Golpean los tobillos contra las patas de algún mueble. El ceño fruncido, la cabeza hacia atrás.

El fondo de los gemidos suena a pregunta y nos recuerda que de no haber orgasmo tampoco habría final.

Para llegar a esa insistencia extraña con que nos miramos y a ti te brillan los ojos
(ese fulgor de próximo asesinato o carcajada).
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¿Por qué no Cortázar?

Son tantas veces las que me encuentro a personas inteligentes, sensatas, amantes de la buena música y de la lectura, con un sentido del humor bastante amplio, capaces de entender, de comprender, aprender. Son tantas que es una maravilla, me invitan al silencio, me asombra escucharles hablar, opinar (y en general hacer palabra de cualquiera de sus pensamientos), hasta observar cómo se mueven es entretenido.

A pesar de todo lo anterior, cuando les pregunto (es una de las preguntas más frecuentes de mi batería) cuál es su opinión sobre Julio Cortázar, en su mayoría ponen esa sonrisa del que comprende pero no quiere ir más allá, del que se detiene junto a un gran muro y decide no saltarlo por creerlo imposible o demasiado costoso o sin fin en sí mismo. Después de esa sonrisa suelen añadir, “no lo entiendo” o “hay veces que se me hace muy pesado” o “se me enreda un poco y no consigo llegar a ninguna parte”.

Bien, puedo comprender que una persona no consiga leer de un tirón uno de los capítulos de Rayuela sin sentir que se le adormece la capacidad de comprensión (oraciones con muchas referencias, quizá una acción que en ocasiones se antoja casi anecdótica), por esa misma razón puedo llegar a entender que los capítulos más leídos (y con mejor opinión) de ese libro sean el 7, el 68 (aunque no siempre) e incluso el 93 o el comienzo del 1. Lo entiendo porque son los capítulos más evocadores, quizá más reales en un sentido de realidad más cercana (los besos, el sexo, el amor extraño y la búsqueda, respectivamente), diferentes en contenido y técnica a otros capítulos en los cuales se reúne el Club de la Serpiente, con esos diálogos difíciles a veces de seguir, y todas esas referencias que en caso de no tener la edición de Andrés Amorós (Cátedra, 2ª edición 2010 , la mejor que he encontrado) te pueden volver loco.

Y no importa si una persona no quiere o no le apetece leer a Julio Cortázar, es igual, nadie obliga a nadie y estoy segura de que a Cortázar tampoco le importaría demasiado. No importa si la razón que te lleva a no leer a Julio radica en que no te guste porque su escritura no termine de convencerte, porque lo que cuenta no te interesa demasiado, porque prefieres otro tipo de autores mucho antes que tragarte el coñazo de Rayuela, o Libro de Manuel, o los cuentos de Todos los fuegos el fuego, o la amalgama de ideas en Último Round. Pero que la negación total a Julio sea sólo porque alguien sea incapaz de entenderle es extraña. ¿Alguien entiende a Borges la primera vez que le lee? ¿A Kafka? ¿A Alejo Carpentier? ¿A Goethe? Si es así que levante la mano, que me lo haga saber, que me explique cómo.

Y cuando hablo de entender, de comprender, no hablo de saber lo que dice porque sabes leer, porque sabes reconocer la tipología de un texto, porque tienes una idea general del contexto histórico-social que rodea una novela, un cuento o un poema. Hablo de llegar al fin mismo de esa novela o ese cuento, hablo de conocer de una forma aproximada (siempre es aproximada) lo que quería decir ese autor con eso. Toda buena novela, desde mi punto de vista, responde a una realidad (interior o exterior), a un suceso que se abarca de una forma más o menos extensa. Pongo comos ejemplos Nada de Carmen Laforet, Réquiem por un campesino español de Ramón J Sender, Campos de Castilla de Antonio Machado, la obra completa de Rimbaud, la poesía y la prosa de Allan Poe, la poesía de Keats… o El Decamerón de Bocaccio, mucho más atrás en el tiempo.

