Derivarse.

#3

Lento rugido de pasos
locomotora, albornoz, viento de poniente.
Dejarte lejos para poseerte
acercarme
prender
aspirar tu humo.

Combatientes y tímidos, o no,
siempre el punto intermedio
donde se juegan antiguas derrotas
y se elaboran nuevos balances.

#4

Me sé aquí como otras tantas
acepto que esta mano que te trepa
sube un camino andado y desandado
por mil encuentros anteriores.

El camino es el mismo pero
la mano que lo sube
diferente.

Esta es la mía y también duele
cuando te vas.

Pero huele a ti y es más sencillo
lavarse las manos
que lavarse la vida.

#4 (bis)

Se resuelve el tiempo y me encuentro
frente a frente
ante el camino que te sube por el cuerpo.

Un camino que ya han hecho
cuantas manos te nombraron

 (Y que si en vez de piel fuese de planta
estarías cubierto de enredadera)

Subo, piso metralla de antiguas guerras,
Encuentro oficinas y dealers y presidentes.

Todo es nuevo y antiguo.

Tu latido tibio,
eso que gimes que suena tanto a otras ocasiones,
a letanía, improperio
o llamada de auxilio.

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Tatara-tatán. Tatara…tatán.

Te he visto solo vistiéndote solo dorándote a la luz de la oficina
Te he visto muriéndote muerto muriéndote en vida muriéndote fatal
Te he visto con cara de póker mirando por dentro el cañón de un revólver
Te he visto ginebra y blanca cayendo al abismo queriendo explotar

Te he notado abrazándome tu mano rodeándome moverme respirar
Te he notado notarte a mi lado negarte al cariño diciendo quizá
Te he notado anotando ciertos momentos guardarlos para nunca jamás
Te he notado gritando de pánico mirando tus manos llorando aguarrás

He pisado la acera, izado la bandera, coreado tu nombre para desentonar
He llenado hasta el borde la piscina donde te querías tirar
Me miras serio
me dices:
“todavía uso manguitos
a mis no sé qué número de edad…
Yo-no-sé-nadar,
Yo-no-sé-nadar,
sólo sé de naufragar.”

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Capítulo 5. Somos muchos, cuánto falta.

Nunca sé exactamente dónde poner las manos. Al abrir los ojos, todavía en la cama, ya estoy haciendo algo con ellas. En seguida van a parar bajo la almohada, pero al ser ésta fina, me clavo los dedos en la oreja y entonces las bajo o muevo hacia mis piernas. Sin querer me acaricio un brazo o la tripa y ya me he despertado bien –tiendo a actuar de manera inconsciente para, después de realizar cualquier acto, anotar en mi cerebro lo que acabo de hacer- así que mis manos van a parar hacia la mesilla, buscando una botella de agua con un tiempo aproximado de dos meses, a la cual cambio el agua todas las noches antes de dormir, exceptuando borracheras –no siempre de alcohol- que desembocan en olvido. O quizá no toquen nada –el aire, está bien, y sólo eso- hasta llegar a la cocina. La torpeza de mis manos procura los accidentes de siempre; aprieto con demasiada fuerza el brik de leche y empapo la mesa, calculo mal la inclinación de la cafetera y llueve café por la vitrocerámica-suelo-silla-mis pies.
En otras ocasiones, quizá las más frecuentes, mis manos tocan ropa, pomos de puertas y grifo, para después ser felices atravesando el vapor-aire que procura una ducha.

Todo esto se lo he contado a Gaël, que acaba de volver a Madrid entre asustado y contento. Ha recibido mis cartas, de lo cual me alegro bastante, ya que tiendo a creer muy poco en todo y dudaba de la efectividad de Correos. También dude de su efectividad dándome las direcciones de tantos sitios donde ha estado, pero esto no se lo digo porque ya tiene bastante con el tema de mis manos.

Gaël enumera todos los huesos que existen en una mano humana. No entiendo.
Gaël me habla de la articulación que conforman mano y brazo. Ya.

-A lo que me refiero es a que quizá un día mis manos no respondan a mis actos.
-Te refieres a que actúen por sí solas.
-Algo así.
-¿Por qué crees eso?
-Porque ya han dado muestras.

Entonces le explico que mis manos tienen un cerebro dentro que no se nota al tacto porque sus dimensiones no superan las de una bolita de anís, y que me niego a hacerme abrir la mano para observar ese cerebrito, por mucho que los científicos pudieran estar interesados. Yo sé de la existencia de los cerebritos, uno en cada mano, no tengo más que recordar, remontarme a situaciones concretas. Le cuento de mi infancia, de cuando sonaba música en el salón y yo marcaba el ritmo con las dos manos sin saber muy bien qué hacía. Le digo que en ese momento eran mis manos y sus cerebritos, no yo.

Dice que hay una zona en el cerebro encargada de cosas inconscientes.
Espera que entienda eso de cosas inconscientes.

Gaël comienza a hablar, a explicarme. Yo intento comprender algo de lo que dice pero el sol que ahora se cuela por la ventana –es curioso esto de los cambios de luz- me obliga a recordar, rememorar. Tú abrías la puerta de tu casa. Yo esperaba que la abrieras, llevaba toda la mañana imaginándome ese momento. Había bajado a la calle sin saber muy bien por qué. Creí, en el momento de pisar la acera, que mi objetivo de esa mañana era comprar algo barato y tonto. Tengo la manía de darme razones para salir a la calle, como si el mero hecho de salir no fuese ya una razón. Entonces me había acercado a la tienda de chinos que acababan de abrir en el barrio y compré una mierda de bebida energética, porque siempre compro eso cuando no sé qué comprar y tengo que ocuparme las manos, ocupar el cerebrito de las manos, darle trabajo un rato. Al salir de la tienda, ya con el monedero guardado y el cigarro encendido, caminé en dirección a tu casa. Bajé la avenida, cruce en la primera calle de la derecha, continué recto por el mercado, hablé con una señora que tenía el pelo largo y buscaba una tienda que todavía hoy desconozco, bajé las escaleras que dan al ayuntamiento, las subí, volví a bajarlas, me olvidé de dónde vivías por unos segundos y tuve miedo, después volví a tragar de la lata y encendí otro cigarro, silbé una canción que nunca me recordó a ti pero ahora sí, claro, y en todo ese trayecto, que entre tonterías y paso lento duró media hora, sólo te imaginaba abriendo la puerta con cara de sueño y sorpresa. Mi cerebro (el de la cabeza) sólo daba para eso, no quería imaginar el olor que salía de tu casa, ni tampoco quería suponer a alguien más detrás de tu puerta, ni si sonaba música. Tampoco entraba la posibilidad de que no estuvieras en casa, cosa no tan rara un sábado por la mañana.
A veces creo que los momentos más importantes de mi vida se distinguen por el número de vibraciones por minuto (v.p.m) que realizo. Cuanto mayor sea la vibración, mayor será mi nerviosismo y más acojonada me tendrá eso que va a suceder.
Al detenerme frente a tu portal creí que me desmayaba, o que nacía, o que un martillo hidráulico me golpeaba la cabeza. Conseguí llamar a tu timbre (realmente llamé a todos, en parte por mi temblor de manos, en parte porque no conozco la letra de tu piso) y sonó beeeerp, entré en un jardín, saludé a un niño pequeño que me recordó bastante a mí. Luego subí las escaleras, he de anotar que las escaleras que conducen a tu piso me son más familiares que las mías, y llamé a tu timbre.

Din don.

No abrías.

Din don.

Una voz balbuceó algo al otro lado y supe que eras tú.

Otra vez el martillo hidráulico.

No sucedió exactamente igual a la imagen que yo reproduje en mi cabeza durante toda esa mañana, pero abriste la puerta con las manos, tus manos, y llevabas una camiseta y calzoncillos, te acababas de levantar, tu gesto no era de sorpresa, sino más bien de espera terminada, de tranquilidad después de la tormenta. Parecías esperarme, sonreías y estabas muy guapo. Tan guapo que mis manos quisieron matarte, no sé si despiadada o dulcemente, pero se acercaron a tu cuello y por primera vez en la historia de mi vida, marcando un hito, mis manos supieron qué hacer.

Lo bueno de Gaël es que comprende mis miradas al infinito y no se enfada cuando intenta explicarme algo y yo decido no escuchar, irme tiempo atrás, iniciar y terminar un viaje. Ahora que salgo del trance, después de recordar el umbral de aquella puerta y su figura apoyada en el marco, Gaël me mira con cara de médico que entiende la enfermedad de su paciente y, sin hacer comentario alguno, señala mi mano derecha. Ésta, por su cuenta, había decidido meterse dentro de un zapato.