Quizá el inicio del problema es que nos hemos acostumbrado a estar a distancia de clic de todo; la compra mensual, el horario del cine, las entradas para el concierto, el amigo al que siempre se nos olvida llamar, el último disco del grupo que nos gusta. Lo que antes nos llevaba un tiempo: salir a la calle, esperar una fila de supermercado en la que dos señoras han hecho compra anual, comprar el periódico, acudir a la taquilla, invertir tiempo y dinero en el teléfono, visitar cinco tiendas de discos diferentes… se ha convertido en una labor de segundos (quizá de minutos, dependiendo de tu conexión a Internet).

Pienso ahora que gracias a Internet en realidad hemos ganado tiempo. Todas esas horas sueltas que invertíamos en realizar la compra o una llamada ahora las tenemos en nuestra disposición. Me pregunto qué hacemos las personas con tanto tiempo suelto en los días. ¿Televisión? ¿Más Internet? ¿Sueño? ¿Droga? ¿Crear amistad con
nuestro tío el de Alcalá?

La rapidez nos ha llevado a adquirir cualquier cosa (en este caso un cuento de Julio Cortázar) y a intentar entenderla en un primer vistazo. Como he dicho antes, nadie (o pocas personas) son capaces de comprender algo en un primer golpe. Entonces ¿por qué no Cortázar?, ¿por qué no brindarle una oportunidad, un alargar la mano y coger su libro? ¿Un imprimir un cuentecito? Y si se decide darle esa oportunidad ¿por qué no leer un mismo párrafo dos, tres veces? ¿Por qué no subrayar esas frases que nos remueven un poco? ¿Por qué no intentar saber más?

Ahora que tenemos más tiempo gracias a Internet, y también gracias a Internet tenemos un campo delante lleno de bibliotecas y profesores que explican, ¿no es un poco tonto quedarse en el “no lo entiendo” por el mero hecho de que no lo has intentado por todos los medios?

Llego al fin de este texto. A algunos de los que me leéis no os sorprenderá porque ya es conocida mi obsesión por la obra de Julio Cortázar, porque raro es el mes que paso sin leerle, sin descubrir algo. Bien, pues ahora reto a quien lea esto a quitar el nombre de Julio Cortázar, borrarlo (y quitar las referencias a algunas de sus obras, claro) y poner cualquier otro. No importa el autor, da igual si Pombo, Pedro Juan Gutiérrez, Queneau, Horacio Quiroga o Fante. Importan las ganas, supongo. Queda claro que tiempo ya tenemos, entonces las ganas. Las ganas.

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Derivarse.

#3

Lento rugido de pasos
locomotora, albornoz, viento de poniente.
Dejarte lejos para poseerte
acercarme
prender
aspirar tu humo.

Combatientes y tímidos, o no,
siempre el punto intermedio
donde se juegan antiguas derrotas
y se elaboran nuevos balances.

#4

Me sé aquí como otras tantas
acepto que esta mano que te trepa
sube un camino andado y desandado
por mil encuentros anteriores.

El camino es el mismo pero
la mano que lo sube
diferente.

Esta es la mía y también duele
cuando te vas.

Pero huele a ti y es más sencillo
lavarse las manos
que lavarse la vida.

#4 (bis)

Se resuelve el tiempo y me encuentro
frente a frente
ante el camino que te sube por el cuerpo.

Un camino que ya han hecho
cuantas manos te nombraron

 (Y que si en vez de piel fuese de planta
estarías cubierto de enredadera)

Subo, piso metralla de antiguas guerras,
Encuentro oficinas y dealers y presidentes.

Todo es nuevo y antiguo.

Tu latido tibio,
eso que gimes que suena tanto a otras ocasiones,
a letanía, improperio
o llamada de auxilio.