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Capítulo Cuatro o POR QUÉ, POR QUÉ TODA ESA GENTE, QUÉ HACEMOS AQUÍ PARADOS, QUÉ BOMBA ESTAMOS ESPERANDO, QUÉ TODO JUSTIFICA ESTA NADA. -¿Quieres té? -Oh, claro que quiero té -¿Pastas?

No se entiende el por qué, pero es.
Por qué tu nombre y esta casa,
por qué pararte en mitad de la escalera.

Por qué tu insensato y bello impulso de tirarte entre mis brazos
    para         después
negarme cualquier intrusión a medio día.
Tu asentir la cabeza frente al reloj,
tu encoger las piernas en la cama vacía.

Hemos sido ritmo mediante. Le pregunto a Nuria -en mi cabeza eres Nuria y respondes con un marcado acento catalán- qué significa. Qué significo. Por que llego al baile en zapatillas de estar por casa (las roídas y con el dibujo de un escudo), por qué creo que la soledad está mal y luego me parece lo mejor del mundo y más tarde no creo estar sola del todo y al final quiero irme al carajo. Por qué esta insensata pero fructífera querencia a echar de menos. Por qué aliño lo que me rodea con pólvora. Por qué me siguen las palabras –perras negras, tijeras, invento diabólico, satán, tabaco fragmentado, muerte en sobre- y no las otras cosas. Por qué cada vez que dibujo un elefante parece un perro o una vaca. Por qué no entiendo los chistes tontos. Por qué recuerdo Montparnasse si no he estado en mi puta vida en Montparnasse y ni siquiera conozco su lugar exacto. Por qué me niego al deber, divido el querer, disfruto con el tráfico. Por qué intento justificar mi existencia con algo tan poco claro como el porvenir de un escritor. Por qué no tomo nada de lo que me rodea por lo que es y dejo de pensar en lo que significa, en lo que significaría para otra persona, en su duración temporal. Por qué al escribir no pienso en escribir y dudo por mí y por todos. Por qué cuento todo esto si tú, lector, no sabrás qué responder o aludirás a mi edad como precursora de toda esta maraña de preguntas, o quizá justifiques tu no sabe no contesta diciendo que estas líneas de arriba no valen ni para ser quemadas, o a lo mejor y más probablemente no dirás nada, seguirás paseando por la vida y nada te habrá aportado este texto más que una ilusión vana de conocerme, un garabato de mi carácter real, el sucedáneo de una autobiografía extraña…

Nuria acaba de contestar. Dice algo así como que mis pies no están hechos para los zapatos de tacón rojos. Dice que soy como su hija. Dice que tenga cuidado, que no tenga miedo.
Vive en un primero A así que, a pesar de los kilómetros, es como una vecina. Sueño que me duermo abrazada a su brazo derecho, tengo siete años y la cama es pequeña. En la habitación hay una ventana que cubre toda la pared y la luz de Barcelona nos despierta todo el rato. Nuria dice que no quiere comprar cortinas porque lleva mucho tiempo sumergida en una oscuridad opaca. Suspiramos a la vez y suena una ambulancia. Necesito a Nuria porque ella me necesita y viceversa. Sólo sus ojos entienden mi idioma. Sólo sus pies saben hacia dónde me dirijo.

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Los límites de lo anónimo.

Que se te acerque un conocido. Le ves poco, coincidís una o dos veces a la semana. Sabes algo de él, puedes intuir algunas facetas de su personalidad. Crees que tiene gato. Un gato con los pelos muy largos. Lleva el abrigo lleno (el tipo lleva los bolsillos llenos de pelo de gato, qué hijo de puta más loco). No, a ver, tiene pelos por encima del abrigo. El gato ha dormido encima, oliendo al amo*.
Se te acerca en la cafetería. Lleva acercándose a ti desde hace un par de semanas, con una sonrisa rara. Hace afirmaciones estúpidas como “vaya, otra vez café con leche”, “oh, esos zapatos”. El tipo tiene cara como de que le gusta coleccionar; botellas de plástico vacías, camisetas de bebé, páginas en blanco de libros antiguos. No sé, colecciona. Además de esto te sugiere cosas. Quiere ayudarte a algo y no sabe muy bien cómo. Te ha sugerido un artículo de la Más Allá, te dice que lo leas. Te sugiere comprar en Primark**. Esa clase de persona que recomienda a todo el mundo todo lo que le gusta, sin establecer criba alguna. Se le ha visto recomendando a Dan Brown a los niños que salen de un colegio cercano a su casa.
Se aproxima a ti en un momento en el que la cafetería se queda sin gente. Sabes que de nuevo viene a sorprenderse porque tomas café con leche. Es el tipo de persona que mata un montón de civiles porque sí. Crees que en caso de hacerlo, te salvará a ti. Te dice:

-Tienes que leer a una chica.