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Capítulo 5. Somos muchos, cuánto falta.

Nunca sé exactamente dónde poner las manos. Al abrir los ojos, todavía en la cama, ya estoy haciendo algo con ellas. En seguida van a parar bajo la almohada, pero al ser ésta fina, me clavo los dedos en la oreja y entonces las bajo o muevo hacia mis piernas. Sin querer me acaricio un brazo o la tripa y ya me he despertado bien –tiendo a actuar de manera inconsciente para, después de realizar cualquier acto, anotar en mi cerebro lo que acabo de hacer- así que mis manos van a parar hacia la mesilla, buscando una botella de agua con un tiempo aproximado de dos meses, a la cual cambio el agua todas las noches antes de dormir, exceptuando borracheras –no siempre de alcohol- que desembocan en olvido. O quizá no toquen nada –el aire, está bien, y sólo eso- hasta llegar a la cocina. La torpeza de mis manos procura los accidentes de siempre; aprieto con demasiada fuerza el brik de leche y empapo la mesa, calculo mal la inclinación de la cafetera y llueve café por la vitrocerámica-suelo-silla-mis pies.
En otras ocasiones, quizá las más frecuentes, mis manos tocan ropa, pomos de puertas y grifo, para después ser felices atravesando el vapor-aire que procura una ducha.

Todo esto se lo he contado a Gaël, que acaba de volver a Madrid entre asustado y contento. Ha recibido mis cartas, de lo cual me alegro bastante, ya que tiendo a creer muy poco en todo y dudaba de la efectividad de Correos. También dude de su efectividad dándome las direcciones de tantos sitios donde ha estado, pero esto no se lo digo porque ya tiene bastante con el tema de mis manos.

Gaël enumera todos los huesos que existen en una mano humana. No entiendo.
Gaël me habla de la articulación que conforman mano y brazo. Ya.

-A lo que me refiero es a que quizá un día mis manos no respondan a mis actos.
-Te refieres a que actúen por sí solas.
-Algo así.
-¿Por qué crees eso?
-Porque ya han dado muestras.

Entonces le explico que mis manos tienen un cerebro dentro que no se nota al tacto porque sus dimensiones no superan las de una bolita de anís, y que me niego a hacerme abrir la mano para observar ese cerebrito, por mucho que los científicos pudieran estar interesados. Yo sé de la existencia de los cerebritos, uno en cada mano, no tengo más que recordar, remontarme a situaciones concretas. Le cuento de mi infancia, de cuando sonaba música en el salón y yo marcaba el ritmo con las dos manos sin saber muy bien qué hacía. Le digo que en ese momento eran mis manos y sus cerebritos, no yo.

Dice que hay una zona en el cerebro encargada de cosas inconscientes.
Espera que entienda eso de cosas inconscientes.

Gaël comienza a hablar, a explicarme. Yo intento comprender algo de lo que dice pero el sol que ahora se cuela por la ventana –es curioso esto de los cambios de luz- me obliga a recordar, rememorar. Tú abrías la puerta de tu casa. Yo esperaba que la abrieras, llevaba toda la mañana imaginándome ese momento. Había bajado a la calle sin saber muy bien por qué. Creí, en el momento de pisar la acera, que mi objetivo de esa mañana era comprar algo barato y tonto. Tengo la manía de darme razones para salir a la calle, como si el mero hecho de salir no fuese ya una razón. Entonces me había acercado a la tienda de chinos que acababan de abrir en el barrio y compré una mierda de bebida energética, porque siempre compro eso cuando no sé qué comprar y tengo que ocuparme las manos, ocupar el cerebrito de las manos, darle trabajo un rato. Al salir de la tienda, ya con el monedero guardado y el cigarro encendido, caminé en dirección a tu casa. Bajé la avenida, cruce en la primera calle de la derecha, continué recto por el mercado, hablé con una señora que tenía el pelo largo y buscaba una tienda que todavía hoy desconozco, bajé las escaleras que dan al ayuntamiento, las subí, volví a bajarlas, me olvidé de dónde vivías por unos segundos y tuve miedo, después volví a tragar de la lata y encendí otro cigarro, silbé una canción que nunca me recordó a ti pero ahora sí, claro, y en todo ese trayecto, que entre tonterías y paso lento duró media hora, sólo te imaginaba abriendo la puerta con cara de sueño y sorpresa. Mi cerebro (el de la cabeza) sólo daba para eso, no quería imaginar el olor que salía de tu casa, ni tampoco quería suponer a alguien más detrás de tu puerta, ni si sonaba música. Tampoco entraba la posibilidad de que no estuvieras en casa, cosa no tan rara un sábado por la mañana.
A veces creo que los momentos más importantes de mi vida se distinguen por el número de vibraciones por minuto (v.p.m) que realizo. Cuanto mayor sea la vibración, mayor será mi nerviosismo y más acojonada me tendrá eso que va a suceder.
Al detenerme frente a tu portal creí que me desmayaba, o que nacía, o que un martillo hidráulico me golpeaba la cabeza. Conseguí llamar a tu timbre (realmente llamé a todos, en parte por mi temblor de manos, en parte porque no conozco la letra de tu piso) y sonó beeeerp, entré en un jardín, saludé a un niño pequeño que me recordó bastante a mí. Luego subí las escaleras, he de anotar que las escaleras que conducen a tu piso me son más familiares que las mías, y llamé a tu timbre.

Din don.

No abrías.

Din don.

Una voz balbuceó algo al otro lado y supe que eras tú.

Otra vez el martillo hidráulico.

No sucedió exactamente igual a la imagen que yo reproduje en mi cabeza durante toda esa mañana, pero abriste la puerta con las manos, tus manos, y llevabas una camiseta y calzoncillos, te acababas de levantar, tu gesto no era de sorpresa, sino más bien de espera terminada, de tranquilidad después de la tormenta. Parecías esperarme, sonreías y estabas muy guapo. Tan guapo que mis manos quisieron matarte, no sé si despiadada o dulcemente, pero se acercaron a tu cuello y por primera vez en la historia de mi vida, marcando un hito, mis manos supieron qué hacer.

Lo bueno de Gaël es que comprende mis miradas al infinito y no se enfada cuando intenta explicarme algo y yo decido no escuchar, irme tiempo atrás, iniciar y terminar un viaje. Ahora que salgo del trance, después de recordar el umbral de aquella puerta y su figura apoyada en el marco, Gaël me mira con cara de médico que entiende la enfermedad de su paciente y, sin hacer comentario alguno, señala mi mano derecha. Ésta, por su cuenta, había decidido meterse dentro de un zapato.

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Capítulo Cuatro o POR QUÉ, POR QUÉ TODA ESA GENTE, QUÉ HACEMOS AQUÍ PARADOS, QUÉ BOMBA ESTAMOS ESPERANDO, QUÉ TODO JUSTIFICA ESTA NADA. -¿Quieres té? -Oh, claro que quiero té -¿Pastas?

No se entiende el por qué, pero es.
Por qué tu nombre y esta casa,
por qué pararte en mitad de la escalera.

Por qué tu insensato y bello impulso de tirarte entre mis brazos
    para         después
negarme cualquier intrusión a medio día.
Tu asentir la cabeza frente al reloj,
tu encoger las piernas en la cama vacía.