Busca dentro de su mochila. Es una mochila como con la tela reforzada por un cartón. Una mochila dura. Saca de ésta un folio. En ese folio una entrada de tu puto blog. El loco te está recomendado un blog que escribes tú. El loco ha imprimido una página de tu blog y te pide por favor que leas.

-¡Lee, lee!

Lees y te das cuenta de que es esta puta entrada. Esta puta entrada que escribes ahora, el loco ha conseguido imprimirla antes de que la redactes. El tipo tiene esa capacidad, es un cabrón que juega con el pasado y el futuro. Tiene una visión del tiempo parecida a la de Doctor Manhattan. Es un hijo de puta con clase. Y tiene un gato.

*Oliendo al amo ¿no? Un tipo de relación sexual basada en oler a tu pareja. Sólo oler. Un futuro sin penetración ni lenguas, sólo olerse.
**Esta ola de gente que compra en Primark ¿de dónde cojones sale?
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Sexus, Plexus, Flexus.

En el principio la lámpara allá arriba, ejerciendo una luz extraña que no volví a encontrar más que allí, en tu techo.
La segunda vez que me topé con tu lámpara –no sé si julio o agosto, de veras me gustaría saberlo- pensé que quizá era ella quien me procuraba la sensación de guarida, de estar a salvo a pesar de que tanto fuera como dentro de mi cabeza se produjesen tempestades, inicios de guerra, toda una suerte de ataques y disparos que enfrentaban mundos opuestos.

La bombilla dando luz, envolviendo. Un poco como un abrazo que mezclado con esas otras cosas –siempre variables, como la bebida o lo que sonaba- hacían que pudiese cerrar los ojos sin pensar en monstruos o terremotos aproximándose.

Esa luz que creí irrepetible no tenía origen en una bombilla –claro que de esto me di cuenta más tarde, un sábado, esto lo sé, y era pronto todavía para encender las luces de la casa- sino que nacía de otra parte. Me jode un poco, no sé si por la cursilada de la afirmación o porque en estos tiempos que corren remontarse a figuras de allá suena a libro viejo, afirmar que era en ti donde la luz nacía y terminaba muriendo.
Así claro, comprensible que por más que buscara ninguna lámpara me hiciese sentir lo mismo. Y que yo llegase a casa como con un gesto cansado, confundida, como en un clima febril del que sólo conseguía salir pasados dos días –no sé por qué pero siempre fueron dos-.

Me pregunté en alguna ocasión si aquella lámpara terminaría fundiéndose, o si la sensación que me procurabas iría aminorándose con el tiempo. Así que me centré en pensar que esa luz sólo la percibía yo (“o quizá unos pocos” me dije, como intentando desviar mi ego al confundirme con otros) o que sólo se encendía en mi presencia, así que no corría peligro de joder la lámpara porque vernos era poco rato y nunca fue demasiado seguido.

Pasó el tiempo –es algo que siempre pasa- y te vi fuera. Fuera de tu casa, me refiero, con la lámpara de la confusión lejos. Yo ya sabía el tema de que eras tú quién daba luz, pero estabas frente a mí, apenas a centímetros, y entonces fue cuando asentí con la cabeza dentro de mi cerebro, cuando me cercioré de que obviamente eras tú la luz, ya no había puertas a la confusión ni paredes. Sobre el asfalto, con gabán y bufanda, trastocaste las farolas, los pilotos e incluso la luz de un flexo que salía de una ventana. Teñiste la calle, reinventaste la escala cromática. Un lío extraño que todavía me cuesta explicarme aun percibiéndolo de manera total.

Y yo que acabo de venir de comprar el pan y mi madre anda jodiendo desde algún lugar del piso, estoy confundida y dentro del clima febril del que hablaba, porque has prendido un interruptor, porque has zarandeado la opinión que tenía de recuerdo y la palabra iluminación te pertenece, igual que otras muchas palabras que no diré por no acojonarte -y por miedo a que la luz aminore, o ceda al pánico, o explote sin más-.

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Joey, éntralo despuésh.

Decía hace un mes que esto era lo más raro que veía. NO, de hecho, ese vídeo de arriba es lo más raro que he visto pero también la genialidad más grande.

Nos han jodido el cerebro.

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