Hemos sido ritmo mediante. Le pregunto a Nuria -en mi cabeza eres Nuria y respondes con un marcado acento catalán- qué significa. Qué significo. Por que llego al baile en zapatillas de estar por casa (las roídas y con el dibujo de un escudo), por qué creo que la soledad está mal y luego me parece lo mejor del mundo y más tarde no creo estar sola del todo y al final quiero irme al carajo. Por qué esta insensata pero fructífera querencia a echar de menos. Por qué aliño lo que me rodea con pólvora. Por qué me siguen las palabras –perras negras, tijeras, invento diabólico, satán, tabaco fragmentado, muerte en sobre- y no las otras cosas. Por qué cada vez que dibujo un elefante parece un perro o una vaca. Por qué no entiendo los chistes tontos. Por qué recuerdo Montparnasse si no he estado en mi puta vida en Montparnasse y ni siquiera conozco su lugar exacto. Por qué me niego al deber, divido el querer, disfruto con el tráfico. Por qué intento justificar mi existencia con algo tan poco claro como el porvenir de un escritor. Por qué no tomo nada de lo que me rodea por lo que es y dejo de pensar en lo que significa, en lo que significaría para otra persona, en su duración temporal. Por qué al escribir no pienso en escribir y dudo por mí y por todos. Por qué cuento todo esto si tú, lector, no sabrás qué responder o aludirás a mi edad como precursora de toda esta maraña de preguntas, o quizá justifiques tu no sabe no contesta diciendo que estas líneas de arriba no valen ni para ser quemadas, o a lo mejor y más probablemente no dirás nada, seguirás paseando por la vida y nada te habrá aportado este texto más que una ilusión vana de conocerme, un garabato de mi carácter real, el sucedáneo de una autobiografía extraña…

Nuria acaba de contestar. Dice algo así como que mis pies no están hechos para los zapatos de tacón rojos. Dice que soy como su hija. Dice que tenga cuidado, que no tenga miedo.
Vive en un primero A así que, a pesar de los kilómetros, es como una vecina. Sueño que me duermo abrazada a su brazo derecho, tengo siete años y la cama es pequeña. En la habitación hay una ventana que cubre toda la pared y la luz de Barcelona nos despierta todo el rato. Nuria dice que no quiere comprar cortinas porque lleva mucho tiempo sumergida en una oscuridad opaca. Suspiramos a la vez y suena una ambulancia. Necesito a Nuria porque ella me necesita y viceversa. Sólo sus ojos entienden mi idioma. Sólo sus pies saben hacia dónde me dirijo.

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Los límites de lo anónimo.

Que se te acerque un conocido. Le ves poco, coincidís una o dos veces a la semana. Sabes algo de él, puedes intuir algunas facetas de su personalidad. Crees que tiene gato. Un gato con los pelos muy largos. Lleva el abrigo lleno (el tipo lleva los bolsillos llenos de pelo de gato, qué hijo de puta más loco). No, a ver, tiene pelos por encima del abrigo. El gato ha dormido encima, oliendo al amo*.
Se te acerca en la cafetería. Lleva acercándose a ti desde hace un par de semanas, con una sonrisa rara. Hace afirmaciones estúpidas como “vaya, otra vez café con leche”, “oh, esos zapatos”. El tipo tiene cara como de que le gusta coleccionar; botellas de plástico vacías, camisetas de bebé, páginas en blanco de libros antiguos. No sé, colecciona. Además de esto te sugiere cosas. Quiere ayudarte a algo y no sabe muy bien cómo. Te ha sugerido un artículo de la Más Allá, te dice que lo leas. Te sugiere comprar en Primark**. Esa clase de persona que recomienda a todo el mundo todo lo que le gusta, sin establecer criba alguna. Se le ha visto recomendando a Dan Brown a los niños que salen de un colegio cercano a su casa.
Se aproxima a ti en un momento en el que la cafetería se queda sin gente. Sabes que de nuevo viene a sorprenderse porque tomas café con leche. Es el tipo de persona que mata un montón de civiles porque sí. Crees que en caso de hacerlo, te salvará a ti. Te dice:

-Tienes que leer a una chica.

Busca dentro de su mochila. Es una mochila como con la tela reforzada por un cartón. Una mochila dura. Saca de ésta un folio. En ese folio una entrada de tu puto blog. El loco te está recomendado un blog que escribes tú. El loco ha imprimido una página de tu blog y te pide por favor que leas.

-¡Lee, lee!

Lees y te das cuenta de que es esta puta entrada. Esta puta entrada que escribes ahora, el loco ha conseguido imprimirla antes de que la redactes. El tipo tiene esa capacidad, es un cabrón que juega con el pasado y el futuro. Tiene una visión del tiempo parecida a la de Doctor Manhattan. Es un hijo de puta con clase. Y tiene un gato.

*Oliendo al amo ¿no? Un tipo de relación sexual basada en oler a tu pareja. Sólo oler. Un futuro sin penetración ni lenguas, sólo olerse.
**Esta ola de gente que compra en Primark ¿de dónde cojones sale?
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Sexus, Plexus, Flexus.

En el principio la lámpara allá arriba, ejerciendo una luz extraña que no volví a encontrar más que allí, en tu techo.
La segunda vez que me topé con tu lámpara –no sé si julio o agosto, de veras me gustaría saberlo- pensé que quizá era ella quien me procuraba la sensación de guarida, de estar a salvo a pesar de que tanto fuera como dentro de mi cabeza se produjesen tempestades, inicios de guerra, toda una suerte de ataques y disparos que enfrentaban mundos opuestos.

La bombilla dando luz, envolviendo. Un poco como un abrazo que mezclado con esas otras cosas –siempre variables, como la bebida o lo que sonaba- hacían que pudiese cerrar los ojos sin pensar en monstruos o terremotos aproximándose.

Esa luz que creí irrepetible no tenía origen en una bombilla –claro que de esto me di cuenta más tarde, un sábado, esto lo sé, y era pronto todavía para encender las luces de la casa- sino que nacía de otra parte. Me jode un poco, no sé si por la cursilada de la afirmación o porque en estos tiempos que corren remontarse a figuras de allá suena a libro viejo, afirmar que era en ti donde la luz nacía y terminaba muriendo.
Así claro, comprensible que por más que buscara ninguna lámpara me hiciese sentir lo mismo. Y que yo llegase a casa como con un gesto cansado, confundida, como en un clima febril del que sólo conseguía salir pasados dos días –no sé por qué pero siempre fueron dos-.

Me pregunté en alguna ocasión si aquella lámpara terminaría fundiéndose, o si la sensación que me procurabas iría aminorándose con el tiempo. Así que me centré en pensar que esa luz sólo la percibía yo (“o quizá unos pocos” me dije, como intentando desviar mi ego al confundirme con otros) o que sólo se encendía en mi presencia, así que no corría peligro de joder la lámpara porque vernos era poco rato y nunca fue demasiado seguido.

Pasó el tiempo –es algo que siempre pasa- y te vi fuera. Fuera de tu casa, me refiero, con la lámpara de la confusión lejos. Yo ya sabía el tema de que eras tú quién daba luz, pero estabas frente a mí, apenas a centímetros, y entonces fue cuando asentí con la cabeza dentro de mi cerebro, cuando me cercioré de que obviamente eras tú la luz, ya no había puertas a la confusión ni paredes. Sobre el asfalto, con gabán y bufanda, trastocaste las farolas, los pilotos e incluso la luz de un flexo que salía de una ventana. Teñiste la calle, reinventaste la escala cromática. Un lío extraño que todavía me cuesta explicarme aun percibiéndolo de manera total.

Y yo que acabo de venir de comprar el pan y mi madre anda jodiendo desde algún lugar del piso, estoy confundida y dentro del clima febril del que hablaba, porque has prendido un interruptor, porque has zarandeado la opinión que tenía de recuerdo y la palabra iluminación te pertenece, igual que otras muchas palabras que no diré por no acojonarte -y por miedo a que la luz aminore, o ceda al pánico, o explote sin más-.

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